En nuestras búsquedas sobre artículos relacionados con los vascos nos hemos encontrado, en la publicación colombiana  EJE 21, con una columna de «opinión», firmada por Víctor Zuluaga Gómez, que habla sobre la lucha por el reconocimiento de su hidalguía por parte de un vasco, al que intenta ridiculizar.

La historia, por lo que dice el autor, se refiere a una familia cuyo origen está en el «pueblo de Garragamurdi en país Vasco» (sic). Nos imaginamos que se quiere referir a la población vasca de Zugarramurdi parte en aquellos tiempos del Reino de Navarra. Famosa por el proceso por brujería a los que fueron sometidos sus habitantes por la Inquisición a principios del siglo XVII.

El protagonista de la historia es Sebastián Sancena, hijo del Escribano Real que tuvo Cartago en el siglo XVIII, Don Thomás Sancena. Al morir el padre, el hijo demanda el titulo de hidalgo, y como se lo deniegan, pleitea por él.

No sabemos si esa petición estaba fundada o no. Algo de peso tendría ya que al final la consiguió. Aunque de eso trataremos más adelante. Lo que nos ha llamado la atención es el uso de términos y descripciones que hace el autor.

En primer lugar, la utilización del término «ciudadanos» para describir a los habitantes de las colonias o de la metrópoli. En esos tiempos no había ciudadanos. Ese es un concepto del siglo XIX que describe a personas con derechos y garantías. Entonces, en los reinos bajo el control del rey que se llamaba “de las Españas”, había súbditos, sin más derechos que los que el poder se dignase a darles.

La mejor forma para tener «derechos» en el Antiguo régimen era ser noble, o ser religioso (y estos, sólo a veces y en función de su puesto). Lo que hacen los vascos, en la medida que pueden, es pleitear por conseguir el reconocimiento de la Hidalguía Universal. Es decir por el derecho de ser hidalgos por nacimiento. Algo que también hacen habitantes de otros puntos del norte de la península, como los asturianos. Lo consiguen los vascos en el Señorío de Bizkaia, en Gipuzkoa, en parte de Alava, en los valles del norte de Navarra, y en partes de Lapurdi y de Xiberua.

Pero ¿Qué sentido práctico tenía ser hidalgo? Pues mucho. Sería garantizar, en todas las posesiones del Rey, a los vascos poseedores del mismo, de los derechos que por ejemplo el fuero de Bizkaia (la Constitución de Bizkaia) otorgaba a sus habitantes. Qué, es este caso, si les colocaban cerca de ser «ciudadanos». Con todas la deficiencias y debilidades que se pudieran dar en un sistema como el que les tocó vivir.

Además viene el lio que el autor se organiza a la hora de describir por qué los vascos tenían ese derecho. Resumiendo, viene a decir que un rey les «dio» el titulo de hidalguía, porque eran pobres y no podían pagar impuestos.

Tendría el autor que repasar los debates jurídicos, los recursos y demandas puestas durante muchos años para conseguir ese reconocimiento. Pensar que el rey era tan magnánimo como para dar un título de nobleza a los «más pobres» de sus súbditos es realmente hilarante.

Luego viene otro «chiste», el del significado del término «hidalgo». La descripción que hace es desconcertante:

«Eran pobladores españoles que no tenían ningún cruce con negro o indio y muchos era muy pobres, de manera que no tenían recursos para pagar los impuestos al Rey que se denominaban “pechajes”. Entonces el Rey les condecía el permiso para no pagar impuestos por se “hijosdalgo”, es decir, hijos de algo».

Esperemos que en otros temas se ilustre más. Porque, por ejemplo, en Las Partidas del rey Alfonso X el Sabio,  se describe así: «Hidalguía es nobleza que le viene a los hombres por linaje …»«por eso les llamamos hijosdalgo que quiere decir tanto como hijos de bien …». Así, la hidalguía es la nobleza de sangre, la que se tiene por ser hijo, nieto, bisnieto, descendiente en fin de quienes fueron hidalgos desde tiempo inmemorial.

¿Entiende ahora el Sr. Zuluaga Gómez por qué el hijo demandaba el titulo de hidalguía que ostentó su padre? En los valles navarros, por circunscribirnos a este caso concreto, sus habitantes mantenían esa nobleza de sangre desde tiempo inmemorial. No sabemos si, en su sentido literal, ellos se lo creían o no. Pero lo que sí tenían muy claro, es que dicho reconocimiento les daban garantías y derechos que de otra manera no podían tener.

Esta especial situación explica cómo los vascos, tan pocos en población, tuvieron una tan alta representación en puestos de alto nivel en la administración de las monarquías hispanas. Tanto en la Península como en América o Filipinas.

Además, claro está, de la capacidad, y virtud, de los vascos de organizarse y de crear redes de apoyo mutuo tanto en la Península como en las posesiones reales de América y Asía.

Si tiene interés sobre el tema, le recomendamos que analice el proceso de constitución y evolución de las hermandades y cofradías que bajo la advocación de Nuestra Señora de Aránzazu, fundan los «miembros de la nación vascongada» a lo largo del mundo.

Para finalizar, el autor cuenta cómo «el carácter de Don Sebastián queda retratado cuando en el año 1792 demandó al ciudadano José Alvarez en Cartago porque lo abordó: “diciéndome que yo era igual a él”». Claro que le demandó, es lo lógico, porque si el súbdito (que no ciudadano) José Álvarez decía eso, es que no le reconocía los derechos que le correspondían.

Ni la hidalguía de los vascos fue un mito, ni Don Sebastián fue el «ultimo hidalgo». Y sí, la hidalguía de los vascos, fue «presente», y muy presente, a lo largo de siglos. Tan presente, que su influencia y sus consecuencias se prolongan hasta el este presente (el nuestro).

EJE 21  – 1/5/2020 -Colombia

El mito del último hidalgo

Hace ya algunos años, María Mercedes Molina, quien fuera mi alumna en la Universidad Tecnológica y luego de haber hecho un doctorado en Méjico, incorporada como profesora de la Universidad de Caldas, fue la compiladora de unos textos de personajes destacados entre los cuales se encuentra Guillermo Páramo Rocha. Dicha obra la publicó la Universidad de Caldas con el título de “Grandes temas de nuestro tiempo, en  1991. La definición que hace en el texto Guillermo Páramo de “mito”, me llamó la atención y la considero muy acertada. Dice Páramo: “Los mitos son historias de un pasado que nunca fue presente”.

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