Este año, al acabar el mes de agosto nos gustaría dejar constancia de lo ocurrido un 30 de agosto de 1866 y que es una clara muestra de la capacidad de sobreponerse y de resistir que tienen las comunidades vascas en el mundo.

Nos referimos a un acontecimiento que vivió la Hermandad de Nuestra Señora de Aranzazu de Lima, de la que hemos hablado en numerosas ocasiones en este blog. El año es 1865, porque es en el que la Hermandad sufre un golpe que parecía ser «mortal» y que le llevaba indefectiblemente a su desaparición.

Es el año en el que el Gobierno de Perú emite un decreto por el que expropia y desamortiza todos los bienes de la Hermandad. Los que ya han leído algunos de los artículos que le hemos dedicado a la más antigua entidad vasca en America, fundada en 1612, recordarán que este Hermandad nació para atender las necesidades materiales y espirituales de los vascos que vivían o visitaban Lima. Una actividad que se fue ampliando hasta convertirse en una amplia red de atención social con un extraordinario alcance y que se había convertido un una referencia básica en la atención social de la época.

Aquél decreto eliminó, desde el punto de vista jurídico, la Hermandad que desde su fundación había tenido una vida autónoma en relación a las autoridades civiles y eclesiásticas. La única alternativa que parecía quedar era la de convertirse en una cofradía, dedicada en exclusiva a asuntos religiosos, y bajo el control de las autoridades eclesiásticas. Es decir significaba, además de perder las propiedades, recursos, y funciones de la Hermandad, perder el espíritu con la que fue creada en 1612 por los «miembros de la nación vascongada» en Lima. Significaba perder los objetivos fundacionales de la Hermandad, los medios para llevaros a cabo, y la independencia para tomar las decisiones necesarias. Unas decisiones que, por otra parte, siempre se tomaban, y se toman, por unanimidad de todos los miembros.

Unos meses más tarde, el 30 de agosto del año de 1866, veinticuatro familias que formaban parte de la Hermandad se reunieron y decidieron mantener viva, aunque fuese con una estructura no reconocida de forma «oficial», esta comunidad de vascos. Decidieron seguir adelante y mantener el espíritu de comunidad igualitaria y de compromiso que aquellos vascos habían mantenido durante más de 250 años.

Convirtieron el Club Nacional de Lima, donde ya se reunían desde la fundación de éste en 1855,  en su sede y desde allí, lo mismo que desde todos los lugares a los que la vida y los negocios les han llevado, mantuvieron viva la Hermandad y continuaron con sus actividades sociales y culturales, que han continuado hasta la actualidad.

Desde entonces, cada año se reúnen en 30 de agosto para recordar aquella decisión histórica y para recordar y honrar a los que formaron parte de esta comunidad de vascos antes que ellos, durante más de cuatro siglos.

Aquella decisión, y el compromiso de las diferentes generaciones de cumplirla, ha permitido que este institución vasca siga viva y que hoy pueda impulsar la creación de una nueva Euzko Etxea que posiblemente será la primera que tenga presencia en sedes a lo largo de toda América, siguiendo las vidas y los destinos de los miembros de aquellas veinticuatro familias que un 30 de agosto de hace 134 años no se dejaron vencer por un decreto que parecía condenarles a su desaparición.


Recipiente para los Santos Óleos. Hermandad de Nuestra Señora de Aranzatzu de Lima Siglo XVII. Una de las pocas propiedades que no fueron expropiadas
Recipiente para los Santos Óleos. Hermandad de Nuestra Señora de Aranzatzu de Lima Siglo XVII. Una de las pocas propiedades que no fueron expropiadas

 


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