La huida a Francia de unas monjas de Tudela

Quinto cuento del Confinamiento

Corría el año 1939, Franco había ganado la Guerra después del golpe militar de 1936 contra la Republica, y la represión fascista en Tudela no paraba, eran ya más de 60 tudelanos fusilados y desaparecidos.

En la Plaza de Los Fueros, habían vivido hasta julio de 1936, una familia tudelana emparentada con el entonces obispo de Pamplona y Tudela, Carmelo Bona. Carmelo Bona desde iniciada la contienda civil había creado una red de contactos para salvar a las personas que necesitaban salir del Navarra por miedo a ser fusiladas o encarceladas.

En esa familia tudelana estaba Ágata Sagasti, de 40 años, ciega de nacimiento, hermana de Lucia Sagasti, que había sido novia y de familia muy hermanada con Carmelo Bona, todos ellos muy amigos de Aquiles Cuadra, el alcalde de Tudela, que había sido fusilado.

Ágata Sagasti y su pareja, la arguedana Dorita Samanes, estaban escondidas desde prácticamente el inicio de la contienda civil en el Convento de las Siervas de Jesús, esperando a que Carmelo las pudiera venir a rescatar.

Se dio la circunstancia que Lucia Sagasti, solía tener bastante relación por carta con Carmelo, el Obispo y en los primeros meses de 1939 se registraron algunas casas tudelanas, entre ellas la de las Sagasti.

Un mando de la Falange, muy habitual de la Casa de citas, de la calle Trinquete, también conocida como la Casa de Piluca, en una noche de celebraciones, de “limpieza” de rojos en Tudela y en los Pueblos Riberos de alrededores,caído en uno de los jergones y totalmente ebrio y desvaído, dejo caer de su chaqueta, un paquete de cartas atadas, con el membrete de Paris de Lucia Sagasti.

La muchacha que recogió las cartas era Maribel Rovira, una anarquista de Barcelona, que había sido traída por un falangista a la fuerza para ser prostituida o sino fusilada. Maribel tenía un cliente habitual, un tudelano que se había salvado de las razzias por su amistad con el Secretario de Mola, el escritor tudelano José María Iribarren, este, llamado Anselmo Munarriz, en la intimidad le había declarado a Maribel que le gustaban los hombres, pero que tenía que guardar las formas para salvar su vida y por eso venia todas las noches y perdía horas con Maribel.

Maribel le confeso el hallazgo de las cartas, Anselmo las leyó y le dijo a Maribel que corrían serio peligro, ya que esas cartas contenían información muy importante para la falange ya que se hablaba de una red de personas dedicadas a sacar de Navarra a personas perseguidas.

Maribel se lo comento a Piluca y decidieron dejar el asunto en manos de Anselmo y este siendo conocedor de todo, mando un mensaje al Obispo, Carmelo Bona, su amigo desde la infancia.

Eran las seis de la mañana D. Carmelo Bona, Obispo de Pamplona y Tudela, y el Padre Ignacio, se levantaron, se tomaron una taza de sopa caliente y prepararon el camioncillo, acondicionándolo con mantas, a modo de asientos.

En total, en la parte trasera irían montadas nueve personas, si no surgía algún imprevisto, claro está, con las chicas de la Casa de Piluca todo era posible.

Llenaron el depósito de combustible y lo pusieron en marcha a eso de las siete de la mañana. Carmelo Bona subió unos fardos con los hábitos para las chicas de Piluca y el Padre Ignacio fue cerrando el pestillo de la trasera del camioncillo. Sobre las siete y diez de la mañana salían de la casa del padre de Carmelo, junto a la Estación de Tren, y subían por la Carretera Zaragoza hasta encontrarse con la esquina de la Calle Trinquete, donde se situaba la Casa de Piluca Morte.

Piluca estaba temblando, y eso que aquella mañana del 13 de septiembre había amanecido soleada y veraniega como si de agosto se tratase.

¿Qué te pasa Piluca?– Le dijo el Obispo -.Que estoy temblando de miedo, que me va a pasar Don Carmelo-respondió.

No te preocupes, no va a pasar nada si se dan prisa y bajan en silencio, que vayan bajando ya – ordeno D. Carmelo.

Al instante bajaron en fila Charito Rosales, Almudena Flamarique, Soledad Magallon, Luisa Cobos, Felixa Esparza y Maribel Rovira.

Se fueron despidiendo una a una de Piluca, todas llorando y con la boca en la mano para no hacer ruido ni al llorar y un fajín con ropa y pertenencias y seguido bajaron la escalera de seis peldaños que les separaba de la calle, donde esperaba el Padre Ignacio, ayudándoles a subir al remolque del camión.

-Falta una, Piluca – asevero D. Carmelo. La Carmen apareció por la escalera, entre sollozos. Carmen Molina se sentó junto a Piluca y le dijo a D. Carmelo- Que me quedo con Piluca, váyanse sin mí -.

– Pero bueno, todo está preparado para que vengas con nosotros, ¿porque te quieres quedar mujer?- Le espeto D. Carmelo, mientras Piluca inundaba la salita de sollozos y suspiros. – Soy mayor D. Carmelo, y ya no valgo para el oficio, así que, me lo he pensado mejor,…, que voy hacer yo compitiendo con las francesas…me quedo con Piluca que me necesitara y que sea lo que Dios quiera-. Entre lágrimas y achuchones las dos mujeres se abrazaban y fue entonces cuando apareció el Padre Ignacio .- D. Carmelo, no podemos esperar más, tenemos que salir, es ya prácticamente de día, por favor vámonos- dijo el Padre.

Carmelo se abrazó a Carmen y a Piluca, les dio la bendición, y les dijo : -Sobre todo iros a Zaragoza, cuanto antes, Piluca ya sabes por quien debes preguntar en La Seo y sobre todo ser discretas y no deis señales de vida durante varios meses y si tenéis algún problema, acudid a mi amigo. Adiós Piluca, adiós Carmen, que Dios os bendiga-.

La llorera era monumental y lo prudente era salir de allí cuanto antes. El Padre Ignacio agarro del brazo a D. Carmelo y prácticamente lo arrastro hasta la escalera, subieron a la cabina del camioncillo y fueron a buscar a las dos personas que faltaban para completar la expedición.

Bajaron por la Casa Misericordia y luego subieron dirección al Puente Mancho y antes de llegar al Barrio de Velilla giraron hacia el Convento de la Siervas de Jesús.

Al llegar, inmediatamente, dos monjas salieron de la puerta principal, atravesaron el jardincito de tres metros que hay entre la puerta principal y la verja exterior de hierro del Convento. La puerta del Convento se cerró y D. Carmelo y el Padre Ignacio ayudaron a las dos monjas a subir al camión.

Una de las monjas, no se separaba de la otra, y prácticamente la llevaba en volandas y le preparo el asiento. Cuando se vio un poco de luz todas se dieron cuenta que una de las dos monjas llevaba unos anteojos oscuros y fue entonces cuando la mirada de Maribel Rovira se clavó en aquellas dos Siervas de Jesús.

El volante lo llevaba el Padre Ignacio y cuando pasaron el Puente del Ebro, a la salida de Tudela, antes de llegar a la recta de Arguedas, el camioncillo dio un giro a la izquierda y se metió a la corraliza de Vicente Arias, un tudelano anarquista que había sido fusilado en agosto del 36.

La corraliza estaba todavía vacía y allí D. Carmelo les distribuyo a las chicas de la Casa del Trinquete los hábitos de monja que deberían llevar hasta pasar la frontera. El padre Ignacio les explico que el viaje se haría en dos partes y que la primera era por la mañana hasta Pamplona, y sobre todo silencio y mucha discreción.

Les explicaron que eran Siervas de Dios que viajaban para hacer unos ejercicios espirituales a un Convento de Francia con permiso del Obispo y que estaban con voto de silencio hasta acabar los Ejercicios.

El Padre Ignacio, les dio los nombres de monjas que deberían utilizar en el viaje y les dijo,- si hay algún control militar o de falange, deberéis decir si os llaman “servidora” y ni una palabra más-.

El Padre Ignacio no las tenía todas consigo y si en cualquier momento a alguna de aquellas alegres mujeres se le pudiera ocurrir alguna gracia que no fuera muy acorde con los hábitos que vestían, ello podría suponer un gran peligro, no solo para él y para el Obispo, sino también para muchas otras personas.

Se tuvieron que desprender de todas las ropas que llevaban, solo algo de ropa de interior, la más acorde se pudieron quedar, y algunas pertenencias personales, no todas. El Padre Ignacio fue revisando, uno a uno todos los fardos de ropa que llevaban y fue tirando y amontonando la ropa que no era conveniente para el viaje.

Algunas de las chicas lloraban en silencio y otras se consolaban, mientras que las dos monjas que habían subido al camión observaban y atendían en silencio a toda la parafernalia que allí estaba sucediendo.

Cuando ya todas estaban vestidas con los hábitos pertinentes de Siervas de Dios, Soledad Magallon se dirigió a las dos hermanas que habían salido del Convento y les dijo:- Perdonen hermanas pero como verán nosotras somos putas-. En ese mismo instante, Ágata, se volvió hacia donde procedía la voz y con su mirada serena, una gran sonrisa en los labios y una voz muy tierna y dulce respondió: No hay nada que perdonar querida, nosotras dos también somos muy putas-. Y de repente todas se miraron sorprendidas y se echaron a reír. El Padre Ignacio y el Obispo les llamaron al orden y les recriminaron su actitud: Señoritas nos estamos jugando la vida por ustedes. El Obispo y muchas más personas están jugándose la vida por ustedes, hagan el favor de comportarse y de guardar silencio de aquí hasta Pamplona- les dijo el Padre Ignacio. Ágata contesto:- perdone Padre, ha sido culpa mía, no volverá a suceder-.

El viaje transcurría con normalidad, en algún momento alguna cabeza se caía hacia el hombro de la compañera de al lado y de nuevo con los baches se recomponía la situación. El sueño y los nervios hacían mella en aquellas mujeres. De repente después de pasar Tafalla, a la altura de Pueyo, Charito Rosales se acercó a la ventanita que comunicaba con la cabina del camioncillo y les dijo.- Me estoy meando, no podemos parar a mear un momento-.

El Padre Ignacio miro al Obispo y este asintió con la cabeza. El Padre Ignacio dijo: – Pararemos dentro de veinte minutos en la Fonda del Mirador antes de Carrascal, no creo que tengamos posibilidad de parar antes y además estamos muy al descubierto de la carretera -.

Pasados unos dieciocho minutos empezaron a subir la cuesta del Mirador y el Padre Ignacio empezó a soltar frases en euskera, su idioma materno. Eso significaba que algo andaba mal. – ¿Que pasa Ignacio?- dijo Carmelo. Ignacio seguía hablándose así mismo en euskera, cuando de repente en la misma cuesta les adelanto un bugatti negro y se les puso delante. Ignacio vio cómo se abría el capo de adelante y de el surgió un hombre moreno y fuerte con la camisa negra de las escuadras de la muerte de la Falange, era Chato “berbinzana”, un conocido asesino de la zona media navarra y con mucho poder en Falange.

Ignacio dejo de utilizar el euskera y le dijo al Obispo: -Cuando paremos vaya usted directamente a hablar con el que asoma por el coche y haga todo lo posible porque no se acerque a las monjas.- Carmelo miro a Ignacio y le dijo: Mala persona tiene que ser para que tú estés nervioso Ignacio-. Ignacio respondió: – El demonio ilustrísima, el demonio,…-.

En el alto del Mirador, a falta del coche de la Falange que se paró a escasos diez metros del camión, estaban en el lado contrario de la carretera tres camiones de soldados pertenecientes al cuerpo de Regulares. Ignacio los conoció enseguida por sus botas, sus pantalones bombachos y el fajín rojo que llevaban, diferentes del resto de cuerpos del ejército franquista, ya que eran un cuerpo de elite destinado en la frontera con Francia y que realizaban labores de vigilancia por los Pirineos Navarros.

Carmelo se bajó directamente a hablar con Chato Berbinzana, le dio la mano y directamente se presentó. -Buenos días caballeros, no tengo el gusto de conocerle -dándole la mano directamente al Chato y presentándose también – mi nombre es Carmelo Bona, Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela.-

Al Chato le cambio la cara, tiro el cigarro que tenía entre los dedos, bajo la cabeza y le beso la mano y a la vez le llamo ilustrísima y le presento a sus acompañantes, un falangista de Tafalla y otro de Olite, de las escuadras negras, que le acompañaban a una reunión a Pamplona en la Sede de la Junta Provincial Navarra de Falange y cuando acabo de darle todas las explicaciones pertinentes le pregunto al Obispo : – Pero D. Carmelo que hace usted viajando en un camión de estos años y a estas horas .- Carmelo Bona le echo la mano al hombro y de forma sutil y parsimoniosa le fue explicando cómo se tenía que encargar de la formación cristiana y espiritual de los Conventos Religiosos y especialmente de las hermanas y monjas que en toda navarra estaban desatendidas de estos cuidados espirituales y de otros también materiales y por ello, y por la vecindad desde iniciada la Guerra Civil de vez en cuando llevaban monjas de navarra a Conventos Franceses para poder realizar ejercicios espirituales y sobre todo tener bien alimentadas a las hermanas durante un par de semanas, ya que las abadías del sur de Francia tenían buen sustento.

De repente el Chato Berbinzana empezó a dirigirse hacia el camión con intención de hablar con las monjas y fue entonces cuando D. Carmelo lo llamo: Chato, deje a las hermanas descansar, además llevan voto de silencio y no le hablaran, y me hace usted un favor, porque no me lleva hasta el Arzobispado y yo así gano tiempo para preparar los salvoconductos para las hermanas y el Padre Ignacio, podría usted acercarme o le estoy desviando en exceso de su recorrido -.

En absoluto ilustrísima, será un placer y un honor llevarlo al Arzobispado y así charlamos por el camino.- dio media vuelta, monto en el descapotable, se levantó y brazo en alto hizo el saludo fascista a los soldados del cuerpo de regulares al tiempo que les gritaba: ¡Viva Franco! ¡Viva España!, y los soldados respondían enardecidos por los gritos del cabecilla falangista.

Cuando se había marchado el coche, el Padre Ignacio, abrió el toldo de la trasera del camión y no hizo falta explicar la situación a las hermanas, los gritos de los soldados habían hecho mella en aquellas mujeres y algunas desestimaron bajar. -Sobre todo meteros bien adentro del carrascal y mear por adentro y que no os vean los soldados-. Seguido de las palabras del Padre, Charito Rosales, Almudena Flamarique, Luisa Cobos, Felixa Esparza y Maribel Rovira junto a Dorita Samanes se adentraron en el carrascal y empezaron a dejar sus orines junto a los carrascos. El olor a hongo y a setas se entremezclaba en la humedad del carrascal después de las tormentas de días anteriores.

Charito Rosales se había apartado un poco del grupo y empezó a realizar sus necesidades fisiológicas en una especie de pequeña plana desarbolada y al levantarse el sayón para poder bajarse la ropa interior y realizar la micción que tanto ansiaba, sorprendió a un soldado de guardia que la estaba mirando desde el otro alto de la carretera.

Charito soltó el chorro del líquido elemento y cuando hubo acabado, levanto todas sus ropas hasta la espalda y con todo su trasero al aire, empezó a contonear su hermoso culo y a hacerle señales poco católicas al soldado de guardia. Se tapó y bajo rápidamente hacia al camión.

Para cuando bajo al camión Charito, el soldado había corrido hasta el grueso de su pelotón y al grito de: Mi sargento, Mi sargento.- Que pasa Núñez- le contesto el Sargento Díaz, natural de Valladolid. Núñez era gallego y se alisto a Regulares a mitad de la guerra para ganar alguna “perra” y poder comer algo, en Sarria, su pueblo en la provincia de Lugo, se pasaba mucho hambre por aquellas fechas.

-Que pasa Núñez.- repitió el Sargento Díaz. -Mi sargento que una monja me ha enseñado el culo -.La carcajada fue general, empezando por el propio Sargento.

De nuevo el Sargento entre risas y un silencio cómplice, le volvió a preguntar a Núñez: – Dígame Núñez, dígame, que dice que le ha enseñao la monja a usted -. Mi sargento, me ha enseñao el culo – respondió Núñez. Las risas se habían convertido en lloros y de nuevo todos esperaban a la nueva contra del Sargento Díaz, experto en levantar la moral de la tropa en este tipo de situaciones.

Entonces me dice Núñez que la monjita le ha enseñado el culo y nada más, claro, se ha fijado en usted, lo ha visto en lo alto del monte, y al instante le ha mostrado sus posaderas para regocijo de sus ojos, es así Núñez, es así Núñez como ha ocurrido, conteste.- – Mi sargento, no del todo, a parte de enseñarme el culo, lo ha movido, pasándose la mano por detrás y llamándome con la mano .-

La tropa literalmente se tiraba por los suelos, todos arremolinados junto al Sargento Díaz y al soldado Núñez.

Al Sargento Díaz que ya no podía aguantar, se le salían las mucosidades por la nariz y los ojos los tenia llenos de lágrimas contenidas, pero quería seguir dándole a su tropa un buen rato y le volvió a preguntar a Núñez: – Vamos a ver Núñez…vamos a ver…vamos a ponernos serios…así que aparte de enseñarle el culo…se lo ha movido…se ha restregado la mano por la posadera y encima le ha llamado a usted a acompañarla -. – Así es mi Sargento -. Y entonces llego el delirio, el Sargento Díaz empezó a mover el culo y a pasarse la mano por su trasero y a llamarle a Núñez repitiendo: Así Núñez, así Núñez,…-. Mientras, el resto de la tropa del cuerpo de regulares imitaba al Sargento y aquello más parecía un acto carnavalesco, que un cuerpo de elite.

Mientras todo esto ocurría, el Padre Ignacio arranco el camión y tomo carretera rumbo a Pamplona.

Cuando las risas se hubieron calmado el Sargento Díaz se dirigió de forma seria al soldado Núñez y le dijo: Núñez tiene usted tres días de permiso a partir del jueves que viene y cuando vuelva de permiso, no quiero enterarme que sigue usted hablando de monjas que se quitan las bragas, que mueven el culo y todo esa parafernalia que usted ha descrito …así que aproveche el permiso … sacie usted sus instintos como le plazca y con quien le plazca, pero no vuelva a contarnos otra como esta, porque si de nuevo abandona una guardia para hablar de monjas y culos ..le aseguro Núñez que le empapelo…le empapelo para toda su vida…se lo aseguro…Regulaaaares a los camiones .Nos vamos.

de la mañana. Las mujeres estaban muy cansadas y al llegar a la puerta del Arzobispado el Padre Ignacio las condujo al segundo piso donde había un pequeño dormitorio comunitario donde pudieron echarse un poco y asearse. El Padre Ignacio les subió dos cantaros de leche caliente, tazas y panecillos y las dejo descansar.

Carmelo había llegado sobre las diez y media a la Comandancia Militar de Pamplona. Lo recibió en la puerta el Teniente Martínez mientras se despedía de Chato de Berbinzana y sus acompañantes. – Buenos Días Ilustrísima – dijo el Teniente. Buenos días Martínez, ¿qué tal estamos? -Como siempre señor Obispo, a su disposición.- contesto Martínez.- ¿Qué tal su familia? Me dijo que era padre de dos niños, ¿verdad?-dijo el Obispo. – La familia bien, gracias, así es dos niños, todos muy bien, gracias Ilustrísima por acordarse- remato el teniente. – Cuídelos mucho y ayude a su esposa, que seguro que lo necesitara. Otra cosa Martínez, está el General muy ocupado o está libre- .- Esta muy ocupado Ilustrísima, con lo que está pasando en Paris, todo el mundo anda alborotado y en Madrid están enviando continuamente órdenes para ir agrupando fuerzas para reforzar la frontera -.explico Martínez.

Dígame Martínez, como podemos hacerlo mejor para no molestar al general. Necesito unos salvoconductos para unas monjas de Tudela que van a realizar Ejercicios Espirituales a un Monasterio francés y tienen que llegar esta tarde sin falta, dígame como hacemos para que no tengan problemas en la frontera- explico D. Carmelo.

Carmelo si le parece, como en otras ocasiones que ya nos ha ocurrido, y visto que el General en estos casos siempre da su visto bueno, si le parece, el Capitán Almunia, que es hoy Capitán de Cuartel le podrá firmar los salvoconductos y así podrán salir las hermanas cuanto antes, espere un momento que voy a buscar al Capitán -.dijo Martínez.

El Capitán Almunia apareció a los cinco minutos junto a Martínez y saludando al Obispo de forma militar lo condujo hasta el despacho de Capitanía. D. Carmelo le dio los nombres de las Hermanas y el origen y destino de las mismas e informo al Capitán del motivo del viaje y de su estancia en Francia, los ejercicios espirituales. Inmediatamente, el Capitán Almunia redacto a su secretario el contenido del salvoconducto con los nombres de las hermanas y firmo el mismo con el sello de la Comandancia Militar de Navarra.

Carmelo salía raudo hacia el Arzobispado y al llegar al mismo pregunto a una de las sacristanas por el Padre Ignacio. Está le dijo que había subido a su habitación. Carmelo Bona subió las escaleras de dos en dos y al llegar al tercer piso donde se encontraba la habitación del Padre Ignacio, este apareció a medio vestir, con una camiseta, e intentando ponerse la sotana al tiempo que le iba preguntando al Obispo -¿Tiene ya los salvoconductos?–Si, aquí lo tienes Ignacio -. contesto D. Carmelo.

Carmelo junto al Padre Ignacio, bajaron al segundo piso, pegaron en la puerta del dormitorio de las tudelanas y entonces se abrió la puerta, era Dorita Samanes, sin el velo ni la cofia de monja y con toda su cabellera rubia al aire, la luz del sol que entraba por las claraboyas le cegaba la cara y levanto el brazo para poder ver mejor a D. Carmelo y al Padre Ignacio. D. Carmelo tomo aire y le dijo: Dorita diles a todas que se preparen, salís ahora para Francia.

A los cinco minutos fueron saliendo de la habitación. El camión ya estaba en marcha. La última en salir Ágata con Dorita de su brazo, todas ellas besaron la mano de D. Carmelo por cumplir el protocolo delante de las sacristanas que no paraban de mirar desde la Conserjería de la Casa Arzobispal, pero todas ellas lo hubieran besado en los labios y en la cara, lo hubieran abrazado y mordido si hubiera hecho falta, como muestra de agradecimiento …

Ágata se paró junto a él y le dijo al oído: Carmelo es usted un hombre admirable y nunca olvidare lo que ha hecho por nosotras y por otra mucha gente. Si en mi mano este algún día poder ofrecerle cualquier ayuda, sepa que estaré siempre a su disposición, espero que nos volvamos a ver en otras circunstancias. Gracias de todo corazón Carmelo-. Dorita menos recatada le planto un beso en la cara y le dijo: Si todos los curas fueran como tú este mundo sería distinto Carmelo, te esperamos en Francia.

Ágata, cuando estés con Lucia en Paris, dale un beso de mi parte y por favor cuidarla mucho- dijo D. Carmelo teniendo las manos de Ágata y Dorita cogidas con su mano izquierda y dándoles la bendición con la derecha.

Se montaron todas en la parte de atrás, menos Ágata que a petición del Padre Ignacio se puso en la cabina de adelante. – Usted Ágata es la madre superiora de todas estas criaturas así que vaya asumiendo el papel hasta que pasemos la frontera.-No me trate de usted Padre Ignacio, que ya vamos teniendo confianza- contesto Ágata.

El viaje fue muy tranquilo, llegaron a la frontera por el paso de Roncesvalles, y cuando salvaron el paso fronterizo y bajaban ya hacia el primer pueblo de la Bajanavarra, en la cuesta, y mirando hacia el Pirineo, Soledad Magallon rompió el cuello de los hábitos, se abrió la pechera y enseñando sus encantos al aire, y desde la parte de atrás del camión, grito,- preparaos francesas, que aquí llegan las tudelanas-.

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