No nos cansamos de decirlo. El New York Times nos quiere. ahora nos sorprende, una vez más, con uno de sus artículos sobre los vascos. Pero esta vez lo dedica a  los vascos de la diáspora, a los vascos de fuera. En concreto, lo dedica a los vascos de Boise y a su historia desde que empezaran a llegar, a finales del siglo XIX, a esta parte de los USA como pastores de ovejas.

Sin duda, el título lo dice todo: Herding Sheep in Basque Country (Idaho). Nos habla de la importante colonia vasca o de su influencia en la sociedad de Boise. Pero, sobre todo, nos habla de cómo han conservado sus raíces y sus señas de identidad a través del tiempo. En el reportaje nos habla de la gastronomía, de la cultura y de las fiestas tradicionales que celebran los vascos de Boise. Nos habla del Museo Vasco, o de las calles en las que aparecen grabados los apellidos de las familias vascas que han dado carácter y personalidad propia a esta parte de los USA.

On the Basque Block downtown, sidewalks are chiseled with Basque surnames. (Fotografía: Leah Nash for The New York Times)

Se habla también en este artículo de paisajes, y de cómo visitar esa parte agreste pero extraordinamente hermosa de Norteamérica. Pero, sobre todo, se habla de cómo los descendientes del pueblo que Voltaire definió como un pueblo que canta y baila a ambos lados de los Pirineos, siguen cantando y bailando en el oeste de los USA. Y al igual que en su tierra de origen, a la vez que cantan y bailan, crean una sociedad fuerte, cívica y cohesionada.

Ya saben ustedes… cosas de vascos.

(No se pierdan la selección de fotos que acompañan al artículo. Son magníficas)

The New York Times – 24/8/2012 – USA

Herding Sheep in Basque Country (Idaho)

Henry Etcheverry, a Basque sheep rancher, learned the business from his father, who emigrated from the Basque Country in 1929 (Fotografía: Leah Nash for The New York Times)

SHEEP, you may be surprised to learn, are not as dumb as they look. Some people might even describe them as shrewdly calculating, remarkably crafty animals with fierce independent streaks. Given the slightest opening, for example, they will quit a herd, striking out in small, enterprising bands for the high-desert plains — ungulate fugitives in a promised land of sagebrush and cactus — sometimes never to be seen again. They’re good animals if you take care of them,” said Henry Etcheverry, as we bounced along a dusty two-track in the Minidoka desert near Rupert, Idaho, 160 miles southeast of Boise, tracking an errant herd. “But take my word for it: they’ll clean your clock if you don’t.”

(Sigue)
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