El Paratge de Tudela, una cita de amor

Vigésimo segundo cuento del confinamiento

En el año 1955 una pareja de tudelanos tuvieron que separarse. Faustino Grau y Cristina Puértolas. Faustino tenía 25 años y Cristina, 23 años. Ella trabajaba en un taller textil y él en la Azucarera tudelana. Acabada la Segunda Guerra Mundial, Franco no tenía pinta de retroceder en perpetuarse en el poder y los aliados lo consentían. La oposición política a la Dictadura se reorganizaba para una larga travesía y los “maquis” desorganizados malvivían por las montañas asturianas y castellano-leonesas y en las faldas de los Pirineos. Faustino era hijo de un fusilado tudelano, llevaba con Cristina dos años de novio. Cristina no sabía nada de la labor clandestina de Faustino en Tudela. Un hermano de Faustino, Pedro Grau estaba exiliado en Toulouse (Francia) y era uno de los redactores del semanario anarquista “El Combate”. Los periódicos los pasaban al interior por la frontera franco-española,  a través del paso de Ibardin. Allí dos “estraperlistas” a cambio de dinero los transportaban a la parte española.

Uno de los estraperlistas, Javier Tirapu, llego un dia a Tudela y por indicaciones de su hermano Pedro se puso en contacto con Faustino, a partir de ese momento “Tino”. Tirapu le explico lo que tenía que hacer y los contactos que tenía que realizar y cada cuatro meses  debería subir a Ibardin a recoger el paquete de periódicos. Durante 1953 y 1954 subió a todas las citas y se bajó a Tudela todos los periódicos clandestinos, y luego los repartía por casas y a personas de mucha confianza, en algunos Pueblos de la Ribera, también en Pueblos de la Rioja y a veces hasta Zaragoza tuvo que bajar.

En febrero de 1955 le dijeron que no subiera más, a partir de ahora el contacto para recoger los periódicos estaba en Pamplona. A los dos meses, en Abril subió a Pamplona y el contacto no apareció a la cita.

Tino se bajó preocupado a Tudela, pero no quiso darle más importancia, ya subiría para junio.

El “Dia del Ángel” había sido movido, toda las cuadrillas habían estado hasta las mil de juerga, en el baile, y cuando Tino acompaño a Cristina hasta San Salvador no sabía la desagradable sorpresa que se podía encontrar. Se metió por Carmen Alta, y cuando estaba bajando, desde arriba vio gente cerca de su casa en la calle San José y Guardias Civiles, justo la que pegaba de frente a Carmen Baja, se paró, se escondió en un portal y escucho gritos de vecinos y le pareció oír la voz de su madre que a gritos les decía que su hijo no estaba en casa, su madre le estaba avisando.

Corrió de nuevo para atrás, y fue subiendo a la parte de atrás del cerro de Santa Bárbara, allí después de las obras del Corazón de Jesús, había preparado una especie de cueva para poder esconderse en caso de necesitarlo, esta era el momento de utilizarla.

Estuvo dos noches y dos días escondido sin salir. A la tercera noche, sobre las cuatro de la madrugada bajo a casa de Cristina, en San Salvador y llamo a la puerta sin meter mucho ruido. El padre de Cristina se asomó por la ventana, lo vio, y Tino le dijo: – Dile a Cristina que baje a la cuadra-. Entro a la casa y en la cuadra apareció Cristina con un camisón y una mantilla al hombro, estaba llorando. Se abrazaron, Tino la agarró muy fuerte y mientras pasaba su mano suavemente por su pelo, acercaba sus labios a la frente, a la cara y le daba besos a Cristina.

“Perdóname, perdóname Cristina, pero no te podía decir nada”, comentaba Tino. Cristina no dejaba de llorar y al mismo tiempo le preguntaba: -Que vas hacer ahora, te están buscando,  han venido esta mañana preguntando por ti-, Tino le tapo la boca, mientras le daba besos, cuando Cristina se calmó, le dijo: – “ Me voy ahora, voy a intentar viajar por la noche, atravesare la Bardena y cuando llegue cerca del Pirineo, intentare contactar con los maquis para que me pasen a Francia, no me preguntes más, es mejor que no sepas nada. Cuando este en Francia iré donde mi hermano, te escribiré, no te preocupes, no te voy a dejar de escribir y te iré dando noticias mías”. Cristina volvió a llorar, de nuevo se abrazaron, se calmó  y así estuvieron en silencio varios minutos, le dio un  beso muy largo y muy dulce de despedida, como si el tiempo se hubiera parado por minutos para ellos y todo se fundió en aquel beso, sintiéndose unidos, juntos y entrelazados.

A los 15 días de salir Tudela, Tino llego a Toulouse y se encontró con su hermano. En casa de su hermano estuvo dos años, cada mes le escribía una carta. A los dos años, era mayo de 1957, un hombre mayor llamo a la puerta de la casa de San Salvador, eran las doce de la mañana. La madre de Cristina recibió al forastero, este pregunto por ella, su madre le dijo que estaba trabajando,  hasta la una del mediodía no volvería. “Y usted quien es”, pregunto la madre. “Soy amigo de Tino”, la madre le invito a pasar dentro de la casa. Cuando volvió Cristina, el forastero se presentó con nombre falso, no dio su nombre verdadero por seguridad, solo le dijo que a partir de ahora debería guardar las dos primeras palabras de las líneas 19 y 30 de cada carta, este era el mensaje. El año que había nacido Tino. De esa forma Tino le enviaría una cita para poder verse.

Pasaron cuatro años y en julio de 1961, en plenas Fiestas de Tudela, Cristina cogió el tren para Barcelona, se bajó en la Estación de Francia y de nuevo con un regional subió toda la costa de Girona, hasta llegar a Cadaques. Busco una pensión y al llegar la noche se fue al Paratge de Tudela, en pleno Cap de Creus, un paisaje único, donde formas caprichosas y combinaciones de colores inspiraron a  Salvador Dalí.

En aquel año, justo al lado del Pla de Tudela, el Club Mediterráneo había comenzado a construir un complejo residencial de Vacaciones.  La noche era mágica y todo acompañaba para que nada saliera mal. Sobre las doce la noche,  una barca apareció entre el ruido de las olas, Cristina se puso nerviosa, se levantó de donde estaba esperando y empezó a otear entre la oscuridad para intentar distinguir, no pasaron dos minutos cuando una luz se encendió dos veces seguidas y se volvió a apagar, se volvió a encender al minuto dos veces y se volvió a pagar, era la señal, Faustino había llegado.

Cristina bajo hasta la orilla, Tino se despidió del barquero, y se abrazaron de nuevo, como si aquella despedida de  hacía cuatro años hubiera sido un hasta luego. Besos, sonrisas, lloros y mucho amor se mezcló en segundos, justo el tiempo necesario para iniciar el camino de vuelta al Pueblo e ir a la Pensión. Estuvieron una semana en Cadaques, tiempo suficiente para arreglar los papeles de Cristina y con documentación falsa pasar por La Junquera camino hacia Paris. Un cascantino llamado Lucio, los estaba esperando. En el año 1978, volvieron a Tudela.

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