Los toros ya se han escapao

Trigésimo octavo cuento del confinamiento

La actual Plaza de Los Fueros de Tudela fue construida en 1687, a modo de Plaza de Toros. Algunos años atrás, los festejos taurinos se celebraban en la antigua Plaza de Santa María, actualmente Plaza Vieja o popularmente del Ayuntamiento. Aprovechando que una de las torres de la Catedral se derrumbó, Cabildo Catedralicio y Ayuntamiento tomaron la decisión de cambiar la ubicación. La actual calle de Herrerías fue el destino del nuevo emplazamiento, pero el tener que cerrar tres calles, el pequeño desnivel y la necesidad de balconadas para los ediles, y las molestias que se generaban al vecindario se planteó un nuevo proyecto en el entonces denominado “Pradillo”, que suponía realizar el cubrimiento y soterrar el Rio Queiles.

El Pradillo era un espacio entre la vieja muralla, ya ocupada por nuevas viviendas, en la margen izquierda del Rio Queiles y la parte de la margen derecha donde se situaba el Hospital Nª Sª de Gracia, fundado en 1556 por el ilustre noble tudelano, Miguel Eza.

Con la construcción de la Plaza de Toros, muchas calles fueron confluyendo en ella, en lo que con el tiempo se ha convertido en nuestro centro neurálgico, el cuarto de estar de Tudela. Se utilizó piedra de las antiguas murallas para realizar las obras del cubrimiento del Rio Queiles y también para la cimentación, de lo que se denominó Casa de la Ciudad, actualmente Casa del reloj y que en 1688 sufrió los efectos colaterales de una gran riada y hubo que levantarla de nuevo.

Para el año 1691 ya estaba prácticamente terminada, pero no será hasta el año 1693 cuando se celebre la primera Corrida de Toros, en agasajo a la visita del Virrey de Navarra. En el año 1771, una nueva riada derribará varios puentes de la Ciudad y la obra de cubrimiento del Queiles se verá otra vez dañada y se realizaran nuevas obras de reformas y esta vez ya definitivas.

Así que la estructura cuadrangular de la Plaza quedo definida, con una Casa de la Ciudad de tres plantas y bajo, con balconadas, y un Toril en la parte trasera, en el otro lado del rio, el matadero, denominado Casa de la carne y tres salidas naturales, la calle Concarera, antigua Puerta de la Muralla, llamada Albazares, la salida hacia el Camino Zaragoza, actualmente Carrera, y la salida en cuesta “Carraborja”, camino Borja, actual Miguel Eza.

En las lidias de las reses bravas se engalanaba la Plaza con aderezos floridos en las balconadas, se colocaban toldos para que el sol no hiciera una “escabechina” y al toque del Clarín, se iniciaban los eventos y hasta existía un tiempo denominado “La Merienda”, ya que existían diferencias importantes con la actual “Fiesta de los Toros”.

El caballo adquiría un protagonismo especial en el festejo, así como las varas y otras “suertes” hoy en desuso. Existían tres categorías, en la escala de quienes se veían la cara con los astados, los corredores, toreadores y toreros, y las tres categorías con protocolos diferentes.

En aquellas corridas se lidiaban, a diferencia de ahora que son seis toros, entre ocho y diez toros, y las ganaderías riberas eran muy famadas, en algunos años las más cotizadas de las grandes Plazas de Lidia. Los pastores riberos son los precursores del Encierro de San Fermín, ya que ellos subían las ganaderías hasta los prados de la Vieja Iruña y cuando antiguamente los festejos se realizaban en la Plaza del Castillo, ellos eran los encargados de acercar las reses hasta dicha Plaza, todo fue bien hasta que un día, algún pastor se puso delante y aquello gusto y conjuntamente con los carniceros de Pamplona, iniciaran lo que con el tiempo conocemos en la actualidad como los encierros de San Fermin.

En el año 1797 para Fiestas Patronales, la ganadería tudelana de los Lecumberri, también estaban los Guendolain y la famosa ganadería de Nazario Carriquirri, que dará nombre a la casta o torico navarro, fue la encargada de abastecer animales para las celebraciones taurinas de aquel año, solamente dos, los días de Santiago y de Santa Ana.

El día de Santiago, el festejo se preveía ameno y divertido, estaban anunciados toreros de renombre de la comarca y de provincias limítrofes, y la casta de los Lecumberri era de las más afamadas. A las cinco de la tarde subieron los toros de la parte del Prado del Queiles y antes de pasar por toriles como era lo habitual, aquel año los metieron directamente a la Plaza por la entrada de la actual calle María Ugarte, donde estaban ubicados los toriles y así los corredores pudieron iniciar el espectáculo.

En la esquina de Carraborja, calle Eza, existía un pequeño burladero de madera desmontable para cuando se acababa el festejo dejar el paso habitual a caballerías, carros y carrozas. En la segunda vuelta que la manada llevada dada por la Plaza y mientras algunos corredores citaban a los astados, a la llegada de dicha esquina uno de los lecumberri embistió contra el burladero, dejándolo al aire y desmontándolo. En segundos el resto de la manada vario su itinerario y los toros saltaron la pequeña barrera que quedo al aire, escapándose cuesta arriba y con la cara de perplejidad de los asistentes.

En aquella y actual cuesta de Carraborja o calle Eza, vivía Juan “Pestañas”, imagínense ustedes el porqué del apodo, en un caserón con corral que daba a las huertas del Hospital y regado por la acequia Vencerol, que salía de un salto de agua del rio Queiles.

Juan Pestañas era conocido en Tudela como “saludador” o curandero, curaba animales y también imponían las manos a niños y toda aquella persona que lo requiriera. La figura del saludador en la literatura tudelana aparece en bastantes ocasiones en diferentes escritos y en 1915 Pio Baroja en su libro “Viajes por España” hace referencia precisamente a un saludador que encontraría en la hospedería de la calle Arbolancha, en su visita a Tudela.

Juan Pestañas estaba sentado en la puerta de su caserón a cincuenta metros de la Plaza de Toros, cuando vio venir a la cuadrilla de toros escapaos, en dos grupos de cuatro y siete toros y un último toro rezagado. Juan tenía la puerta del portalón abierta, paso el primer grupo, paso el segundo y el último toro enfilo hacia el portalón arrimando tanto que metió toda la cabeza dentro, cayo con las patas delanteras y al levantarse en vez de girarse enfiló directamente hasta el corral del Pestañas.

Juan justo tuvo tiempo de subirse al escalón de entrada a la cocina y a poco cae del susto. Al ver que el toro se había metido hasta el corral, cerró la puerta de salida y observo desde la ventana de la cocina el comportamiento del bicho. Allí estaba parado, comiendo hierba, bebiendo agua de la acequia y de vez en cuando mirando de reojo hacia la puerta de entrada.

Juan Pestañas experto en el trato de animales, salió de nuevo hacia la entrada de la casa, cogió un saco de alfalfa y lo mezclo con manzanilla, se fue acercando hacia el animal, lo miro y sin temblarle la mirada, en cuatro pasos le estaba dando de comer y le empezó a pasar la mano por la cabeza, el toro se relajó, comía y miraba a Juan Pestañas.

A la media hora de la fuga de los toros la mayoría de los tudelanos y forasteros asistentes seguían ocupando sus asientos a la espera de novedades, algunos degustando la merienda que se había adelantado por los acontecimientos ocurridos y otros de tertulia.

De repente, apareció por la parte desmontada por los toros, Juan Pestaña con el toro, llevándolo con la mano puesta en la testa y al mismo paso. La Plaza se puso en pie y empezaron a ovacionar, vitorear a Juan Pestañas, hasta que metió el animal a toriles. Aquel día ese fue el único paseíllo que se celebró.

 

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