Murchante

Décimo sexto cuento del confinamiento

Mi padre se llamaba Felipe, desde que lo bautizaron, pero cuando lo mandaron a la mili a África, a las antiguas colonias españolas, actual Marruecos, allí le cambiaron el nombre, porque no lo tenían apuntado y un Capitán le preguntó, ¿Cómo se llama tu padre?, mi padre contesto: – Julio-. Pues desde aquel día, mi padre fue oficialmente  y para toda la vida, Julio. En las nóminas que traía a casa de la Empresa de Enrique Jiménez, donde estuvo trabajando hasta que la cerraron,en el Juzgado y en el carnet de identidad, siempre aparecía Julio,así que tuvo siempre dos nombres, Julio el oficial y Felipe en casa.

Mi padre nació, en un Pueblo ribero, a cinco kilómetros de  Tudela, que se llama Murchante, su padre, mi abuelo Julio y su madre, mi abuela Victoria. Yo desde bien pequeño pase bastantes veranos por la calle La Plana, donde vivian mis abuelos. A la entrada del Pueblo había y hoy existe todavía, un gran grafiti en el muro de la Bodega Cooperativa que pone: “ Quien ha Murchante vino  y no probo vino…, A qué vino?

Este grafiti, retrata algo muy importante de este gran Pueblo, y muy querido por mí, no solo referido a ser un pueblo vitivinícola, sino a la capacidad de reinventarse y a tener la gracia por arrobas y la imaginación como “lait motive”, Murchante es arte y es Marte. Aquí me pillo por primera y última vez una vaca, cuando era adolescente, y aquí me colgó mi abuelo una “rastra” de pajaricos por el cuello, y aquí me monte en un carro, tirado por la mula de mi abuelo, lleno de melones. Otros tiempos.

A mi familia murchantina les llaman “manzanas”, a mi cada vez que subía me llamaban “manzanica” y fui el primer nieto de la familia, ya que mi padre era el mayor de dos hermanos y dos hermanas. A mi abuelo le apodaban también “Groso”, y aparte de ser un gran hombre, muy querido en el Pueblo, al igual que mi padre, era de una estatura enorme, rozaba los dos metros. A mi bisabuelo, Simón, lo llamaban “Aguador”, porque repartía agua por Murchante y por Tudela, y mi padre me contaba, que era también de gran estatura.

Simón dice que tenía una garganta muy grande y ancha. Una vez la cuadrilla de mi bisabuelo se fueron a limpiar la acequia y  almorzar  a “Campadentro”, término de huertos de Murchante, y que estaban en la caseta metidos, y en aquella época en la tierra solían tener metidas unas tinajas  , para que se mantuviera fresca el agua. Aquel día la cuadrilla de Simón, el aguador,decidió hacerle una broma, y metieron en la tinaja de agua, un ratón. Después de andar limpiando la acequia decidieron tomarse un respiro antes de almorzar, entraron a la caseta y  uno de los amigos, saco la jarra de agua llena con el ratón dentro y le dio de beber a mi bisabuelo. Simón le pego un par de tragos, y se metió el ratón para adentro, los amigos al unísono, le dijeron: “Simooon, pero es que no has notao nada, o que?-, a lo que mi bisabuelo Simón,  contesto : – Si, un “gurujillo”.

Mi abuelo Julio era muy alegre, nunca perdía la sonrisa, y su cuadrilla era de las más famosas del Pueblo, ni con la Dictadura de Franco dejaron de celebrar carnavales y todos los años se disfrazaban de mujeres y recorrían tabernas y casas, haciendo meriendas y cantando jotas.

En aquellos años las cuadrillas se juntaban en casas, y recuerdo en casa de mis abuelos, en la calle La Plana, que siempre venían sus amigos, los amigos de mi padre y el resto de la familia, era un ambiente muy especial, y siempre se acababa cantando, jotas, mejicanas  o lo que estuviera de moda.

Una vez, la cuadrilla de mi abuelo se juntó en casa de mis abuelos. Era una casa pequeña, estrecha  y de dos pisos de altura, la entrada a la derecha hizo un baño pequeño, porque yo la conocí sin baño y salíamos al corral a realizar nuestras necesidades fisiológicas. Para salir al corral tenías que atravesar la cuadra, y allí estaba la mula, y la perra de nombre “Bigota”.

Como decía,  la cuadrilla se juntó para merendar, en el piso de arriba, donde estaba una sala y la cocina juntas y una  mesa que no cabrían más de 8 personas, y aún quedaba, la habitación contigua que daba a la calle, la de mis abuelos, y luego, otra habitación con dos camas, que era,  donde yo pasé algunos veranos.

Allí estaban todos alrededor de la mesa, mi abuela Victoria había preparado un caldero bien grande de caracoles con tomate, y todos esperaban a que lleguara el “Tío Tadeo” para empezar a merendar. El Tío Tadeo, era un personaje también muy especial de la cuadrilla de mi abuelo, fue el último en morir de todos, sino recuerdo mal, y tenía un don que era extraordinario, era una especie de “faquir”, una dentadura excepcional, no le dijeras que se comiera un bolígrafo de aquellos de tinta, que se lo comía, o incluso, vasos de cristal.

El Tío Tadeo, no llegaba, y alguno dijo, apártale un puñao de caracoles y  en cuanto llegue,  que se los coma. Estaban muertos de hambre y mi abuela, buena cocinera, buena mujer y de mucho genio, tenía dos especialidades, los caracoles con tomate y las croquetas de patata. Así que empezaron a pegarle al caldero. Nadie sabe muy bien lo que ocurrió, pero entre caracol y caracol, trago va y trago viene, los caracoles apartaos del Tío Tadeo desaparecieron.

En estas que mi abuela, que estaba en la fresca, debajo casa, en la calle con los vecinos y vecinas le grito a mi abuelo : – Julio, mira a ver,  que viene el Tío Tadeo, caliéntale los caracoles-, mi abuelo no sabía qué hacer, y de repente cogió un bote de tomate del “embotao” que tenían y lo mezclo con dos montones grandes de cascaras de caracoles y los puso a calentar.

Allí estaban todos esperando a ver qué pasaba, cuando Tadeo se diera cuenta que ya no había caracoles. Pues bien,  el Tío Tadeo, con el palillo  empezó a mirar si salía el primer caracol, no salía. Los demás estaban disimulando,  hablando y mirando de reojo a ver  que hacía, cogió una cuchara,  le pego en el culo al caracol, sopló, y no salía caracol, unto tomate con el pan, otro caracol, y lo mismo. No decía nada, así hasta cinco caracoles. Les miro a todos, cogió con las dos manos las cascaras de caracoles, se las fue metiendo a puñaos, untando pan con tomate, pegándole tragos a la bota, y cuando acabó de masticar y tragar las cascaras, les dijo a todos: ¿Que os creáis,  que no me iba a comer los caracoles, o que?

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