El Quijote y Tudela

Séptimo cuento del confinamiento

El día 7 de octubre de 1571, tuvo lugar la Batalla de Lepanto, cerca de las costas griegas, entre los ejércitos cristianos y las fuerzas turcas. En aquella impresionante Batalla Naval tuvo lugar un suceso que tendría trascendencia para la historia de nuestra Ciudad y para la literatura hispana. En la Galera “La Marquesa”, mandada por D. Franco Sancto Prieto, dentro de la Escuadra que lideraba D. Álvaro de Bazán, y en la Compañía de Diego Urbina, había un Alférez de Tudela, llamado Mateo De Baquedano y Santesteban.

No hubiera afectado nada a la historia de nuestra ciudad está Batalla, sino fuera porque a las órdenes de Mateo De Baquedano y Santesteban, estaba un soldado “bisoño”, llamado Miguel de Cervantes y Saavedra.

En la cubierta de las Galeras se situaban los “arcabuceros” que eran los que podían disparar desde posiciones más cómodas y quienes les asistían para la carga de los arcabuces y para tirar “Piñas de fuego”, tarros de cerámica con material combustible que tiraban al enemigo con una mecha o trapo encendido, eran los soldados “bisoños”, que no llegaban a disparar nunca.

En el inicio de la contienda, el alférez tudelano hizo recuento de sus soldados bisoños y arcabuceros, y se dio cuenta que faltaba Miguel de Cervantes, pregunto por él y uno de los soldados respondió, que no se encontraba bien y con calentura y que se había quedado fuera de cubierta.

Mateo de Baquedano bajó sacando espuma por la boca por las escaleras de la Galera “La Marquesa” y habiendo llegado a los aposentos de la soldadesca, vio a Cervantes tumbado en el jergón y allí mismo le desenvaino su sable y empezó a vociferar gritos contra el presunto enfermo.

“No saldrás vivo de esta Batalla, sino te calzas ahora mismo y sales a luchar como un soldado, cobarde, porque yo mismo te dará muerte con este sable, y te puedo asegurar que cuando acabe contigo, serás comida para peces”, y así, con esta intensidad, consiguió el tudelano sacar a Cervantes del camastro y que subiera a cubierta a luchar de “bisoño”.

Mal día acompaño  a Miguel de Cervantes aquel 7 de octubre, ya que cuando la Batalla más favorable estaba para los ejércitos cristianos y mejor venían dadas, un disparo de arcabuz  turco impacto en el arcabucero que asistía Miguel de Cervantes, con tal mala suerte que en la caída del arcabucero Cervantes fue desplazado hasta meter su mano izquierda en uno de los engranajes del remo, y al quedar aplastada quedo inmovilizada de por vida, de ahí, el sobrenombre de “El Manco de Lepanto”.

Miguel de Cervantes fue retirado de la circulación marítima y volvería a la Península donde empezaría su carrera literaria, de todos conocida, y sobre todo su obra maestra “El Quijote de la Mancha”.

Nadie se podía imaginar en nuestra Ciudad, en pleno Siglo de Oro Español, que la Batalla de Lepanto tuvo también algo que ver en la deriva y desarrollo de la escritura del Quijote por parte de D. Miguel de Cervantes.

Resulta que en Tudela también se vivía y notaba la producción literaria, teatral, pictórica, de forma muy importante en aquel Siglo de Oro,  y entre todos los protagonistas, destacaba Jerónimo de Arbolancha, nuestro Poeta.

Jerónimo de Arbolancha, había escrito  un libro de poemas, Las Habidas, de estilo romántico, casi rococó, basado e inspirado en su musa tudelana, la noble Adriana de Egues y Beamont, y en Tudela todos le animaban a llevarlo a Madrid, para que le dieran el visto bueno y poder darle publicidad e imprimir aquel Libro de Poesías por algún mecenas de la Capital del Reino de España.

Jerónimo de Arbolancha, viajó a Madrid acompañado de su esposa, Graciosa de Cascante, hija de un mercader judío de la localidad de su apellido y llegados allí, preguntaron y buscaron en la Corte a los amigos que les había indicado Adriana de Egues.

Estando con ellos, estos le dijeron que al día siguiente le llevarían a ver a D. Miguel de Cervantes y que le podría presentar su libro de poemas, para que el pudiera opinar y asesorarle. Así fue y aquella mañana llegaron a la casa de D. Miguel de Cervantes.

Cuando estaban esperando en el recibidor Jerónimo y sus acompañantes, llego el Secretario de Cervantes, y pregunto cuál era el motivo de su visita, le explicaron los motivos, y el Secretario accedió a preguntar al escritor si podría recibirlos.

A la hora de espera, el Secretario volvió, y le dijo, acompáñenme y todos entraron al lugar donde Miguel de Cervantes, con una mesa llena de libros, papeles y plumas redactaba sus obras literarias. Allí, hechas las presentaciones, el Secretario tomo la palabra, y seguidamente Cervantes, y antes de que hablará nuestro poeta Jerónimo de Arbolancha y pudiera explicarse, pregunto a este: ¿De dónde dicen que vienen ustedes, del Reino de Navarra, verdad?, pero no recuerdo que me hayan dicho de que lugar en concreto.

Jerónimo de Arbolancha entonces, dijo: – Señor venimos de la Ciudad de Tudela, la segunda de aquel Reino? En aquel mismo segundo, al oír la palabra Tudela,  la cara de Cervantes se alargó, se levantó del sillón, y con gritos, como si estuviera poseído, comenzó a gritar : “Fuera de mi casa, fuera de aquí, no vaya a venir el mal  que en esa Ciudad habita,  de Tudela tenían que ser, para mí no existe ese lugar, ni sus gentes, ni en la tierra, solo uno conocí de ese lugar, y no quiero conocer a nadie más, solo faltaría que fueseis amigos o familia de Baquedano y Santesteban, el demonio de Tudela. Fuera y no volváis más.”

Y así, Jerónimo y su esposa volvieron a Tudela, y  hasta el Siglo XIX bien entrado, la poesía de nuestro conciudadano no fue bien reconocida y Tudela siempre quedó fuera de las andanzas de Sancho Panza y su señor D. Quijote, gracias también a la desgracia de un arcabuz y una mala calentura.

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