Corella

La República en Corella fue recibida con una gran concentración de vecinos, según se recoge en el Libro de Actas del Ayuntamiento, más de 2000 personas, colocando la bandera tricolor en el balcón consistorial, a las 22,30 horas del 14 de abril de 1931. Corella tenía en aquel año una población de 5700 habitantes, veintiún mil robadas de viña y bastante regadío y cereal.

La derecha había ganado las Elecciones Municipales, y ostentaba ocho concejales frente a los seis de la Agrupación Republicana Socialista. La izquierda denunció las presiones de la derecha a aparceros, renteros, medieros y colonos y consiguieron el nombramiento de una Gestora Municipal Provisional que preparó las nuevas elecciones. El 31 de mayo la Agrupación Republicana Socialista consiguió mayoría absoluta con once concejales frente a cuatro de la Derecha y Melitón Catalán fue nombrado alcalde.

Se consiguieron renuncias de tierras y se repartieron 750 robadas entre los vecinos necesitados. Se redujo la jornada laboral de la vendimia, que afectaba a prácticamente todos los jornaleros corellanos, con una reducción de tres horas. Se planteó la construcción de Casas Baratas, las obras del Río Abatores para ampliación de regadío y  escuelas con su comedor.

Empezaron las primeras tensiones entre republicanos e izquierdas y las derechas y la cuestión religiosa produjo también muchas desavenencias entre vecinos. Después del llamado bienio negro, la izquierda vuelve a retomar su andadura municipal y en abril de 1936 se consiguen 3000 robadas en las corralizas “Berro” y “Jordana” convertidas en una Colectividad Agraria. Para aquella fecha, o más concretamente, desde febrero en Corella, ya había un arsenal de 200 pistolas del 9, y por las noches, a turnos, los carlistas  recibían instrucción militar en los locales de Juventud Católica a las órdenes de José Antonio Abadía.

El 18 de julio fue la última sesión celebrada por el Ayuntamiento Republicano. Aquel día las izquierdas aguardan en sus puestos, en torno al Centro Obrero y el local de Alianza Republicana. Por el otro lado en Juventud Católica y Mutual Católica Obrera se ultiman los detalles de la sublevación. En la mañana del 19 de julio numerosos requetés acompañados de un teniente y varios números de la Guardia Civil de Tudela ocupan el Ayuntamiento con la resistencia de los funcionarios municipales y se toman por las armas los centros obreros y las tabernas de los de izquierdas, regentadas por Enrique Giménez “Mechas” y Antonio Escribano “Tolo”. Aquella mañana, el cura de San Miguel, Don Lucio, será visto repartiendo armas y monos de color azul a los insurrectos. Unos 40 vecinos son detenidos y obligados a tumbarse en medio de la Plaza.

Cuatro jóvenes que se resistieron en la casa del Alcalde, hieren a un requeté y la respuesta no se hace esperar, dos quedarán heridos, Gregorio López y Jesús Andiano, y los otros dos, Ignacio López y Fermín Lázaro, son acribillados en la misma camilla de la Cruz Roja. El Ayuntamiento tras su ocupación nombra a José Antonio Abadía, como nuevo alcalde golpista y se comunica que han sido encarcelados la mayoría de los funcionarios armados de Corella y se destituye al resto, en total cinco alguaciles, ocho guardas de campo y siete empleados.

En J.A. Abadía, médico y nuevo alcalde recayó la responsabilidad del “mantenimiento del orden”, “el imperio de la Ley” y la “paz de los espíritus” como el mismo definió en su toma de posesión, con el resultado de cerca de un centenar de corellanos asesinados. Enrique Mateos, Cirilo Arellano, Eduardo Lasantas, José Virto, Cecilio Arellano y otros constituían la autoridad municipal y como figura en el Libro – Documento “Navarra de la esperanza al terror, 1936”, los fascistas: Ignacio Sanz “Canco”, Ramón Latasa, los “combis”, José Guinea “Cabecilla”, José González y otros, los que impusieron su orden en la calle.

La cárcel de Corella estaba desbordada, los detenidos eran hacinados en un cuarto de la Casa del Marques de Bajamar, sin agua, retrete y sin camas.  En la cárcel de Tudela quedó constancia del ingreso de 87 corellanos entre el 19 de julio y el 10 de octubre. Los asesinos realizaron continuas sacas de las cárceles. La noche del 25 de julio de 1936, conocidos fascistas, llegaron, por la calleja trasera, hasta la reja de la celda donde se encontraba preso el concejal y juez de paz, Ricardo Campos, le rociaron con gasolina y le dieron fuego. Diario de Navarra informó que se había suicidado dando fuego al pajar del suelo.

Al día siguiente fueron fusilados el exalcalde Antonio Moreno, los empleados municipales Víctor Muñoz, Enrique Giménez, Manuel Marcilla, padre de cinco hijos, Juan Arellano, Benito Sanz, Emilio Sanz y Emiliano Martínez. Fueron asesinados por varios guardias civiles y voluntarios de Corella en las Bardenas y llevados en un camión al cementerio  de Tudela.

El día 2 de agosto detuvieron a ocho hombres, la mayoría de ellos habían estado presos en Tudela. Fueron fusilados en el Carrascal. Eran Nicolás Sanz y Pedro Giménez, tesorero y secretario de Juventudes Socialistas, José Sesma “Rosetas”, Pío Fraguas, Cesáreo Martínez “Chaparro”, Simón Segura “Iñigo”, Marcos Ruiz, Eusebio Navarro y Victoriano López que consta muerto en Carrascal con posterioridad.

Al día siguiente llevan otro grupo de seis hombres hasta Alfaro para asesinarles, antes de matarlos, los torturaron bestialmente, clavándoles entre otras cosas agujas, según testigo presencial. Entre los asesinados estaban Francisco Igea “Calahorrilla”, Juan Sanz, Pedro Ruiz, y Diego Blázquez. Julio Ayala “Chano” quedó con vida tras el fusilamiento y pudo ver a “Calahorrila”, sentado vivo, pero herido de muerte.

El “Chano” se había escapado los primeros días al monte. Allí estuvo escondido hasta que volvió a casa y unos vecinos lo denunciaron y lo detuvieron. Cuando lo fusilaron el primer disparo lo dejó inconsciente y luego un cirbonero le dio el tiro el gracia, entrándole por la sien y saliendo por el ojo. El “Chano” se quedó quieto y cuando se fueron, se levantó y se fue hasta la casa del Guarda, donde le hicieron la primera cura.  Cuando echaron su cadáver en falta, empezaron a buscarle y una noche se pasó a casa su madre, donde estuvo tres años escondido. Después de la Guerra se encontró un día con el de Cintruénigo, él que le había disparado el tiro de gracia, en un bar. El matón se paralizó. Se fue a la Guardia Civil y lo denunció, diciendo que recibía anónimos y que se los mandaba el “Chano”. La Guardia Civil lo detuvo e interrogó sin conseguir nada en claro, el “Chano” no sabía escribir.

Seis días después, el 8 de agosto, se realiza nueva saca en la cárcel de Tudela, y los matones de Corella se llevaron a Ballariaín a Bernardino Sanz “Corujada”, Nicolás Martínez, Félix Juan Giménez y con ellos morirá Jacinto Yanguas, alcalde de Fitero. El 11 de agosto, asesinaron a Gregorio Gómez y el 12, a Dionisio Ríos, preso en Tudela.

El día 15 de agosto, coincidiendo con la mayoría de los Pueblos Riberos celebrando la festividad de la Virgen, en Corella tuvo lugar la mayor matanza llevada a cabo hasta entonces. 27 corellanos fueron sacados de la cárcel junto con tres de Fitero, conducidos al cementerio de Milagro y fusilados junto a sus paredes. A uno de los fusilados le cortaron las manos cuando se agarraba a lo que podía para no salir. El cura Bernardo Catalán despedía a los condenados con esta frase: “Estad tranquilos porque hoy estaréis cenando con Dios”. Los fueron matando entre escarnios, risas y golpes y vejados sin piedad. Félix Liroz, Pedro León “Espadador”y Anselmo Monreal “Carabina”, dejaban cinco hijos cada uno. Garijo, un joven de 15 años, lo echaron al camión por no confesar donde estaba su padre. Hace años cuando los familiares fueron a buscar los restos al cementerio de Milagro les dijeron que “alguien”  había ordenado llevar los restos a Madrid, al Valle de los Caídos. Algún familiar contestó que allí no debían estar, no eran ni mártires,  ni caídos en ninguna guerra.

A los corellanos republicanos y de izquierdas les obligaron también a alistarse al frente, y bastantes corellanos fueron asesinados en circunstancias extrañas, entre ellos Victoriano Alfaro, Gregorio López, Santiago Delgado, Juan Sesma, y es creencia general que fueron 98 los corellanos asesinados.

La represión a las mujeres corellanas fue muy dura. Una joven corellana que no quiso delatar a su padre escondido fue golpeada y violada repetidamente. A Ángeles Mora, Asunción y María Garijo, Mariana Sanz, Dionisia Ruiz, Isabel Calvo,  Marcelina Sanz y otras, les cortaron el pelo y alguna de ellas tuvo que recorrer las calles a golpes de zurriaga, una especie de látigo.

Se registraron casas y muchos se escondieron en los túneles de las bodegas. La Bandera que los Corellanos llevaron a Castejón con motivo de la Gamazada fue buscada con ahínco y sin éxito. Los maestros Marino García y María Dolores Piquer fueron suspendidos de empleo y sueldo y Matías José Sainz y Salustiano Vidal sancionados por simpatías políticas. En cualquier momento la lista de fusilados en Corella pudo haber aumentado, el terror gobernaba.

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