El Ángel y las Francesas

Vigésimo noveno cuento del confinamiento

Parece ser que antes del año 1663, ya se tienen datos de la celebración de algún tipo de culto cristiano alegórico a la anunciación a la “Virgen María” de que el crucificado había resucitado al tercer día. La bajada del Ángel con maroma se empieza a realizar a partir de este año 1663.Está constatado que anteriormente el rito de la bajada se celebraba en la actual Plaza Vieja o del Ayuntamiento, antiguamente denominada Plaza de Santa María.

La Virgen era colocada en medio de la Plaza, previamente venían de la calle Portal, sacaban a la imagen por la Puerta Sur o de los Pobres, de la Capilla del Espíritu Santo, la que está junto a la puerta de acceso al Claustro, y la llevaban en procesión por la calle Pontarron hasta pasar una casa, ya desparecida que estaba donde está ahora la escultura de Carlos III, y donde antiguamente había una calle muerta denominada, la lechuga.

El Ángel salía del Ayuntamiento, de la Primera Balconada, en uno de los balcones entre cortinas estaba colocada la maroma que iba hasta abajo de la Plaza, a la casa contraria de la calle La Lechuga. En otro de los balcones del Ayuntamiento estaba colocado el Volatín que se dejaba puesto desde el sábado hasta el domingo para que se aireara.

El Ángel en aquellos años no llevaba el banderín que lleva en la actualidad, sino una antorcha o cirio encendido, y que es sabido que si te colocabas cerca de la trayectoria del viaje del Ángel, tenías muchos boletos para volver a casa con la ropa con gotas de cera o con algún ojo “taponao”.

En 1797, el sacerdote francés José Branet, como así data Luis María Marín Royo en su libro “Celebraciones a lo largo del año”, refleja en un documento que el horario de salida eran las seis de la mañana. Para quienes no son conocedores del acto, hay que recordar que el evento está basado en que un niño, ahora también niña, atraviesa colgado de una soga media Plaza para quitarle un velo negro a la Virgen María que viene de luto por que su hijo Jesús ha sido crucificado el viernes, según la creencia cristiana. Esta tradición tiene una enorme raigambre en la Ciudad, para creyentes o no creyentes, dentro de la Semana Santa tudelana.

De la Plaza Vieja pasó a la Plaza de Los Fueros, y en la denominada Casa del reloj, en la segunda balconada se colocó, y a día de hoy se sigue colocando,  un templete que representa al “cielo” y de aquí sale esa soga que mantiene al Ángel para que pueda llegar hasta la madre de Jesús, el crucificado.

El momento clave de esta representación es cuando el Ángel llega hasta la altura de la Virgen y le quita el velo y le dice “Alégrate María, tu hijo ha resucitado”, y en ese momento un gran aplauso general inunda toda la Plaza abarrotada   y el Ángel vuelve sobre su recorrido hacia atrás para volver al Cielo.

Recuerdo que, en una Visita Guiada por la Ciudad con grupo de guipuzcoanos y catalanes, les estaba explicando el desarrollo de esta tradición y cuando les suelto la frase final, nunca mejor dicho, se me fue el Santo al cielo y les dije: Alégrate María, tu hijo ha sido secuestrado. Como comprenderán ustedes la cara de asombro de los turistas fue tremenda, menos mal que me di cuenta del error de vocabulario de “ipso facto” y rectifique al momento.

El horario del Ángel ha ido cambiando, de las seis de la mañana se pasó a las siete a mediados de los años 50 del pasado siglo XX y a partir del año 1957 ya se fijó hasta el día de hoy a las 9 de la mañana.

Este año 2020 pasará a la historia del Ángel como uno de los que no se pudo celebrar, pero hubo otros años en los que tampoco se celebró por diferentes y diversos motivos, y otros en los que ocurrieron anécdotas diversas.

Durante la invasión y toma de la Ciudad por los franceses entre 1808 y hasta 1814, la Cofradía del Santísimo, encargada de la poner en marcha la tradición, suspendió la bajada del Ángel sin estar prohibida. En el año 1869 una fuerte nevada hizo imposible su celebración y en abril de 1914 una tormenta con granizo paralizó su celebración. Desde los años 1932 hasta 1936, el Ayuntamiento de la Segunda  República prohibió los actos religiosos públicos, incluido el Ángel y en el año de 1937 el Ayuntamiento Golpista lo restituyo.

En el año 1970 la Cofradía del Santísimo se olvidó a la Virgen en la Catedral. Normalmente solía estar en la Iglesia de la Plaza, la del Hospital, y de allí la cogían y la sacaban al centro de la Plaza, pero aquel año el sacerdote encargado de la celebración de la procesión de las “mandarras”, una procesión de niños que llevaba a la Virgen de la Catedral a la Iglesia de la Plaza, no se celebró por estar el cura enfermo.

La Comitiva con autoridades civiles, eclesiásticas y militares salió de la Puerta sur de la Catedral desde la  calle Portal hacia la Plaza de Los Fueros  y cuando fueron a la Iglesia de la Plaza a subirla a las andas no estaba. El alcalde mando a un “municipal” con los porteadores a buscarla inmediatamente. Aquel año el Ángel se retrasó media hora tarde, pero además el Ángel se atascó en medio del recorrido, algo fallo en el sistema de la maroma, y los porteadores tuvieron que adelantarse unos cuantos metros y subir a pulso a la Virgen para que el Ángel pudiera quitarle el Velo., y para remate final, las puertas del templete del Cielo aquel domingo, no se cerraron.

Pero sin lugar a dudas, una de las curiosidades, más sorprendentes,  sucedidas alrededor del Ángel fue la ocurrida en el año 1925. Aquel año en el edificio donde va anclada la soga que atraviesa la Plaza, justo el situado enfrente de la Casa del reloj, en su tercera planta, hacia la esquina con la Calle Carrera, había sido alquilado como fonda u hospedería, El Hotelito, se llamaba. Un empresario de San Sebastián había adquirido toda la tercera planta y al estilo de lo que estaba ocurriendo en otras Plazas Mayores, muchas balconadas se estaban convirtiendo en Hoteles o Pensiones.

Aquel domingo de 1925, la tercera habitación del Hotelito, con su balcón hacia la Plaza, según constaba en el libro de registros de la Pensión,  estaba ocupada por dos jóvenes francesas naturales de Paris, y que viajaban con destino a Madrid. Los nombres de las parisinas eran Marie Antoniet Leclerck y Justine Griesman.

Toda la Comitiva que acompañaba a la Virgen María llego puntual a la cita, el Ángel salió a la hora prevista y empezó a dar los primeros pasos sobre la maroma. Al mismo tiempo que esto ocurría, las jóvenes parisinas Marie Antoniet y Justine abrieron la puerta del balcón al oír aquel murmullo general que procedía de la Plaza a las 7 de la mañana, se desvelaron y salieron a presenciar aquel acontecimiento.

De repente algunos tudelanos se volvieron a mirarlas, y especialmente a contemplar aquellas trasparencias de lencería parisina que jamás habían sido vistas por muchos de los allí presentes. Cada vez eran más los tudelanos que se movían de sitio para contemplar de cerca la moda parisina y a sus representantes allí presentes. Los de las andas que sostenían a la Virgen se tuvieron que mover para atrás porque alguna cuadrilla les desplazo de sitio y todo el mundo se acercaba hacia el balcón del Hotelito para no perderse el espectáculo. Los de las andas se preguntaron, ¿Qué pasa? A la Virgen no están mirando, y se dieron la vuelta para mirar y de nuevo otra cuadrilla y otra les desplazaron del recorrido de la soga del Ángel.

El algarabío era tal que unos aplaudían a las francesas, ellas saludaban y reían, otros gritaban Viva la Virgen María, los de las andas que no se movían, y los de la Brigadilla Municipal, al oír tantos aplausos dijeron, “tira que ya le ha quitao el velo”.

Aquel día el Ángel volvió al Cielo sin el velo, la Virgen volvió a la Catedral de luto, los tudelanos fueron felices y las francesas también. Al año siguiente el Hotelito ya no estaba abierto, por orden gubernativa explícitamente,  se prohibió huéspedes en la Plaza, antes estaban las tradiciones que el turismo descontrolado.

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