Los bandidos de las Bardenas

Trigésimo cuarto cuento del confinamiento

A mediados del siglo XV y siguientes nuestro territorio bardenero, ese Parque Natural y Reserva de la Biosfera, llamado Bardenas, fue escenario de emboscadas, pillajes, robos, aventuras, crímenes, secuestros, historias de amor y de odio, de guerra y de Paz.

Sancho Errota, natural de Cascante, “Sanchicorota”, se convertirá en el jefe de una banda temida y temible en muchas leguas alrededor de Tudela. Después de tener que huir de su pueblo natal por haber dado muerte a un vecino, se refugiará en la Bardena, montará un pequeño fortín e ira reclutando seguidores a su causa. Una veces robará a los ricos, otras dará dinero a los pobres, y otras peleará contra todos, ya sean agramonteses o beamonteses. La política de subsistencia día a día de un bandido al que se le ha puesto precio y está en busca y captura.

Para intentar atraparlo, se creará, impulsada por los nobles, ricos e hijosdalgos de la Ciudad de Tudela, Villas y comarcas de Reinos vecinos, la “Hermandad de la Estaca”, que pondrá todos los medios posibles para acabar con la banda de Sanchicorota.

A Sanchicorota se unirán “Moneos” de Tudela y será uno de sus lugartenientes, la banda de Gaspar de Malla y Bustamante, en su mayoría de raza gitana, bandidos de Novillas, Fustiñana, Azagra, Mallen, Borja y un francés apodado “El Malo”. También estarán junto a ellos José Fernández de Allo “El trapo”, Miguel Jiménez “El entendido”, “El Gordillo”, ”Mala cara”, los hermanos Virto, Diego y José de Ayala, Juan Garrido “El fraile”, José Olloqui “Chupón”, “Heredia” y el estudiante de cirugía, Pascual Mortajo, natural de Corella, que hará labores de médico y segundo lugarteniente de la Banda.

En el mes de septiembre, Moneos había recibido información de sus amigos de que el Marqués de Gallur llegaría a Tudela a recoger una considerable cantidad de dinero y que vendría con un sequito pequeño y su amante María del Pinar. Sanchicorota preparo un plan y se lo expuso al resto de la banda, nadie puso objeciones.

Se fueron hasta el Corral de Zapata y se dispersaron en grupos hasta que, según la información que tenían, apareciera el sequito del Marqués de Gallur. Al cabo de una hora de espera, divisaron doce jinetes y dos mulas de carga. Cuando estaban llegando a la altura planeada, Sanchicorota salió con su caballo enarbolando el trabuco y su capa negra al aire, el Marques grito – al galope-, pero fue inútil, enseguida estaban rodeados y el Marques se dio cuenta que era una tontería oponer resistencia, intentaría un arreglo o un trato para que les dejaran continuar.

Sanchicorota se puso delante del Marques y le dijo – Vas hacer todo lo que yo te diga si quieres seguir vivo -. Todo el sequito fue desarmado, les quitaron ropa, les ataron las manos y los pies y los subieron atados a los lomos de los caballos, con la cabeza a un lado y los pies por el otro, solo quedo sin atar el Marques y su amante.

Moneos se acercó a María del Pinar y con su galantería natural le dijo: “Señora, hoy le toca hacerme compañía, le he buscado alojamiento junto a mi ventana particular para que presencie usted estos áridos paisajes y yo su humilde servidor estaré a su servicio para todos los menesteres que precise”.

El Marqués a la orden se puso en marcha y su sequito ahora se había reforzado, llevaba a sus espaldas a treinta de los bandidos más buscados por la comarca, incluido el mismísimo Sanchicorota, algunos con botas nuevas, otros con calzas relucientes y hasta sombreros de pluma como Miguel Jiménez “El entendido”.

Moneos se llevó a María del Pinar y al sequito del Marques hasta el Corral de Zapata, con la mitad de los hombres de la banda, la doncella dentro del Casetón y los soldados del Marques, en el Corral sentados y apoyados en la pared. Allí esperarían todos hasta que sus compañeros trajeran de vuelta al Marques.

Sanchicorota, el Marques y el sequito de bandoleros llegaron al Puente Mayor de Tudela y al final del Puente, cuando atravesaron los cinco molinos harineros y los tres torreones, se encontraron con la guardia del Torreón Monreal que era una de las siete puertas de entrada a la Ciudad. Allí la guardia pidió al Marques sus credenciales y el sequito al completo se adentró en la Ciudad y empezaron a subir la cuesta hacia el Castillo. Llegados al Castillo, se metieron por el Barrio Judío y el Marques pregunto por la casa del Rabino Sem Judá. Llegaron a la casa y entraron a la misma el Marques, Sanchicorota y Pascual Mortajo, el estudiante, y sentados en el patio de la casa Sem Judá, uno de los prestamistas más importantes de Tudela, saco la escritura del préstamo, Pascual Mortajo hizo las labores de Albacea y en la misma se disponían tres mil florines aragoneses con las correspondientes clausulas sobre intereses y avales.

Sem Judá, firmados los documentos con los sellos establecidos y las firmas de los comparecientes, entrego el dinero al Marques y en ese preciso momento, Sanchicorota alargo su mano y dijo.- Yo lo guardo Marques-. Y salieron de la Ciudad al galope. Todo hubiera ido perfecto, de no haber sido porque mientras en la casa del judío Sem Judá se realizaban las gestiones del préstamo, dos de los hombres de Gaspar de Malla, Heredia y “El Gordillo” se habían llevado dos cestas de “anguilas del Ebro” de uno de los puestos del mercado judío y esto había levantado sospechas en la Guardia Real.

Nada más salir del Puente salió tras ellos un destacamento de treinta soldados, con perros, y capitaneados por Don Mauleon de Cascante. Sanchicorota y los suyos no eran conscientes que tras el olor de las anguilas los perros no perdían el rastro. Mientras tanto, María del Pinar y Moneos se habían dado a la lujuria y para no perder el tiempo, sus cuerpos yacían entre las pacas de paja del Casetón.

Sanchicorota mando girar hacia Arguedas y a la entrada del Poblado, entro en la casa de uno de los capataces de braceros, Juan de Carramurillo, le entrego la mitad de los florines y le dijo – compra comida y reparte esto entre tus hombres, ya sé qué por culpa de la sequía tienes a cien hombres sin trabajo y a sus familias pasando hambre-, Juan le dio un abrazo y se despidieron.

Pero a la salida de Arguedas, los hombres de Mauleón estaban agazapados esperándoles y en la emboscada, cuatro hombres de Gaspar de Malla serán heridos y el propio Gaspar hecho prisionero. El Marques huyó y Sanchicorota con el resto de hombres se dirigirán al refugio del Rallón, para no dejar abandonados al resto de hombres del Corral de Zapata, Sanchicorota envía a a José Olloqui “Chupón” y a Juan Garrido “El fraile” con la orden de dejar libre al sequito de soldados del Marques, pero sin caballos y de llevar a María del Pinar como rehén al fortín del Rallón.

El grupo de Sanchicorota antes de comenzar a subir hacia el refugio, parará en una encrucijada y esperan a que lleguen sus perseguidores, primero llegaron los perros, y según aparecían José Fernández de Allo “El trapo” y los hermanos Ayala los iban cazando con redes y los iban “esnucando”. Los soldados pasaron seguidos y para cuando se dieron cuenta una gran red los envolvió a todos y allí fueron muriendo a trabucazos, a cuchilladas y a mandobles de espadas que atravesaban cabezas y corazones.

Sanchicorota descubrió las cestas de anguilas y allí mismo ejecuto sentencia y los dos hombres de Gaspar, Heredia y El Gordillo fueron ejecutados por desobedecer sus órdenes. Allí mismo partieron de vuelta a Tudela para intentar liberar a Gaspar de Malla y a la altura del Puente Mayor, la Hermandad de la Estaca con veinte caballeros y cincuenta soldados se enfrentó a ellos, en el combate Sanchicorota fue hecho prisionero y dos días más tarde fue ejecutado en la horca en el cadalso de Tudela, su cadáver permaneció un mes expuesto públicamente.

Pascual Mortajo, “el estudiante” consiguió escapar con cinco hombres y cuando llego al Rallón, encontró a Moneos y a María del Pinar, el resto de hombres de la banda habían sido hechos prisioneros o asesinados por los hombres de la Hermandad de la Estaca avisados por el Marques. Moneos cargó con María y la subió a uno de los caballos y con el resto de lo que quedaba de la banda escaparon hacia los Valles de Roncal y Salazar a pasar el invierno, nunca más se supo de ellos. La pista de las anguilas acabo con la banda más famosa de bandidos y bandoleros jamás conocida por estas tierras bardeneras.

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