Son varias las ocasiones en las que hemos contado como cada mes de febrero, en el día previo a la celebración de la Festividad de Santa Águeda, a lo largo de todo El País de los Vascos grupos de personas de todas las edades salen a cantar las coplas dedicadas a la santa. Esto pasa también en muchos de los lugares del mundo donde los vascos han emigrado. Porque, como ya hemos dicho en muchas ocasiones, pensamos que El País de los Vascos está donde hay vascos.

Lo tradicional es que desde la mañana, con coros formados fundamentalmente por niñas y niños, hasta la tarde-noche, con coros de todas las edades, se recorran las calles cantando los versos dedicados a esta santa siciliana. Vestidos con trajes tradicionales y golpeado el suelo con unos bastones para llevar el ritmo de la canción.

Resulta curioso que los vascos conmemoren la festividad de una joven de Catania que fue martirizada en el siglo tercero. Puede, es muy probable, que lo que se haya hecho en realidad, una vez más, es “cristianizar” celebraciones pre-cristianas.

Los expertos en la materia creen que se trata de la “actualización” de una tradición muy anterior a la llegada de la religión católica y que lo que se buscaba con las canciones y los golpes sobre la tierra, era despertarla tras el invierno, para que la primavera y el renacer de la vida llegara pronto. Algo muy parecido a lo que se hace en los carnavales de Ituren y Zubieta con el sonido de los Joaldunak o Zanpantzar agitando sus cencerros (joareak o joaleak) que llevan atados a sus cinturas.

Joaldunak de Ituren. ©Jean Michel Etchecolonea
Joaldunak de Ituren. ©Jean Michel Etchecolonea

Sea cual sea la razón que se esconde tras ella, esta celebración tiene un gran arraigo entre los vascos. Nosotros de niños éramos fieles asistentes a la festividad de esta santa que se celebraba en la ermita de Santa Águeda en las faldas del monte Arroletza en Barakaldo. De aquellas romerías recordamos cómo los “mayores” comentaban que esta era una de las pocas ocasiones en las que el euskera podía salir a las calles durante la dictadura de Franco. Lo que convirtió esta celebración en un acto de reafirmación de la sociedad vasca.

Este año, como consecuencia del COVID, nuestras calles y escuelas no oirán las coplas dedicadas a la santa, ni el ritmo de los bastones despertando a la tierra de su sueño invernal. Pero no por eso vamos a dejar de recordar esta tradición, ni impedirá que nos imaginemos que subimos a la ermita de la santa en las faldas del Arroletza. Las echaremos de menos, pero nada, ni el COVID ni ninguna otra cosa, va a impedir que reivindiquemos nuestras tradiciones y que, aunque sea con vídeos o con la imaginación, golpeemos con nuestros bastones la tierra de nuestra patria para que ésta despierte.

Nosotros lo hacemos reproduciendo un vídeo que grabamos en 2016.