Los amantes de Mosquera

Vigésimo quinto cuento del confinamiento

Josemari había salido a pasear aquella tarde por las orillas del Ebro, por el Prado. Cuando estaba a la mitad, se le acercó un chico más joven que él, tendría 24 años, de nombre Mario. Hola. Hola. Te veo muchos días por aquí paseando. Josemari estaba un poco sorprendido. Si suelo salir cada dos o tres tardes a pasear. A mí también me gusta esta tranquilidad. En aquella tarde nació una amistad y un amor que duraría muchos años. Josemari no hablaba mucho tenía 30 años y hacia un año que había salido de la cárcel. En el año 1953 existía una Ley de vagos y  maleantes que se aplicaba a aquellas personas consideradas homosexuales o incluso bisexuales. El “afeminamiento” o la “pluma” era suficiente para ser detenido o pasar una noche en comisaria, si por medio existía denuncia, y sin juicio previo en muchos casos, se acababa en la cárcel.

Josemari había tenido la mala suerte de enamorarse en Madrid del hijo de un alto cargo de Falange en el Ministerio de la Gobernación, que entonces era como Interior en la actualidad. Estudiaba en un Colegio Mayor y empezó a tener relaciones con el hijo del falangista y esto conllevo una denuncia. Fue llevado de Madrid a Cádiz en tren y allí lo embarcaron para la Isla canaria de Fuerteventura, donde había una cárcel especial para “vagos y maleantes” en un lugar llamado “Tefia”.

 Tefia no era una cárcel normal. Era un campo de trabajo donde explícitamente se decía que en “régimen de internamiento y duro régimen de trabajo, imprescindible para reprimir a parásitos y sujetos indeseables que dañan la convivencia humana”. En los informes médicos de la prisión,  se podía leer: “Nos encontramos ante un amanerado con movimientos y gestos feminoides así como su manera de hablar, psiquismo deformado por su propia perversión, su dilatación esfinteriana y casi desaparición de pliegues nos permite formular el diagnostico de pederasta pasivo”. El Director de Tefia era un ex Carmelita que instauro un régimen de terror mucho peor que un campo de concentración. El trabajo de Josemari fue llevar agua de un pozo, no había agua corriente, picar piedra en una cantera de piedra de cal y levantar muros, todo ello bajo el sol canario y la estricta vigilancia de los funcionarios. El tudelano vio allí palizas atroces a los presos, humillaciones e insultos constantes.

Una de las veces, Josemari recibió un telegrama en la cárcel en la que avisaban de que su mujer había tenido un niño. Josemari rectifico al funcionario. No es mi mujer, es mi hermana. Lo hincharon a palos por contestar al funcionario.

Josemari estuvo un año en el infierno canario, nunca más volvió a Canarias. Consiguió salir al año porque su padre,  era íntimo amigo de un tudelano que había sido sargento de la Legión y moviendo hilos de un lado para otro consiguieron sacarlo de allí.

Josemari siempre guardaba un informe secreto de la Falange, que llegó a sus manos, por medio de su primer amor madrileño,   que solía enseñar en la intimidad a sus amigos y que decía así: “Cualquier afeminado o desviado será muerto como un perro. Todos los homosexuales y lesbianas significan la degeneración de la “raza”.Todos son unos enfermos mentales. Es recomendable la esterilización eugenésica para todas las presas republicanas y para todos los homosexuales. Todos ellos tienen los síntomas propios de los psicópatas con malas intenciones, hábitos viciosos, amoralidad, tendencias cleptómanas, agresividad,  vagabundeo,  y tendencia a acciones con fines perversos”.

La primera manifestación del Orgullo Gay muerto Franco se celebró en Barcelona en 1977.La homosexualidad dejó de ser delito en el Estado Español en el año 1979, cuatro años después de muerto Franco, y un año después de aprobada la Constitución de 1978.

Mario y Josemari fueron pareja en la clandestinidad hasta prácticamente la muerte de Franco en el año 1975. A pesar de intentar guardar las formas y no poder expresar en público el amor que les única, todo el mundo en la sociedad tudelana era conocedor del año en prisión de Josemari y los motivos por los que fue llevado  a Canarias.

Mario lo llevaba peor, no podía soportar no poder ir de la mano junto a su amor, no llevaba bien el tener que encontrase a escondidas para poder besarse o mantener relaciones. Algunos de los íntimos de su cuadrilla a veces colaboraban en labores de infraestructura,  para que pudieran estar juntos, sin ser molestados. Pero eso no era la felicidad plena de una relación.

Otras veces solían viajar, Donostia- San Sebastián era uno de sus destinos favoritos,  y a pesar de tener que tomar dos habitaciones diferentes, siempre buscaban el momento para estar juntos, pero controlando horarios y que nadie pudiera descubrir “oficialmente” su amor.

En el año 1974, ocurrió algo muy desagradable, por ponerle un calificativo, Josemari y Mario tenían un amigo que era conocedor de su relación y les había dado llave de la caseta que tenía en su propiedad en Mosquera, término  agrícola de Tudela. Josemari y Mario, solían ir de vez en cuando, especialmente en verano, los sábados cuando anochecía, a la caseta.

Un grupo de tudelanos adictos al Régimen franquista, jóvenes y no tan jóvenes dirigidos por un tudelano que había estado en la División Azul de Franco en el frente nazi contra Rusia, se apostaron por los alrededores de la caseta con escopetas de caza. Fueron en coches después de que uno de ellos los hubiera seguido y hubiera avisado que estaban dentro.

Josemari y Mario yacían plácidamente después de haber hecho el amor, abrazados en aquel nido de amor que tenían como Plan B cuando lo necesitaban y podían. La noche estaba un poco fresca y decidieron hacer un poco de fuego para darle un calentón a la caseta. Los dos estaban desnudos y Josemari se puso una colcha y con ella salió para meter algunas “cepas” y caldear la caseta.

En el momento que Josemari se disponía a entrar con las cepas, las escopetas empezaron a disparar cartuchos. Josemari se metió dentro y cayó al suelo. Mario empezó a gritar.  Cerraron la puerta con una barra de hierro. Los cristales de la ventana saltaban al interior, se refugiaron detrás de un sofá y así estuvieron durante los cinco minutos que duraron los escopetazos.

Se abrazaron,  esperaron una hora dentro, se vistieron y fueron a casa del amigo a decirle lo que había ocurrido. El amigo puso la denuncia en comisaría, pero nunca se encontró a los culpables. La mañana del domingo, apareció una pintada debajo de la casa de los padres de Mario. La pintada ponía: “Aquí vive, uno de los amantes de Mosquera. Arriba España.”

La pintada fue borrada por el padre de Mario y su hermano la misma tarde del domingo.

En el año 1981, Mario y Josemari se pusieron a vivir juntos. Tres años más tarde, el 23 de diciembre de 1984, Josemari falleció, en el cementerio Mario, llevaba un sombrero negro en las manos, cuando la caja entro al nicho y  los operarios municipales cerraron  el tabique,  Mario se volvió a todos los allí presentes, se colocó el sombrero negro y dijo las siguientes palabras: “Hemos podido vivir juntos tres años de nuestra vida, han sido los tres mejores años de mi vida y también de Josemari, os lo puedo asegurar. Y no lo digo esto por el sexo que hayamos tenido o dejado de tener en estos tres años, que también lo ha habido, a nuestros años verdad, quien lo diría. Lo digo porque para Josemari y para mi hace 30 años era impensable que hubiéramos podido convivir juntos en una misma casa. Hasta hace 10 años nos tiraban con escopetas, yo soy uno de los amantes de Mosquera, como bien sabéis. Sobre todo lo digo, porque quiero que entendáis que entre Josemari y yo, existía algo que no lo para nadie, y ese algo se llama amor. Nadie tiene en su mano capacidad para frenar el amor, ni dioses, ni ejércitos, ni leyes, ni reyes, ni señores, ni súbditos, ni esclavos. El amor tiene la fuerza de la vida y cuando llega solo lo pueden romper los amantes, y en este caso, los amantes de Mosquera no lo rompieron, no lo han roto y tanto Josemari como yo, nos lo llevamos  hasta la tumba, nuestro amor es eterno”.

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