Fiestas, conventos y terneras

Cuadragésimo séptimo cuento del confinamiento

En una carta del alavés, Valentín-Tadeo Echevarría y Foronda, según recuerda José María Iribarren, fechada en Tudela el 3 de septiembre de 1783, las rondas nocturnas de nuestra Ciudad por aquellos años solían terminar en puñaladas y pistoletazos y en una loca afición o adicción al juego del “zacanete”. Todo ello provenía del hambre, de los trabajos y de las lágrimas que vertían muchas familias tudelanas. En esta carta y otras hacia especial mención Valentín, a la pasión taurina que sentían los tudelanos y de las espeluznantes corridas de toros que se sucedían en la llamada Plaza Nueva.

El encierro de los toros se hacía entre dos filas de hombres, y en el desfile previo a la corrida, lo que hoy conocemos como paseíllo, abrían el cortejo dos o tres picadores, y luego los toreros a pie llevando en las manos las banderillas. En el coso tudelano se presenciaban por aquella época multitud de barbaridades y una de ellas consistía en que salían a la Plaza una docena de hombres, armados de chuzos, una especie de lanza pequeña acabada en una punta de hierro.

El “juego” consistía en que todos iban juntos alineados en fila contra el toro, y el toro les embestía y siempre caía alguno a tierra y desarbolaba la formación. Se volvían a reagrupar y formaban de nuevo la línea de ataque, y otra vez embestida del toro y otra vez a empezar. Así hasta que acababan acorralando al toro y le daban muerte a puro de lanzadas. El público tudelano era de unos sentimientos sanguinarios increíbles, y además todos quedaban contentos y celebraban de la misma forma, si el toro era muerto, como si los toreros fueran los muertos o hubiera destripado a una docena de caballos. Si no sucedía nada, les había “aguao” la fiesta.

En aquella época había también mucha afición por las novilladas y a parte de las Fiestas, cuando era la festividad de algún santo o algún tudelano recibía trato o consideración importante era excusa para correr novillos. Ahora las vaquillas salen emboladas pero en aquellos años los novillos salían con los cuernos en punta y en la Plaza Nueva cuando los recortadores se veían apurados, existían cuerdas colgando donde se agarraban y levantaban para evitar las cornadas. Las funciones de recortadores se amenizaban con diversas suertes: el muñeco de mimbre llevado por un mozo que se colocaba tras él y que huía cuando el bicho embestía al muñeco, la estatua en cuyo hueco habían encerrado gatos y crías de zorro y el hombre y la mujer de madera que giraban sobre un cabo de palo, eje o pivote.

Un sacerdote francés nos habla también que en el año 1793, presencio unas corridas de toros en las Fiestas de Tudela y en la corrida del 28 de julio, toreo Pepe-Hillo como matador y se bendecían los toros. El cura francés de apellido Branet, se preguntaba si la bendición se daba para que fueran más bravos o para que no se hicieran daño. De esta época habla también el clérigo del genio de los sacristanes siempre con el ceño endemoniado, de rondas nocturnas con reyertas y crímenes, de los “corros” de mujeres jugando a la baraja en plena calle y de las tabernas que se abrían al amanecer, o incluso alguna no cerraba, donde hasta las ocho de la mañana, hora en la que iban a trabajar, estaban los tudelanos como postes hablando y bebiendo.

Dice el francés que había una peligrosa costumbre de poner cántaros y botijos a refrescar en las ventanas y que cuando gritaban “agua va” como te pillara debajo, te podían caer todas las inmundicias de la casa juntas, ya que en aquellos tiempos  lo que no habían eran ni  bidés ni retretes, ni cadenas para darle al agua.

En aquella fecha del 28 de julio de 1793, ocurrieron otros hechos excepcionales algunos reflejados por Branet e Iribarren, y otros no, que yo hoy les voy a contar. Dicen los testimonios de Branet que las monjas de las Capuchinas y también las de la Enseñanza metieron en sus Conventos y en sus Iglesias, vaquillas terneras, para correr encierros también ellas y además que al día siguiente, en contra de lo que mandaba la regla, no se dio la comunión diaria. Este hecho hace algunos meses, en una tertulia con personas de las que no puedo revelar su nombre, ya se me adelantaba,  pero en vez de en los Conventos, que  en la propia Catedral se celebraron también encierros y allí mismo entraban los toros.

Así pues en aquella tarde de 28 de  julio,  la ganadería de los Guendolain fue la encargada de atender las demandas de las priores de los dichos Conventos de Capuchinas y la Enseñanza. Dicen que a eso de las seis de la tarde, llegaron los pastores a caballos  con las terneras, primero en Capuchinas y luego en la Enseñanza. Para entonces las Madres Superiores ya habían dado orden de que se colocaran los bancos a modo de Ruedo para que pudieran los animales hacer sus gracias entre Santos, Vírgenes y otras reliquias.

En Capuchinas, las primeras en suerte de recibir en fiestas las terneras, los dos animales corretearon dando vueltas a los bancos, mientras las madres y las novicias se lo pasaban en grande citando desde los bancos a la ganadería. Todo iba bien hasta que dos novicias, Casta y Perpetua se animaron por jóvenes a lanzarse al ruedo sagrado, desde la parte donde estaba la efigie de San Pedro Regalado, Santo Patrón de los Toreros. Expertas conocedoras de las artes taurinas, recién entradas al Convento estaban, una, Casta, recortaba desde el altar mayor al grito, de “jeeeeee, muaaaaa, muaaaaaa, ven aquí, ven aquí morenaaaaaa, ven aquí morenaaaa”  y la otra Perpetua, se acercaba por detrás a la vaca y le tocaba sus posaderas, mientras la vaca dejaba sus sagradas excedencias,  entre tumbas yacentes  de  familias nobles tudelanas, que allí habían dejado sus huesos y algunos, sus fortunas.

En Capuchinas,  el nivel iba subiendo porque sobraban tocas, escapularios, túnicas, cíngulos, y hábitos en general para la fiesta montada y fue la Madre Superiora que desprendida de tela que la molestará, se subió como una amazona,  en la pequeña ternera que zozobraba ante la jauría ensordecedora de aquellas espirituales monjas,  todas ellas poseídas por la fiebre taurina.

Los dos confesionarios servían de burladeros, y Sor Nirvana y Sor Prendida, una por cada lado, levantaban sayas y andrajos enseñando pierna y vergüenzas a la ternera, mientras la Madre Superiora ya sin enaguas tiraba del rabo del animal, en clara señal de la más encendida pasión de aficionada.

Mientras todo esto pasaba en Capuchinas, el Convento de la Enseñanza no le iba a la zaga, ya que dispuesta la Plaza en los mismos esquemas que sus amigas, aquí incluso tenían preparado el toril en sacristía. Cuando el animal entraba y ya no tenía salida, cerraban la puerta de la sacristía y todas juntas cantaban los aleluyas con un cirio en la mano, al estilo del periódico de los encierros, para que nos entendamos, y al grito de “saca al bicho Sor Marrana, saca el bicho Sor Marrana”, corrían el encierrillo hasta la pila bautismal , daban la vuelta y de seguido subían entre San Juan Evangelista y el  Cristo en el Huerto de los Olivos, donde alguna se refugiaba en el confesionario-burladero y quien aguantaba,  seguía hasta la Capilla de María de la Resurrección.

En el pulpito se había colocado Sor Pura, una de las más mayores en edad y en estatura, con todos los pozales del Convento, llenos de agua, en las tareas le ayudaba la novicia María de los Riegos Divinos, que cuando Sor Pura se quedaba sin agua,  le traía más pozales llenos y se los subía. Cuando la vaca pasaba por debajo, Sor Pura tiraba un pozal de agua, para que  el animal no tuviera calenturas en aquel espacio tan cerrado y de paso si acertaba, dejar limpias las posaderas del animal, ya que cuando tocaban alguna  de las hermanas,  se ponían pringadas aquellas inmaculadas palmas.

A diferencia de Capuchinas que fue la Madre Superiora quien se deprendió de hábitos y túnicas y asalto los lomos de la ternera, tal cual amazona, aquí en la Enseñanza, fue la Sacristana, que en una de las veces que se metió en su territorio la estaba esperando encima de la mesa y se lanzó a cabalgar con la vaca, cuando Sor Marrana, abrió el pestillo.

Tarde gloriosa en las Plazas de Capuchinas y la Enseñanza, bien se lo pasaron las monjas, las novicias y hasta las pobres vacas y fue tal el jolgorio que se armó y los gritos que de los Conventos salían, que hasta los Pastores no se atrevían a entrar,  a llevarse la mercancía.

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