Cuento triste

Vigésimo tercer cuento del confinamiento

A las siete de la tarde de hace una semana la subieron al Hospital. Tuvo fuerzas para levantar la mano y saludarnos con la mano, no perdió la sonrisa. Fue capaz de lanzarnos besos cuando entraba en la ambulancia. 85 años de vida iniciaban un no retorno. A las noches sin dormir se han sumado las horas sin noticias.

El teléfono de la centralita colapsado y la información con todos los filtros de un protocolo de emergencia general. Cuando supimos que era cuestión de horas solo nos prometieron cariño y que no estaría sola. Marta es el nombre de la enfermera que ha estado hasta última hora con ella. Me llamó a la noche cuando dejo de respirar. Tuvo su mano con el tacto del látex como si fuera el cordón umbilical que nos ha unido con ella a toda la familia. Se llama Marta pero se podría haber llamado Juan, Luisa, Maider o Pedro.

Las últimas manos que le transmitieron calor y compañía, la última persona que le despidió como ser vivo. Ayer estuve con ella y le pude dar las gracias en persona. Me dio una carta. Toma, esto lo escribió, hace cinco días. Tuvo fuerzas para pedirme papel y lápiz. Hola querida hija. Me voy y soy consciente de que no voy a salir, mi cuerpo está fallando y esto corre rápido. No voy a tener fuerzas para darle la vuelta. Quiero despedirme de ti y de toda la familia. Ha sido un enorme placer tenerte como hija todos estos años. He sido la madre soltera más feliz de la tierra.

Me voy y no tengo fuerzas para escribir mucho, solo quiero que sepas que en el momento que este sedada y no sea consciente ya no volveré a verte más, sabes que no creo en milagros. Dale un beso de despedida a mis nietos y al resto de familia y amigos. Lanza mis cenizas donde puedan crecer la Paz, la libertad y la solidaridad. Es lo que más vais a necesitar a partir de ahora. No llores mucho, es la vida, y la muerte es parte de ella, se fuerte y piensa en lo que tienes que hacer después de leer esta carta.

No pienses en mí, ya no estoy, piensa en qué cada día estás  viva y que la vida corre rápido y que tu tiempo se acaba y por ello, es importante saber, qué es lo importante y qué es lo que sobra. Tu tiempo es tu vida, reinvéntate y descubre las posibilidades y la aventura, de ser feliz,  sin tener tanto y sin tanto querer tener, que no te consuma el consumismo. Abúrrete de amor, de amistad, de cariño y consume solidaridad. No viajes por placer, viaja por vivir, y trabaja para vivir, no vivas para trabajar.

Esta carta no es el final de nada para ti, para mí es el viaje final,  sin retorno, se acabó, lo digo de forma serena. Para ti, es un voy a seguir viviendo, mi vida continua. Se feliz y ama la vida, hija mía. Una última cuestión. Cuando pase esta tempestad que ha retratado al Mundo entero, hazme un favor. Compra el ramo de rosas más grande que exista en la floristería y tráete a mis nietos y desde la sala de urgencias hasta la última planta ir repartiendo una a una, a cada héroe que veáis con traje sanitario, una rosa en mi nombre, son parte de mi vida, a los últimos que podré sentir cerca,  y aquí, en minutos te agarras a la vida, ellos son mi vida ahora. Se están dejando la vida por todos nosotros. Me voy, fue bonito ser tu madre y darte la vida. Adiós, he sido feliz, sé feliz tú también y transmite felicidad. Un beso. Después de leer la carta, he tenido la sensación de morir yo también con ella. No tengo palabras, solo me queda la vida y le voy hacer caso, una vez más tiene razón. Ahora toca,  luchar por vivir,  y dejar vivir.

 

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