Los langostinos del Oso, el Nazi y el loro

Vigésimo cuarto cuento del confinamiento

Seguramente en nuestras fiestas, como en todas las fiestas de todos los Pueblos del Mundo mundial, hay personas, que sin ellos, como que no habría fiestas. José “Oso” y Alfonso “Nazi”, son de esa clase de buenas personas que viven de una forma particular esos días de alegría y diversión, que para muchos de nosotros son las Fiestas,  y al final nos contagian.

Sería el año 1980, bajé al Tubo, era día 26 y domingo, Santana, la calle San Julián  estaba a rebosar. Olor a “costillicas asadas”, la pintura de los tomates feos, el verde de los cogollos, las sardinas a la brasa, sarmientos en “gabillas” atadas, asadores, mesas y sillas en la calle,  tudelanos y tudelanas todas, daban forma a un paisaje excepcional, extraordinario que solo de verlo ya te empapaba fiesta y alegría. Qué pena que se perdiera aquello.

Había quedado en la Peña Camastrones con un par de amigos y hacia allí me encaminaba por la calle la Higuera, cuando al pasar por el Bar EVA, el Oso me gritó.-Santiiiii, ven aquí-. -Ahora vuelvo Oso-, le conteste. Miré en “Camastrones” y todavía no habían llegado.

Entré al Bar EVA y allí estaba Mariano, el dueño,  dentro de la barra,  hablando con el Nazi y el Oso. Bueno, tengo que decir que en alguna ocasión con el Oso y el Nazi he hecho más risas que en una película de los Hermanos Marx y a veces, aquel día pasó, el “Hotel de los líos” pura ficción comparado con la realidad de una mañana,  con estos dos buenos amigos.

La cara la llevaban de no haber dormido, pero eso era pecata minuta. Los dos llevaban el traje blanco desde el día 24 impoluto, pero del color de después del chupinazo. El Nazi, en la cabeza su gorra de Ikurriña, que desde que la legalizaron no se la ha quitado,  ni en un solo año en fiestas, y el Oso, llevaba cuatrocientos collares y doscientas pulseras y  un loro  en el hombro.

Pero, con respeto al precioso Loro, lo que más destacaba era el par de langostinos que llevaban cada uno encima de sus orejas, a modo bolígrafo de carpintero. Vamos de esos momentos que si no los vives,  a la tarde o a la noche, te lo cuentan, pues bien a mí me tocó vivirlo.

El Oso me dijo: ¿Qué quieres beber Santi? Un zurito José. Bien calla, calla, échale un revuelto. Que no José, que quiero un zurito, que no he almorzao. Toma hazle a la plancha el Loro, Mariano y filetéale los muslos.

Alfonso, el Nazi, me puso la mano en el hombro y soltó: ¿Estás trabajando Santi? Si, si,  Alfonso, cogiendo fruta. Toma, si se te acaba el curro, llama a esta tarjeta, que necesitan gente en la obra. Me dio una estampita de Monseñor Escrivá y Balaguer, La Obra,  El Opus. Ahí andaba,  repartiendo estampitas de La Obra, a todos los parados y no parados,  que veía.

Como ven ustedes, con esta intensidad y sin descanso, seguían y siguieron una tras otra. En estas que hice amago de escapar y enseguida, vámonos Santi, que Mariano no tiene vino, vamos a otro. Cada cinco metros suponía, media hora de paradas, porque si algo tienen el Oso y el Nazi es que los conocen hasta los ratones coloraos.

Por fin llegamos al Bar La Ribera, por entonces regentado por Eugenio, “Vinagre”, cuando ya empezaba a llamarse “Nicaragüita”, por las interminables horas en las que sonaba aquella canción de “Abril en Managua”. El Oso pidió tres botellines de cerveza. El Vinagre tenía un bote grande de pepinillos, lo tendría hasta la mitad aquel dia. El Nazi le dijo, saca todos los pepinillos que te quedan ahí. Para que quieres todos los pepinillos, con tres te vale. Que te he dicho que saques todos los pepinillos, que ya te los pagare, no te preocupes. Pero se puede saber para que los quieres. Ahora lo veras, aldraguero que lo quieres saber todo. En estas que Eugenio, saco un plato, no había acabado de sacar todos los  pepinillos e inmediatamente el Loro se lanzó en vuelo raso a por ellos y  hasta que no acabo con todos, no nos movimos de allí.

A dos metros del Bar La Ribera, estaba el Bar “Tarijas”, que era el nombre de quien servía la barra, un hombre mayor, histórico del Tubo, elegante, inteligente y que tenía más psicología que una quinta de licenciaos recién salidos de la Universidad. Aquel día, El Tarijas estaba con bastante gente y para llegar a la barra, hubo que hacer piruetas, al final nos colocamos en la parte de la barra que daba a la cocina.

Yo fui por delante y El Oso y el Nazi, venían por detrás, cuando me di la vuelta les habían hecho un pasillo y no precisamente para ver al Loro, que también, sino porque los langostinos ya empezaban a cantar y el olor no era precisamente a rosas. El Tarijas, me dijo al oído, ya verás donde acaban los langostinos.

Por fin llegaron a la esquina, después de hablar con medio bar y de repartir estampas de la Obra a todo “quisqui”. El Tarijas les quito los langostinos de las orejas, El Nazi se volvió y le dijo: ¿Pero qué haces pues, deja los langostinos tranquilos? El Oso no dijo nada, yo creo que entre el peso del Loro y los collares, ni se enteró. Tarijas respondió: – Que me vais  atufar todo el Bar, cabritos. Y se metió los cuatro hermosos y olorosos langostinos para la pequeña cocina, que la tenía justo detrás de la barra. El hijo del Tarijas estaba también ayudándole en la barra. Yo pedí una ración de sesos rebozaos, especialidad de la casa, y tres botellines de cerveza.

No llevaríamos ni cinco minutos cuando entro un señor vestido con traje y corbata, que cantaba más que el Oso y el Nazi juntos. Se puso a nuestro lado, Tarijas lo atendió, que desea señor. Un Martini rojo. Para picar, va a tomar algo usted. No de momento no, voy a ver lo que tienes. Tarijas asomo de nuevo en la barra, y le dijo, por favor me puedes cambiar de vaso el Martini. Si hombre sin problemas. El Oso se volvió y le dijo,¿  qué pasa, no entra en la boca, oke? El señor trajeado le miro con cara de pocos amigos. Me miro a mí y me pregunto, ¿hasta cuándo estáis en fiestas? Hasta el día 30 inclusive. He venido de Zaragoza a ver unos clientes y me parece que hoy va a ser imposible, todos los bares a reventar. Si, hoy día complicado, le conteste.

El Nazi se puso a su lado y le pregunto, ¿ estás en el paro?- No,no, no,creo que  no sabe  usted con quien esta hablando, soy Director del Banco Hispano Americano en Zaragoza- El Nazi respondio, mientras le daba un estampita :  – Que no se quien eres, perdona si te he molestao, toma una tarjeta de todas formas , por si te quedas sin trabajo, en la Obra siempre necesitan gente. Aquel hombre, le cambio cara, y mirando al Nazi le dijo,-  Creo que esto no tiene ninguna gracia- . El Nazi, le contesto: – Pues si no tiene gracia, no te rías, que nos es para tanto, que estamos en Fiestas,  y anda devuélveme la tarjeta, que seguro que alguno la necesita más que tu-.

Aquello iba subiendo de tono y Tarijas saco la ración de sesos rebozaos, y les dije, venga vamos a darle a los sesos. El Oso que andaba un poco despistado de la conversación, se arrimó hasta  la barra y dijo: ¿A quién hay que darle en los sesos? Que noooo, venga a callar y a comer, Nazi, date la vuelta, Oso, venga pégale. ¿A quién hay que pegar? Que comas sesos, joee., y déjate de pegar.

De repente, salió Tarijas con un plato y cuatro langostinos a la plancha. Se acercó al señor trajeado, al Directo del Hispano Americano  y le dijo: – Señor, invita la casa, que le aproveche- El Nazi y  el Oso seguían hablando con medio Bar y no se dieron cuenta. El del traje, se bebió el Martini, lo pago, se peló  y se comió los cuatro langostinos y se despidió de Tarijas, le dio las gracias y a mí me dijo adiós. Cuando salió por la puerta, Tarijas se acercó a mi esquina y me dijo: -Ya has visto no Santi, donde han acabado los langostinos- . Yo le conteste: Si, si, ya he visto, en Zaragoza han acabado, en Zaragoza, que listo que eres-.

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