La caja del mostillo y las diosas grecorromanas

Quincuagésimo y último cuento del confinamiento (EL 50)

En el año 1963 los Hermanos Corazonistas abandonaron la enseñanza en el Palacio del Marqués de San Adrián, actual sede oficial de la UNED en Tudela, y lugar de obligada visita en nuestra Ciudad, por muchas y variadas cuestiones. Hasta 1991 que paso a manos del Ayuntamiento, hubo unos años de obras y reformas. En el año 1964, justo un año después de la salida de los religiosos, ocurrieron unos hechos que me dispongo a contarles, no sin antes darles algunas pinceladas previas sobre algunas de las protagonistas de aquellos extraños sucesos.

En el interior del Palacio a día de hoy, se pueden observar subiendo por la escalera primitiva del Palacio, doce mujeres, pintadas en las tres paredes de subida al primer piso, con la técnica de las Pinturas Grisallas, es decir realizadas con una pintura monocromática que  da el efecto o la sensación de ser un relieve escultórico.

Los hermanos Corazonistas en su día habían tapado con una fina capa de cal, cuatro de aquellas pinturas, porque al parecer sus transparencias afectaban a la atención de los alumnos. No será hasta finales del siglo XX hasta que varios técnicos del Museo General de Navarra, tengan que pegarse tres meses de trabajo meticuloso, para poder recuperarlas y bien recuperadas que están.

Las pinturas que estaban tapadas eran, según vas subiendo, las cuatro primeras a la derecha, que representan a las Diosas Grecorromanas que participaron en el “Juicio de Paris”, estas son Discordia, Palas, Juno y Venus. Las otras ocho, las que siempre estuvieron a la vista son las Diosas Guerreras y las Diosas Castas. Las Diosas Guerreras son Camila, Hipsicratea, Tomiris y Zenobia y las Diosas que representan la castidad son Lucrecia, Sulpicia, Tuccia y Virginia.

Según la mitología griega, Peleo nieto de Zeus, y Tetis, hija de Nereo, Dios del mar, un mortal y una diosa, se iban a casar, y a la boda fueron invitados muchos dioses y mortales. Entre las Diosas presentes estaba Discordia, que a pesar de no haber sido invitada, se presentó y con ganas de liarla. Discordia lanzo una manzana de oro al centro del salón, en la que estaba escrito, “para la más bella”. Juno, Palas y Venus se abalanzaron hacia la manzana y se metieron en una pelea interminable, hasta que Zeus intervino y le dijo a su hijo Mercurio que se llevará a las tres Diosas a la Montaña de Ida, en Troya, y se las presentase a Paris. Paris era un bello joven, hijo del Rey Priamo de Troya, que no conocía pasiones humanas y fue el elegido por Zeus para dirimir aquel entuerto.

Las tres diosas intentaron seducir a Paris y le prometieron diferentes dones, a cambio de ser elegidas. Juno se comprometió a hacerle Rey soberano de toda Asía y Europa, Palas le ofreció la prudencia y la victoria en todos los combates, y Venus le ofreció el amor de la mujer más hermosa de Grecia, Helena de Esparta. Paris proclamó vencedora a Venus y este hecho conllevaría el posterior secuestro de Helena y la declaración de Guerra entre Troya y Grecia.

Aquella tarde de agosto de 1964, Tudela era una caldera de las temperaturas que sufría y la noche anterior había fallecido en la calle Magallón, justo tres puertas arriba del Palacio del Marqués de San Adrián, Prudencio Martínez, viudo de 81 años, sin hijos y sin medios económicos para pagar la caja mortuoria. Hasta aquellos años y de costumbre antigua y para estos casos de insuficiencia económica, debajo de la puerta izquierda, junto a la Iglesia del Antiguo Hospital, había una caja mortuoria que se apodaba, la caja del “mostillo” por el olor que desprendía de tanto necesitado que había llevado y los caldos que rezumaba.

Los encargados de llevar la caja, ir a recoger al difunto y luego trasportarlo a la Iglesia que tocase eran cuatro tudelanos, tres solteros y uno viudo, que cobraban, nunca mejor dicho “cuatro pesetas” por estas labores. Estos eran el viudo, Tomás “Gardacho”, y los solteros, Quintín “El sapo”, Luisico “Ojitos” y Mari “El Jabalí”.

El funeral para aquel día estaba previsto, para las ocho de la tarde, en la Iglesia de la Magdalena, joya del románico navarro y contemporánea de la Catedral. El oficiante era el Padre Cayetano y la sacristana que hacia labores de monaguilla en los sepelios, se llamaba Juana “Perrinche”. Los cuatro del apocalipsis tudelano habían quedado por recado del cura a las 4 de la tarde para llevar la caja al domicilio del difunto y allí les esperaría Juana, para después de vestir a Prudencio, echarlo en la caja y bajarlo a la “Magdalena”.

A las 4 de la tarde se presentaron en la puerta del hospital entraron y cogieron la caja y para las cuatro y media ya estaban pegando en casa de Prudencio, y allí estaba la Juana para cambiarlo y prepararlo para que fuera decente al cementerio, donde Gamen, el enterrador, le daría cristiana sepultura.

Gardacho le dijo a Juana, nos bajamos al “Quiosco de la mejana” y enseguida subimos. Juana siguió con sus tareas y los cuatro de la “caja del mostillo” se bajaron detrás de la Magdalena, al Quiosco la Mejana a refrescar el gaznate. Fueron seguidos tres o cuatro porrones de tinto con gaseosa, y Gardacho cuando acabaron le dijo al barman, anda lléname la bota por si tenemos sed.

Serian eso de las cinco y media cuando llegaron a casa de Prudencio, entraron por la puerta y Mari “El Jabalí”, pego un grito: “Viva la Repúblicaaaaa”, Juana les grito: “ya habéis bebido ehhhh, sino este no grita lo de la República, sinvergüenzas, coger al difunto y bajarlo a la Iglesia, pero cuando se os pase la cogorza, borrachos, se lo voy a decir al cura”.

La Juana se fue y bajaron la caja del primer piso por una escalera estrecha, pegando por las paredes porque se movían los cinco, el muerto, y los cuatro de lao a lao. Cuando bajaron a la calle y al pasar por el Palacio del Marqués, Gardacho se fijó que estaba la puerta medio abierta y le dijo a Luisico “Ojitos”: “Ojitos, tira pal Palacio, tira pal Palacio”. El Jabalí volvió a soltar otro grito republicano y Quintín le pego una patada en el trasero: “Calla torcido, que nos van a denunciar”.

Se metieron al Palacio, dejaron la caja a la entrada y cerraron la puerta desde dentro, pero sin echar el pestillo. Cuando entraron se fueron directos al banco y Luisico dijo, “Saca la bota Gardacho, que hasta las ocho que no empieza el funeral, queda tiempo”.

La bota corría y el nivel de elocuencia de las conversaciones superaba lo inimaginable, les daba igual correr delante los toros, que cavar un campo de ocho robadas o llevarse a cuestas dos sacos de patatas desde la mejana a la azucarera. De repente empezaron a ver una especie de niebla que iba llenando el patio del Palacio. “El Mari” se levantó y dijo. “a ver si se está quemando algo por ahí dentro, vete a saber cómo han dejado esto los curas, algún cirio que habrá prendido seguro”.

El tema es que aquella niebla se fue haciendo más intensa y ya impregnaba toda la parte baja del Palacio y en cuestión de segundos como si de una obra escultórica se tratará, aquella niebla se estaba transformando en diferentes formas humanas, más y más precisas, hasta que delante de sus ojos, “envinaos” perdidos, tuvieron delante los cuerpos y las trasparencias de las Diosas del “Juicio de Paris”, que habían salido de su cruel emparedamiento.

Una especie de música de fondo acompaño toda aquella espectacular visión y de repente Discordia saco a bailar a Gardacho, Palas a Luisico, Juno a Quintín y Venus a Mari “El Jabalí”. Gardacho agarró por las posaderas a Discordia, mientras ella marcaba sus labios en los de su pareja, Palas desnudaba sus senos y colocaba la cabeza de Luisico entre ellos, Juno dejaba que las manos de Quintín recorrieran su cuerpo y Venus extendía su brazo y con la punta de los dedos hacia girar y girar al Jabalí en una danza cuasi grecotudelana, mientras El Jabalí, en cada vuelta le pegaba un lengüetazo a la fina extremidad de la bella Diosa.

Mientras esto se cocía en el patio del Palacio, la Juana ya había dado el parte al Padre Cayetano y allí subían los dos desde la Magdalena para salvar a la caja del mostillo y al pobre Prudencio de aquellos desalmados. Llegaron a la casa del difunto y allí no quedaba nadie. “Estos se han ido alguna taberna con la caja, seguro”, decía el cura, y la Juana respondía, “Que no Padre, que no han podido ir muy lejos, que estaban como una cuba, que los conozco”. En esas que salió un chaval de la casa de los Osta y le dijo al cura: “Padre Cayetano, están en el Palacio, que les he visto entrar”.

Adentro de Palacio, como si de una representación, de una bacanal romana, se tratase,  el frenesí, el deseo, las convulsiones, los tocamientos, los besos se desataban y de repente la puerta se abrió y como arte de magia la niebla y las Diosas desaparecieron. El cura y la sacristana vieron la caja a la entrada y fueron directos al patio, y allí se encontraron a los cuatro, Gardacho descamisao, Luisico con los calzones en los tobillos, Quintín tumbao semidesnudo en el banco y El Jabalí, desnudo corriendo por el patio porque aún no sabía enterado que habían entrado el cura y la Juana.

Los cuatro acabaron aquella noche en la corrección de los aguaciles, les pusieron cincuenta pesetas de multa y en el parte sancionador se ilustraba: escándalo público, alucinaciones, delirios y borrachera, en su defensa los cuatro alegan haber tenido contacto carnal con cuatro mujeres vestidas de blanco, desconocen nombres, apellidos, domicilio de las interdichas o lugar de procedencia, preguntados los cuatro por separado, se reiteran en su declaración. Esto ha sido todo amigas y amigos, no lo cuenten en ningún milenio, ni en el tercero, ni en el cuarto, disfrútenlo y sean felices, salud y hasta mañana que con un Epílogo, me despediré de ustedes.

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