Esta semana, el 6 de agosto, se cumplen 76 años de la destrucción de la ciudad japonesa de Hiroshima con el lanzamiento de una bomba atómica, la primera bomba atómica que se usaba en un conflicto. Aquel día murieron de forma instantánea unos 80.000 habitantes (casi un 30% de su población) y decenas de miles más murieron en los meses/años posteriores por causa de los efectos de la radioactividad o las quemaduras.

Aquel día, en aquella ciudad, bajo aquella lluvia de fuego y muerte, había un joven jesuita vasco que luego tendría un papel clave en la historia de la Iglesia: Pedro Arrupe y Gondra, el padre Arrupe. En medio del caos, Pedro Arrupe organizó en el noviciado de la orden un hospital de sangre para atender a los heridos ayudado por sus novicios y recorrió las calles recogiendo supervivientes. el Padre Arrupe escribió un libro sobre esta experiencia: “Yo viví la bomba atómica”.

Después de esa terrible experiencia el padre Arrupe fue superior de los Jesuitas en aquel país (1954) y unos años después, en 1965, fue elegido prepósito general de la Compañía de Jesús. Con su elección se inclinó la Compañía hacia corrientes modernistas. De hecho, sus detractores llegaron a decir de él que «un vasco (San Ignacio de Loyola) había fundado los Jesuitas y otro los iba a destruir».

De él dijo Radio Vaticano que «fue un líder de la adaptación de la vida religiosa después del Concilio Vaticano II, un puente cultural entre Oriente y Occidente, avant-garde un diálogo con el mundo y las ideologías, y sobre todo una persona apasionada de Jesús de Nazaret. El Padre Arrupe murió convencido de que la fe no puede entenderse sin un compromiso con la liberación de los pobres y marginados de este mundo». Una decisión y una actitud que tuvo consecuencias, el asesinato de varios jesuitas en Iberoamérica, entre ellos un vasco, Ignacio Ellacuria del que ya hablamos en este blog.

Hiroshima tras la bomba atómica
Hiroshima tras la bomba atómica

Resulta hasta ciento simbólico que fuera otro vasco, el geólogo Marc de Urreiztieta, explicara un misterio que se creo con ese bombardeo. Tras el lanzamiento de la bomba buena parte de la ciudad «desapareció», se «volatilizo». Algo que no pasa en los bombardeos normales donde los restos de la ciudad destruida quedan diseminados en forma de escombros Como pasó en Gernika.

Nadie sabía que había pasado con esos restos hasta que este geólogo descubrió que en las playas de la península de Motoujina halló una alta concentración de las extrañas partículas que se formaron con la explosión de la bomba y que acabaron acumuladas allí. Los investigadores estiman que por cada km cuadrado de playa, y hasta una profundidad de 10 cm, hay entre 2.200 y 3.100 toneladas de esas partículas.

El geólogo vasco que ha descubierto dónde están los restos de Hiroshima