Este fin de semana la serie publicada por el diario Deia bajo el nombre de Historias Vascas ha publicado un articulo del historiador Óscar Álvarez-Gila (un viejo conocido de los lectores de este blog). En él se nos descubre una «historia de vascos» que, una vez más nos demuestra la capacidad de este país de tener a su gente en todos los rincones del mundo.

Se trata de la historia de unos ferrones vascos, de «Biscaia e Navarra», que, en pleno siglo XVIII, fueron contratados por el Reino de Portugal a Luanda, la actual capital de la República de Angola y entonces colonia portuguesa, para construir una ferrería.  Una historia que tiene tintes de tragedia por causa de las fiebres propias de la zona y de la época. Pero sobre todo por la pasión de aquellos ferrones vascos por comer y beber en abundancia, aun en contra de las recomendaciones medicas.

La importancia de esta ferrería se puede comprobar al ver como está representada en los azulejos de la Fortaleza de São Miguel de Luanda que recogen escenas de acontecimientos y motivos que  relativos a la historia, la fauna y la flora de Angola entre los siglos XVI y XIX.

Representación en los azulejos de la Fortaleza de São Miguel de Luanda de la «fabrica de fundição de ferro de Nova Oeiras» en los márgenes del rio Luinha
Representación en los azulejos de la Fortaleza de São Miguel de Luanda de la «fabrica de fundição de ferro de Nova Oeiras» en los márgenes del rio Luinha

Resulta interesante las relaciones entre portugueses y vascos Unas relaciones intensas que hemos encontrado a lo largo de los años en varias de las historias que hemos contado. Tenemos la historia de José de Anchieta, el «apóstol de Brasil»; el propio San Francisco Javier; o, en una historia similar a la de los ferrones, esta vez con balleneros vascos contratados por Portugal para instalar una industria de caza de ballenas, de la que eran los mejores del mundo, en Brasil.

Hablando con el autor sobre la preciosa historia que recoge en su artículo, éste nos ha recordado algo importante: que los límites de la diáspora vasca va mucho más allá, en el tiempo y en las geografías, que la imagen que es la habitual en el imaginario colectivo vasco.

«Cuando hablamos de la diáspora vasca, nos imaginamos sobre todo a esas euskal etxeak repartidas por América, de norte a sur, donde se concentraron históricamente las grandes corrientes migratorias vascas. También nos puede venir a la mente la imagen de la nueva diáspora vasca, esa movilidad que lleva actualmente a muchos vascos a estudiar y trabajar a otros países de Europa, o a sitios tan remotos como China o Japón. Habrá incluso quien recuerde otras emigraciones históricas más reducidas en número, aunque no menos importantes, como las que se dirigieron a Filipinas o a Australia.

Pero en realidad, hubo presencia vasca en casi todas las partes del mundo, y todavía hay muchos aspectos de esa historia de la diáspora vasca que están esperando que se los rescate del olvido.

En este artículo, por ejemplo, se nos presenta uno de esos casos olvidados: unos vascos que en el siglo XVIII marcharon, ni más ni menos, que al corazón del Africa colonial portuguesa. A Angola, donde pusieron en marcha una ferrería “al estilo vasco”.»

La historia de la diáspora es una parte fundamental de la historia de nuestra nación. Y historias como ésta, y otras muchas que están por contar, o por conocer, nos demuestran que esa historia, la nuestra, es mucho mas amplía y rica de lo que tan siquiera nos podríamos imaginar. Hay que dar las gracias a los que nos la descubren y con ello construyen y completan la Historia de los vascos.

Deia – 22/5/2021- Euskadi

La Real Fábrica de Ferro de Nova Oeiras (1768) Una ferrería vasca en el corazón de Angola

A fama del hierro vasco, y por lo tanto de sus ferrones, se extendió como bien es sabido durante varios siglos a lo largo y ancho de Europa. Ya el propio Shakespeare se refería en dos de sus obras a las espadas denominadas Bilbo, que tomarían ese nombre por ser hechas de acero de gran calidad que se exportaba desde el puerto de Bilbao. La siderurgia vasca llevó incluso su producto al otro lado del Atlántico, al conseguir beneficiarse de un monopolio para la venta de hierro vasco en los territorios americanos de la corona de Castilla, monopolio del que gozó durante los tres siglos de dominio colonial.

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