El corazón de Isabel de Valois

Vigésimo octavo cuento del confinamiento

Felipe II había quedado viudo de María Manuela, hija del Rey de Portugal, caso por segunda vez con la Reina de Inglaterra María Tudor sin llegar a tener descendencia, y en terceras nupcias casaría con Isabel de Valois, hija de Enrique II de Francia y de Catalina de Medicis.

Isabel de Valois fue puesta en matrimonio concertado y en prenda de Paz, a raíz del Tratado firmado entre Francia y España, llamado de Chateu-Cambresis en el año 1559. La boda se celebró por poderes en Paris, representando al Rey, que se hallaba en Flandes, el Duque de Alba, y quien fue a recibirle hasta los Pirineos fue el Arzobispo de Burgos, D. Francisco de Mendoza. La comitiva llegó el 31 de diciembre a San Juan de Pie-de Port, atravesaron los Pirineos con una gran nevada y el 5 de enero, los franceses entregaron a la nueva Reina de España en Roncesvalles a Francisco de Mendoza. El 7 de enero llegó a Pamplona y allí estaría hasta el 14 de enero, el día que hizo su entrada en Tudela.

A nuestra Ciudad llegaron gentes de muchas leguas a la redonda. Cada vez que un Rey o Reina llegaba a una ciudad o villa se acostumbraba a hacer obras, aderezar caminos y arreglar puentes, entre otras cosas. En Tudela se levantó un arco triunfal adornado con follaje de ciprés, como así lo describe el ilustre Real Académico de la Historia, D. Agustín González de Amezua.

El alcalde de Tudela, Martin de Aibar, Justicia y Regidores llevaban ropas rozagantes de seda y gorras de terciopelo. Las autoridades locales entregaron a Isabel de Valois las llaves de la Ciudad, labradas especialmente para el evento en oro y plata. La entrada en el Puente Mayor, antes de pasar la antigua muralla, por el Arco Triunfal se realizó entre músicas de añafiles y trompetas que tocaban los ministriles, todo ello entre el estruendo de arcabuces, cohetes y voladores.

Se colocó el Palenque, y frente a él, el Cadalso para que la jovencísima Isabel pudiera disfrutar el torneo que festejaron caballeros y gentilhombres de Tudela. Se corrieron toros  y por la noche se realizaron justas y luchas nocturnas libradas con picas, maza y espadas a la luz de las antorchas. Además de estas celebraciones dos eventos fueron extraordinariamente aplaudidos por la Reina, la comedia representada en el Palacio Decanal, lugar donde se hospedaba, por actores enmascarados que vestían como peregrinos de Santiago y danzando al son de unas campanillas y también el combate naval que se celebró en el Rio Ebro, en el que se utilizaron naranjas, en vez de proyectiles. En Tudela se inventó el Paint Boll.

Después de todas las fastuosidades recibidas en la Ciudad, la Reina se retiró a sus aposentos, sola con sus dos doncellas francesas y con su Camarera Mayor, Condesa de Ureña, hija segunda del Duque de Alburquerque. Cuando la Condesa salió de la habitación, Isabel rompió a llorar.

Las dos doncellas francesas se arrodillaron ante ella y junto a su regazo lloraron con ella al mismo tiempo que intentaban consolarla. Isabel fue respirando poco a poco y entre pequeños sollozos fue articulando palabras, muy despacio y compungida.

Es muy difícil poderos decir lo que siente mi corazón, pero mi alma cruje de dolor y de angustia por haber dejado en Paris al amor de mi vida. He muerto en vida y no sé si voy a ser capaz de resucitar de esta muerte que me inunda. Ahora me cambiaría por vosotras para poder ser libre de  amar a quien yo quisiera. No he tenido la oportunidad de elegir por nacer mujer y princesa a la vez. Desde que nací estuve condenada a no ser feliz y el día que me enamore de Pierre, Conde de Chantilly, comenzó al mismo tiempo, mi muerte.

Pierre encontrará en la Corte de Paris a un nuevo amor y sé olvidará de mí, aunque estoy segura que su amor era sincero y tierno, y que ahora el dolor le estará comiendo. Pero yo aquí moriré de pena y angustia con un Rey que no quiero, no deseo y que rechazo su cuerpo. Mi juventud morirá, mi corazón con ella, solo os tendré a vosotras queridas mías.

Majestad -dijo una de las doncellas- Dicen que el Rey Felipe es una buena persona. Callad – respondió Isabel- no veis que en el amor no hay buenas ni malas personas. De qué sirve casarme con un Santo si la felicidad no tiene nada que ver con Dios, ni con el Espíritu Santo. No me hagáis blasfemar. El amor es algo que te llena, te inunda de vida, a veces es efímero, y otras veces eterno. A veces se rompe y otras se reconstruye. Pero vivir en amor con quien quieres, y si el sentimiento es mutuo, reciproco y la pasión, la ternura y la sonrisa son compartidas, junto a una lágrima caída, incluso en un sueño roto u otro encontrado,  con tu amado en el amanecer al lado, eso es la vida y no otra cosa, queridas.

No os atormentéis majestad- dijo la otra doncella- buscad el amor de otra forma. No, mis queridas amigas, no, y mil veces no, este tipo de amor no se busca, llega, se encuentra y si pasa por delante de vuestros ojos y se os desliza por los dedos y lo dejáis pasar, es porque no veis más allá de vuestras narices. El amor ha llegado a mi corazón, ahora solo puedo llorar mi desgracia y soy consciente que el tiempo no curará  está herida que me quema el alma, desgarra mis entrañas y aturde y obtura mi cabeza, mis pensamientos, y a mi toda. No me digáis que olvide, porque no puedo, porque no vivo en su ausencia y todavía,  más le quiero.Sin sus manos, sin sus besos y sus abrazos, sin él no existo, ya no soy Isabel, soy la Reina de España, pero aquí en Tudela, muere la mujer, desaparece mi vida y empieza la tristura.

De repente en la puerta de la alcoba real sonaron dos pequeños golpes. Una de las doncellas abrió la puerta, era el jefe de la Guardia Real, que comunicaba a la Reina que el Alcalde de Tudela tenía que darle en persona un mensaje privado a la Reina. La Reina accedió, sorprendida.

El Alcalde de Tudela, D. Martin de Aibar, entró en los aposentos, se arrodillo ante la Reina y empezó hablar: Majestad, en primer lugar pediros disculpas por la tardanza de las horas en la que vengo a rogaros audiencia, pero espero que mis noticias sean de vuestro total agrado, ya que por el contenido de las mismas, y mi conocimiento sobre vuestros asuntos privados, creo que serán bien recibidas por vuestra excelentísima majestad.

Id al grano Alcalde- respondió la Reina. Majestad, como os repito, al ser asuntos delicados os rogaría que la servidumbre se retirará para daros con todo detalle las nuevas que aquí os traigo- dijo el alcalde, enseñando un pergamino a la Reina.

No tengo secretos con mis doncellas podéis hablar con tranquilidad, dijo Isabel. Majestad os repito que son muy delicados y que si esta conversación traspasa estas paredes mi cabeza acabara separada de mi corazón y mis piernas.- No temáis Alcalde, los que vos  aquí me digáis, aquí se quedará, os doy mi palabra- respondió la Reina.

Martin de Aibar inicio su retahíla: – Hace una semana llego un correo de Paris, con un mensaje de un Navarro que está en la Corte de Paris y que es posible que vos conozcáis, se trata  de Juan de Azpilicueta que tuvo que exiliar a Francia a raíz de la Conquista de Navarra por Castilla. Como muy bien vos sabéis, su amigo, vuestro Padre, Enrique II, de ascendencia navarra, y yo fuimos compañeros de armas intentando organizar un ejército para recuperar el reino en el territorio del Bearne, y esta amistad ha venido bien, para compensaros lo que habéis dejado en Francia. – Hablad claro Alcalde -, interrumpió la Reina.

Majestad, el mensajero llegado hace una semana, vino con una carta sellada y una cantidad de dinero donado por vuestro Padre, en la que se me pide que de cobijo, nombre e hidalguía al joven Pierre, Conde de Chantilly, que os lo comunique a vos y que os entregue esta nota manuscrita del Conde de Chantilly. El Alcalde Martin de Aibar entrego la nota a la Reina. En aquella nota Pierre de Chantilly decía: “Amada Isabel, no todo está perdido. Gracias a la buena amistad que me une a los Azpilicuetas y a la amistad de estos con vuestro Padre, nuestra majestad Enrique II, me permite ir al Reino de Navarra, adquirir una nueva identidad que allí se me dará y en menos de lo que esperáis me reuniré con vos, dicen en Paris, que Felipe II todavía no ha elegido que ciudad será la capital del Reino de España, hablan de Barcelona, Madrid o incluso Valladolid. No temáis, en cualquiera de ellas me veréis y me tendréis cerca, se despide de vos Majestad, vuestro amado y fiel servidor, Pierre de Chantilly”.

Isabel, se llevó las manos a la cara, llena  de alegría, abrazo a sus doncellas y en cuestión de segundos ante la mirada de Martin de Aibar tuvo que guardar el Protocolo y responder de forma serena y contenida al Alcalde: “ Os agradezco menormente Martin de Aibar, vuestra ayuda y  vuestra discreción, no tengo palabras para agradecer lo que estáis haciendo, y siendo como es un asunto de Estado, de lo que estamos tratando, me gustaría saber cómo se llamara a partir del momento en que llegue a la Ciudad vuestro apadrinado Pierre de Chantilly”.

Majestad, el nombre y los títulos elegidos ya están manuscritos en el registro y en el Archivo de la Ciudad, y los mimos serán, Pedro de Canraso y Perropelao, Marques de la Mejana y Duque de Valpertuna y Condestable del Soto de Los Tetones.

Me gusta – dijo la Reina- Así sea. C`est la vie.

Listado