Fustiñana y Monteagudo

La construcción del Canal, terminado en 1938, y la roturación de Bardenas hicieron posible que este pueblo bardenero ampliara las hectáreas cultivables. A pesar de ello, fueron muchas las familias que vivían en precarias condiciones, ya fuera por la poca cantidad de tierra que podían cultivar o por depender de un jornal, cuando había trabajo. Según una estadística de UGT en 1932, en Fustiñana había 300 personas en paro.

La Reforma Agraria era esperada por el movimiento campesino local. El Comunal se convertirá una vez más en el patrimonio a reivindicar, y para ello se pide que Agustín Litago devuelva las siete corralizas vendidas en el siglo pasado, como propiedad del pueblo. Se pide una mejor distribución del comunal, en principio a través de instancias y escritos al Ayuntamiento y reuniones con los propietarios. Los resultados negativos producirán la invasión de corralizas por los jornaleros. Estas tensiones entre jornaleros y propietarios tendrán consecuencias al llegar el 18 de julio.

Aquel domingo 18 de julio, grupos armados se hacen dueños de las calles y comienzan numerosos registros de casas. Ante la creencia de que vienen a matar, los de izquierdas se van a los campos a esconderse. Son requisadas las escopetas de caza y declarados prófugos todos los que no se presenten. Son asaltados y quemado el mobiliario del Bar Royalty, propiedad de Anastasio Vitas, detenido más tarde, y la taberna de Marcelina Litago. A Marcelina le cortaron el pelo, lo mismo que Angelina Redrado. Por estas fechas son destituidos los guardas de campo Francisco Cacho, Gabriel Vallejo y Casimiro Vallejo, hermano del anterior y fusilado en agosto.

El día de San Justo y Pastor, patrones del pueblo, son detenidos Marino Vicente y algunos más. Son conducidos a la cárcel situada en la Plaza del Pueblo. Emeterio Floristan, alcalde golpista, firmará las primeras sentencias de muerte de todos los que estaban en la cárcel. Se dio el hecho de que estando de viaje Floristan hacia Pamplona, detendrán a dos parientes, a los que también condenó a la muerte por su firma. En la madrugada del día 12, cerca del cruce de los Abetos, en Valtierra, fueron asesinados Francisco Íñiguez, casado y con cuatro hijas y un hijo, Claudio Redrado, con diez hijos, Casimiro Eugenio Vallejo, guarda, los hermanos Antonio y Emeterio Marino Vicente, Carmelo Vicente, de 18 años, casado con Justa hermano de José Floristan. Junto a estos ocho hombres, mataron a dos mujeres de la vecina Cabanillas, y a un hombre todavía no identificado, los enterraron en Valtierra, en el cementerio de los injustos.

El practicante Luis Polon y Rufino Ibáñez, pastor de reses bravas, fueron asesinados en el pueblo. A Rufino lo mataron en el mismo monte donde estaba cuidando el ganado. Los tres hermanos García consiguieron escapar, José moriría en el Frente de Madrid y Juan y Mariano se exiliaron acabada la Guerra. Santos Harz, Jesús del Río y Manuel Íñiguez estuvieron en prisión después de acabada la sublevación fascista. Macario Mateo y Estanislao Vitas, obligados a alistarse en el bando nacional, fueron fusilados. A Estanislao, que era músico y estaba en una banda requeté, tres del pueblo fueron a buscarlo y lo mataron. También fueron asesinados: Pedro Lasala, Fernando Lázaro, Cipriano Lostado, José Mateo, Pedro Parejo, José Puig, Félix Vela y es posible que hubiese algunos más…

Monteagudo

En 1930 la Villa de Monteagudo, muga con Aragón, seguía siendo una sociedad feudal. Los herederos de Ángel Magallón, Grande de España, Señor de San Adrián y Monteagudo, poseían 3.430 robadas de regadío eventual, de las 4.900 de esta clase existentes en la Villa. Esta injusta realidad marcaba las relaciones económicas, políticas y sociales de Monteagudo. En 1919 los jornaleros protagonizaron una huelga por los bajos niveles salariales que soportaban en comparación con los pueblos cercanos. El miedo a perder casas y pequeñas fincas, propiedad del Marquesado, y la dependencia que suponía la contratación de jornaleros, selectiva y discriminatoria, frenó las reivindicaciones campesinas.

La República significaba esperanza, mucho más que en otros lugares. Las Elecciones son ganadas por los afines a la Casa de San Adrián y el nuevo alcalde, Eustaquio Azagra, toma posesión del cargo ante el comandante de puesto de la Guardia Civil de Ablitas, Vicente Revilla. Las elecciones tuvieron que repetirse y de nuevo ganará la derecha y las sesiones de los plenos se convocaban a horas que los vecinos estaban trabajando.

La UGT consiguió dos concejales y con la Casa del Pueblo fue el motor de la dinámica social especialmente reivindicativa respecto a las tierras de los señoríos y la Ley de Laboreo forzoso en las fincas de la Casa de San Adrián. En noviembre de 1932, los jornaleros realizan una huelga de 24 horas. Si el censo campesino era de 200 familias, más de 60 vivían exclusivamente de los jornales y su situación se agravó ante el trato discriminatorio de los propietarios y la Casa de San Adrián contra los jornaleros de izquierdas.

La Bolsa de trabajo estaba instaurada, pero no fue tenida en cuenta. Se solicitaron trabajos sociales como obras en el río, traída de aguas, arriendo de tierras e incluso el reparto de raciones a las familias más necesitadas. Tras el triunfo del Frente Popular, son cesados varios concejales derechistas, y posteriormente los republicanos abandonarán a la izquierda y la derecha volvió a ganar a las elecciones.

El 15 de marzo de 1936, una multitudinaria manifestación recorrió las calles del pueblo en apoyo a las reivindicaciones campesinas, elevándolas al Gobierno del Frente Popular. Las banderas del Ayuntamiento, los maestros y maestras de Monteagudo, y la nueva banda municipal, afines a la izquierda, participaron en la movilización. La República estaba en marcha y todos esperaban que la Reforma Agraria trajera justicia al desigual reparto de la tierra. El 9 de julio de 1936, el Ayuntamiento acordó acudir a una reunión en Tudela donde se iba a tratar sobre las grandes propiedades de los Grandes de España en los pueblos riberos.

El 21 de julio, llegó un grupo de Guardias Civiles de Tudela y ocuparon el pueblo y nombraron como nuevo alcalde a Manuel Jarauta de Goicoechea. Por mandato de la Guardia Civil se nombra a Eustaquio Azagra Jefe de las Milicias Locales. Muchos vecinos se han ocultado o escapado. Se destituye a las maestras Mª Concepción Adrián Arévalo, Mª Suceso Cano Aguinaga y a Leonor Gómez de Quintana. Eustaquio Azagra dimite como Jefe de la milicia local y se forma una Junta de Guerra compuesta por Fermín Sola “Sacapieles”, Mariano Ochoa y Tomás Azagra, elegida por la Junta Carlista de Tudela.

Según volvían de sus escondites los vecinos, iban siendo detenidos y varios son encerrados en las escuelas. El día 19 de agosto, son asesinados en Corella Tomás Clavijo Soria, de 62 años, padre de cuatro hijos, Emilio Jarauta, el concejal Francisco Muñoz, Pablo Planillo, Bonifacio Martínez y Santiago Ullate. El 28 de agosto, otros seis detenidos seguirán los mismos pasos y serán asesinados: Tomás Clavijo Ullate, Cecilio Muñoz, Eugenio Muñoz, Ramiro Planillo, padre de cuatro hijos, Demetrio, hermano del anterior y Julio Tomás. Se destituye al alguacil y al guarda, a Feliciano Fernández, encargado de las aguas de Novallas. Juan Arbiol, Jesús Jarauta y otros fueron multados y desterrados del pueblo, José Sangalo sufrió cárcel y algunos, como Miguel Ayensa, escaparon ocultándose en Pamplona.

La Junta de Guerra se quedó toda la cosecha que habían recogido las izquierdas. Se les obligó a ir al Tercio de Sanjurgo, entre ellos, Plácido Cornago, Victoriano Baigorri, Mariano Estella, Santos Sangalo y Epifanio Martinez. Ángel Clavijo se pasó al bando republicano en la Sierra de Alcubierre y los jóvenes Mariano Clavijo, Cecilio Martinez, y Juan Baigorri “desaparecieron” en las matanzas de Zaragoza, con el fusilamiento de cientos de hombres “sospechosos” de querer pasarse al bando republicano.

En noviembre, mataron a Aquiles Morales, entre Ablitas y Fontellas, y a Francisco Muñoz, posiblemente en Pamplona. El secretario del Ayuntamiento, Cecilio Cornago, que estaba preso en el Fuerte San Cristóbal, fue sacado una noche y fue asesinado en paradero desconocido; Luis Martinez, recaudador de arbitrios, corrió idéntica suerte. La Iglesia, en la figura de su párroco, Santos Asensio, no atendió las súplicas de las familias represaliadas, y fue transigente y colaborador con la represión.

Testimonio de J. Jarauta, recogido en el libro-documento “Navarra, de la esperanza al terror, 1936”: “Los curas daban buenas palabras pero estaban a favor del crimen. No se oponían a nada. Don Santos Asensio, era de Tarazona y entonces párroco de Monteagudo y para mí un doble criminal. A la mujer de Jesús Jarauta, la Concepción Muñoz le detuvieron a su hermano; era el 27 de agosto cuando su hermano le avisó para que le llevasen calzado nuevo. Entre el calzado viejo puso una nota diciendo “esta noche nos matan”. Su madre era vecina del párroco y pasó a verlo cuando estaba cenando con la Guardia Civil y de rodillas le dijo: “Don Santos, ¿pero qué van a hacer?”. El párroco le contestó: “Tranquila Ángeles, ve a casa y cena tranquila que no pasará nada”. Aquella misma noche se los llevaron para matarlos al día siguiente en Corella. Peor papel no podían hacer”.

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