Muchas veces hemos hablado en este blog del papel de los vascos durante la etapa colonial de Hispanoamérica. En los más de tres siglos que separan la llegada de Cristóbal Colón a las costas de aquel continente del momento en que las jóvenes repúblicas americanas conquistan su independencia en el primer tercio del siglo XIX, la pequeña colonia vasca en aquellas tierras fue preponderante. Lo mismo que lo fue en el procesos de independencia, o en la evolución posterior de esas jóvenes naciones.

Los vascos que llegaron a aquellas tierras provenían de un país pobre. el País de los Vascos, no ofrecía muchas oportunidades a sus hijos, que durante generaciones encontraron en el Nuevo continente, una tierra de oportunidades y, en muchas ocasiones (sobre todo a partir del primer tercio del siglo XIX), de refugio.

Durante el periodo que se extiende entre los inicios del siglo XVI y finales del siglo XVIII, los vascos que llegan a las colonias americanas lo hacen amparados en una doble ventaja. Por un lado, poseen en muchos casos la defensa fundamental que da tener un título de nobleza, el de hidalgos. El concepto de «hidalguía universal» que se extiende por buena parte del territorio vasco peninsular (Alava, Bizkaia, Gipuzkoa y Navarra), fue un logro que ofreció frutos muy superiores a los que se imaginaron los impulsores de la consecución de este estatus. En alguna ocasión hemos hablado de las ventajas, de los derechos, que esta situación ofrecía, y que podría resumirse de una forma bocetada en la garantía de «derechos civiles».

Esos nobles vascos, esos hidalgos, que llegaron a América, disfrutaban de esos derechos, y además, a diferencia de la mayoría de la nobleza de los Reinos de las Españas, estaban acostumbrados al trabajo manual. Eran nobles a la vez que campesinos, o marinos, o comerciantes, o ganaderos. En definitiva, eran nobles que trabajaban y comerciaban, y que estaban acostumbrados a hacerlo.

Sólo así se puede explicar cómo una población proporcionalmente tan pequeña alcanza una preponderancia como la que tuvo la colonia vasca, y que le hace alcanzar unas cotas de poder político, prestigio y posición, muy superiores a las que por número o proporción les debería corresponder.

Los vascos en América fueron los primeros vascos que tuvieron conciencia de que formaban parte de una realidad común y diferenciada. sólo eso explica la formación de toda una pléyade en América de hermandades y cofradías en la que estos vascos se agrupaban. Todas ellas bajo la advocación de Nuestra Señora de Aranzazu. Podemos decir que es en América, y en aquellos tiempos, donde nace una conciencia nacional vasca.

Basílica-Convento de San Francisco de Lima (Fotografía:Bruno Locatelli)
Basílica-Convento de San Francisco de Lima Sede de la Hermandad de Nuestra Señora de Aranzazu de Lima (Fotografía:Bruno Locatelli)

Hermandades y cofradías, creadas para acoger a los miembros de la «nación vascongada», sirven de punto de encuentro donde se tejen alianzas y frentes comunes. Además estas agrupaciones formaron una red a lo largo de toda la América colonial que servía de apoyo a todos sus miembros.

Nosotros en el blog hemos dedicado artículos a la cofradía que se organizó en Potosi, cuyos miembros tuvieron ocasión de experimentar la importancia de esa alianza de nacionales en la Guerra Vasco -Vicuña. También hemos hablado de la cofradía que se organiza por parte de los vascos que viven en México y que da lugar a una institución de tanta importancia y prestigio como es el «Colegio de las Vizcaínas».

Pero sobre todo hemos escrito sobre la Hermandad de Nuestra señora de Aranzazu de Lima, una agrupación de miembros de la «nación vascongada» que se funda en 1612 y que sigue viva hoy en día. Una agrupación que toma la estructura de hermandad con lo que, a diferencia de las cofradías, queda libre del control de las autoridades civiles o eclesiásticas.

Es Lima uno de los mejores ejemplos de esta proyección y alcance de la comunidad vasca a la que nos referimos. Tanto a nivel comercial como administrativo. La lista de vascos que alcanzar una elevada posición social es significativa, más aun teniendo en cuenta la escasa presencia vasca.

Para tener una idea de esa extraordinaria historia, tenemos la oportunidad de contar con los textos de dos de los más grandes historiadores peruanos, especializados en la época colonial: Guillermo Lohmann Villena y Teodoro Hampe Martinez, ofrecieron a la Hermandad de Nuestra Señora de Aranzazu de Lima para la conmemoración del cuarto centenario de su constitución.

El artículo de Lohmann, nos ofrece una visión general, y a un tiempo bastante pormenorizada, de la presencia, como decimos muy notable, de los vascos dentro de los diferentes ramos de la actividad comercial, marítima y minera en el Virreinato de Perú. En el encontramos descrita con «la actividad del elemento vasco en el Perú, operando como un núcleo homogé­neo». En este trabajo no sólo se analiza el éxito económico de estos personajes, sino que se dibujan sus profundas relaciones de cooperación, su compromiso con la comunidad local, y el intenso vínculo que mantenían con tierra de origen.

En este último aspecto, tenemos que reconocer que nos ha impresionado la referencia que nos hace sobre Martín de Zelayeta y Aldecoa, originario de Zorroza, que en el siglo XVIII  instituyó una obra pía que sigue activa hoy gracias al patronato benéfico creado con un ingente fondo inicial.

Todos estos vascos en el Perú se organizaron y colaboraron dentro de la Hermandad de Nuestra Señora de Aranzazu, a través de la cual también realizaban una important labor de caracter social.

El artículo de Hampe, trata de un caso concreto: el del navarro Martín de Osambela y su descendencia. El protagonista de este estudio, originario de Huici, donde nació a mediados del siglo XVIII. Emigrado a Perú, fue capaz de amasar una extraordinaria fortuna, estimada en medio millón de pesos. Este navarro, estuvo unido al resto de los miembros de la «nación vascongada» en Lima a través de su pertenencia a la Hermandad de Nuestra Señora de Aranzazu.

Instalación del Congreso Constituyente en la capilla de la Universidad de San Marcos el 20 de septiembre de 1822, por el pintor Francisco González Gamarra.
Instalación del Congreso Constituyente en la capilla de la Universidad de San Marcos el 20 de septiembre de 1822, por el pintor Francisco González Gamarra.

Como decíamos al inicio, estos vascos, que tuvieron que emigrar del solar patrio, fueron protagonistas de la historia de estas colonias americanas, pero también del proceso de independencia de las Repúblicas americanas, y de su desarrollo posterior. Eso fue así también en el caso de Perú, que celebrará e 2021 los 200 años de su independencia. Un proceso que se inicia en 1821 y que acaba con la batalla de Ayacucho en 1824 y en el que la comunidad vasca tuvo un papel destacado.

Recordar a estos vascos, como representación reconocible de todos los compatriotas de la «nación vascongada» que participaron en ese proceso que se inicia en el siglo XVI y que culmina con el nacimiento de la República de Perú, es un objetivo básico de este artículo, y de la difusión de estos trabajos por parte de la Hermandad de Nuestra Señora de Aranzazu de Lima y de Limako Arantzazu Euzko Etxea-Lima Basque Center. Como un anticipo de los eventos que se realizarán a lo largo de 2021 para conmemorar los 200 años de vida de esta república en cuyo nacimiento estuvieron involucrados los dos grandes Libertadores americanos: San Martín y Bolivar.

Sólo nos queda esperar que algún día podamos incluir en este artículo un libro que impulsó el empresario vasco Juan Celaya. Un vasco colosal cuya memoria debería permanecer siempre viva en nuestra sociedad. Este vasco hizo que fuera posible que otro historiador de Perú, José Antonio del Busto Duthurburu, pusiera en marcha un proyecto de investigación y recopilación clave: El diccionario de apellidos vascos en el Perú. Un proyecto que se truncó con el fallecimiento primero de Celaya y posteriormente de del Busto, y que esperamos que algún día pueda ver la luz y firmado por su autor.

Los comerciartes vascos en el Virreinato peruano – Lohmann

 

Teodoro Hampe Martinez-Martin-de-Osambela