Oscar Álvarez-Gila

Óscar Álvarez Gila es doctor en Historia en la Universidad del País Vasco, en la que actualmente ejerce como profesor de Historia de América. Durante el curso 2008-2009, fue Visiting Fellow en el Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Oxford. Dos más años más tarde, fue W. Douglass Distinguished Visiting Scholar en la Universidad de Nevada-Reno. En 2013-2014, asimismo, fue Elena Díaz-Verson Amos Eminent Scholar en Estudios Latino Americanos, en la Columbus State University (Estados Unidos). Durante el curso 2016-2017, por último, ha realizado una estancia de investigación en la Universidad de Estocolmo como Magnus Mörner Memorial Professor. Su campo de investigación se centra, sobre todo, en el estudio de las migraciones internacionales durante los siglos XIX y XX, con especial atención al caso de la emigración desde el País Vasco a Francia, Argentina, Uruguay, Brasil y Cuba. Esta línea de trabajo le ha permitido estudiar asimismo los vínculos entre religión y emigración, la institucionalización de las comunidades de emigrantes, así como la cultura y la construcción de identidades en las comunidades en diáspora. También ha trabajado en proyectos y colaboradores de investigación interdisciplinar, sobre temas vinculados con las migraciones y el cambio climático, o más recientemente, en temas de vinculación entre genética e historia. Fue el  responsable de organizar los actos académicos del 400 Aniversario de la fundación de la Hermandad de Nuestra Señora de Aranzazu de Lima

Este capítulo de nuestra serie sobre el bicentenario de las independencias americanas lo vamos a dedicar a uno de los tres grandes líderes en el proceso de la transformación de las colonias del Reino de España en las Repúblicas americanas.

Lo normal es que sean tres los nombres que resuenan en la mente de la gente cuando se habla de los líderes de la lucha por la independencia: Agustín de Iturbide en México y el General San Martín y Simón Bolívar en Sudamérica.

Como todos los personajes históricos de sus características son poliédricos, complejos y  sus vidas y obras tienen zonas de luces y de sombras. No es fácil escapar del determinismo histórico y no pensar que sus acciones marcaron de forma definitiva el devenir de Iberoamérica. Y que lo que se vive en gran parte del continente americano es en lo fundamental responsabilidad de un legado histórico que ha dado lugar a los problemas actuales.

Las naciones son como las personas. Es cierto que su “herencia genética” marca su vida. Pero como las personas, las naciones tienen capacidad para superar las trabas, y taras, que recibieron en herencia. Y eso, en buena medida, está en mano de sus élites, políticas, sociales, y culturales, y en su compromiso por tener una gestión de lo público, y de la economía, mejor que la que tuvieron sus antecesores. Una gestión que debería estar enfocada a crear sociedades mejores, más cohesionadas, más libres, más justas y más prósperas. Y no tanto a engordar sus cuentas corrientes y las de sus «amigos».

Pero volvamos al protagonista de hoy. Viendo los apellidos, es claro que de los tres, dos tienen una clara conexión con el País Vasco. Agustín de Iturbide, al que ya le dedicamos una entrada de nuestro blog, y Simón Bolívar que incluso tiene un museo en la población bizkaina de Ziortza-Bolibar. Un museo que merece la pena visitar.

Museo Simón Bolivar (Ziortza, Bizkaia, Euskadi)
Museo Simón Bolivar (Ziortza, Bizkaia, Euskadi)

Y de este último es de quien vamos a vamos  en entra entrega de nuestra serie. En concreto vamos a recuperar un artículo del historiador Óscar Álvarez Gila (al que ya hemos recurrido en más ocasiones). En concreto al artículo que sobre Simón Bolívar se incluyó en el libro «Simón Bolívar, entre el mito y la historia», publicado en 2008 por  Simón Bolívar Museoa, con motivo del 25 aniversario de la creación del museo.

Sin duda se trata, como decíamos antes, de un personaje poliédrico lleno de luces y sombras, y muy lejano a la idea mítica del Libertador “perfecto”. Una figura histórica que se encuentra en estos momentos en el centro de un debate más político que histórico, debido a intento de apropiación de su figura, y de su legado, por parte de un movimiento político concreto. Algo parecido a lo que pasó con otra figura importante de América, el general Sandino.

En este artículo del doctor Álvarez Gila que compartimos, se analizan aspectos claves de su biografía con una atención especial a su relación con el País Vasco.


 

SIMÓN BOLÍVAR: ENTRE EL MITO Y LA HISTORIA

Óscar Álvarez Gila. Euskal Herriko Unibertsitatea
Publicado en el libro «Simón Bolívar, entre el mito y la historia»
Simón Bolívar Museoa (2008).

La forja de un mito

A punto de cumplirse los dos siglos del estallido emancipador que separó del dominio español casi todo el continente americano, dando lugar al nacimiento de una pléyade de naciones independientes, ¿es posible decir algo nuevo u original sobre uno de sus máximos protagonistas, el Libertador Simón Bolívar? Parece una cuestión sencilla en la forma, pero en el fondo se nos presenta como compleja y llena de dificultades. Nos encontramos ante un personaje que hace ya mucho tiempo sobrepasó el carácter de personalidad histórica, para adentrarse en la categoría del mito. Reconocido directamente como “padre de la patria” en no menos de diez países latinoamericanos -uno de los cuales llegó incluso a adoptar su propio nombre-, Simón Bolívar emerge en la historia como un personaje lleno, a la vez, de numerosas luces y sombras.

¿Qué sabemos de Simón Bolívar? Si nos atuviéramos solamente al volumen de páginas que, ya desde la segunda década del siglo XIX, se han dedicado a glosar los más diversos aspectos de su vida y obra, habríamos de concluir que lo sabemos todo sobre él. Bolívar goza del privilegio de estar incluido en el ranking de los diez personajes históricos sobre los que más publicaciones se han editado a lo largo de la historia. Así, por poner sólo un ejemplo, sólo es superado en número de referencias bibliográficas en la reconocida Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos por Jesucristo, el profeta Mahoma y -lógicamente teniendo en cuenta el país en el que se encuentra dicha biblioteca- el presidente Washington. Ciertamente, no podemos otorgar una precisión estadística a esta clasificación, pero es indudable que constituye un ejemplo muy gráfico de la atención que Simón Bolívar ha suscitado entre los estudiosos y divulgadores de la historia.

Hay, además, otro hecho que contribuyó desde fecha muy temprana a elevar a la persona de Bolívar al altar de la mitificación histórica: su temprana muerte. No vivió sino cuarenta y siete años, una edad que hoy en día puede parecer excesivamente joven; y que aunque no lo era tanto en el momento en el que le tocó vivir, sin embargo sirvió para retirarle de la vida pública al poco tiempo de haber conseguido sus principales logros políticos, e incluso de haber cosechado sus grandes fracasos. Cuando el 7 de diciembre de 1830 fallecía en la hacienda de San Pedro Alejandrino, próxima a Santa Marta, en la actual Colombia, acababa de comprender con amargura el alejamiento definitivo de uno de sus sueños, el de la unidad continental latinoamericana.

Simón Bolívar era natural de Caracas, ciudad en la que nació el 24 de julio de 1783. Apenas siete años antes, los Estados Unidos habían proclamado su separación de la corona británica, iniciando la senda de las independencias en América. Vino al mundo en una familia de larga y profunda raigambre en el territorio venezolano. Pero sus raíces, aunque ya muy lejanas en el tiempo, entroncaban con Europa, y más en concreto con el País Vasco. De los tres topónimos Bolívar que, al menos, sepamos que existen en Euskal Herria, los antepasados del Libertador -de apellido Ochoa de la Rementería- procedían del situado en la anteiglesia de Cenarruza, merindad de Markina. Como vizcaínos originarios gozaban del privilegio de la hidalguía; y a mediados del siglo XVI pasaría a Santo Domingo, en la isla Española el primer representante de la familia, también llamado Simón Bolívar, conocido como “El Viejo”. Como era habitual en esta época, en la que el apellido no estaba todavía fijado, prefirió llevar a América el nombre de su solar natal antes que el de su familia. Este primer Simón Bolívar fue secretario de la Audiencia dominicana, pasando en 1588 a la región de Venezuela, recomendado por el gobernador Diego de Ossorio. Aunque regresó a Castilla, lo hizo únicamente en calidad de procurador del cabildo de Caracas, ciudad en la que residía, en solicitud de diversas mercedes reales. Él mismo acabó siendo premiado con los nombramientos de Contador de la Real Hacienda y Regidor del Concejo de Caracas. Nunca más volvería a cruzar el Atlántico, estando documentada su muerte en 1612 en Venezuela.

Los descendientes de Simón el Viejo pertenecieron durante siglos al patriciado venezolano: fueron grandes propietarios en los valles de Aragua, donde poseían la encomienda de San Mateo; señores de Aroa y eternos aspirantes a un marquesado que nunca llegaron a alcanzar. Como bien se encargaron de recordar en los infructuosos intentos por entrar en la nobleza titulada, varios representantes de la familia desempeñaron altos cargos en el territorio venezolano, y se enlazaron con descendientes de conquistadores y otras ilustres familias criollas, mediante matrimonios que acrecentaron considerablemente su fortuna y su posición social.

Este sería, por lo tanto, en el ambiente en el que se desarrolló la temprana historia vital de Simón Bolívar. Disfrutó del privilegio de haber nacido en una familia de aristócratas adinerados, teniendo en cuenta que la fortuna familiar ascendía a unos 600.000 pesos sumando haciendas, casas y esclavos. Su padre, el coronel Juan Vicente Bolívar y Ponte, era el quinto descendiente de Simón el Viejo, y vivió entre 1726 y 1786. Su madre, María de la Concepción Palacios y Blanco, provenía de una conocida familia de orígenes castellano y francés. Es éste un dato muy interesante, que nos ayuda a encuadrar el personaje, ya que Bolívar pudo usar toda esta fortuna heredada en su empeño por alcanzar la independencia, que en sus más amplios sueños abarcaba todo el continente sudamericano. Fue tal su implicación en esta labor, que le llevó a dilapidar literalmente toda su fortuna en el intento: al fallecer, sus únicas posesiones constían en unas minas en litigio, de las que nunca pudo obtener provecho económico, así como una pensión vitalicia otorgada por el Congreso de 1823, pero que apenas comenzó a percibir poco antes de su muerte.

La figura mítica del Bolívar Libertador se acrecienta con el halo romántico de su vida personal y amorosa. Su experiencia en el matrimonio fue muy temprana: a los 19 años casó en Madrid, tras un breve pero intenso noviazgo entre la capital de España y la ciudad de Bilbao, con Teresa Rodríguez de Toro, descendiente asimismo de una poderosa familia caraqueña y emparentada lejanamente con el propio Simón Bolívar. Un año más tarde la tragedia vino de la mano de una viudez prematura, tras la cual Bolívar nunca volvería a tomar la determinación de casarse de nuevo. No quiere esto decir, en todo caso, que renunciara al contacto femenino: en su vida galante fue un verdadero don Juan, y abundan los historiadores que se dedican con entusiasmo a incrementar la relación de amantes que tuvo a lo largo de su vida, destacando entre ellas Manuela Sáenz, quien lo acompañó en sus últimos ocho años. Pero de ninguna de ellas tendría descendencia, ni legítima ni ilegítima. Nuevamente, el mito veía el modo de acrecentarse: a falta de hijos que pudieran pugnar por la herencia material e inmaterial del héroe, serán naciones enteras las que reivindicarían su carácter de auténticos vástagos de su padre fundador.

En todo caso, como buen producto de una sociedad de valores exclusiva y excluyentemente masculinos, infravaloraba las capacidades de la mujer, excepto en las artes amatorias. En una ocasión escribió a su hermana María Antonia a propósito de su intervención en unos negocios de la familia: “Puedes evitarte –le decía– la pena de dar pasos, especialmente en asuntos de papeles, pues de ordinario las mujeres no sirven para esto;  y tú lo has acreditado más, a pesar de tus buenos deseos, enredando el pleito, las letras y cometiendo desaciertos… No te metas en nada, especialmente en cosa de papeles, y de ello te quedaré muy agradecido”.

De su pronta identificación con el mito emana una personalidad de poderosísimas características: se afirma de él que “fue un gran militar, mejor presidente, gran revolucionario y excelente político”. La realidad nos viene, sin embargo, a desmontar muchos de los elementos del mito. Es cierto que fue un gran militar, pero no por voluntad propia, sino obligado por las circustancias. Aunque se lo reconoce como liberador, lo cierto es que sus esfuerzos revolucionarios quedaban limitados en el estrecho marco de la burguesía a la que pertenecía, razón por la que -como el hacendado que en el fondo siempre quiso ser-, sus propuestas de libertad nunca abarcaron a los esclavos y las “castas” (prietos y pardos), de los que siempre temió una rebelión; al final de su vida, incluso, adoptaría en este punto una solución claramente reaccionaria, cercana al modelo colonial. Respecto a su labor política, lo cierto es que, como ha ocurrido a otros grandes libertadores, el desafío de la paz superó su capacidad, y no pudo desarrollar en la política lo que había comenzado a ganar por las armas. De este modo, sus grandes proyectos supranacionales, como el Congreso Continental de Panamá, la Confederación Andina y, en un momento final y de un modo más modesto, la unidad plurinacional de la Confederación de la Gran Colombia, acabarían siendo disgregados con el paso del tiempo.

El personaje en la historia

¿Cómo era Simón Bolívar, la persona detrás del mito? Contamos con descripciones muy promenorizadas, tanto de sus rasgos físicos como de los elementos de su personalidad. De los primeros, baste con citar los numerosos retratos que adornan las sedes políticas y museos de todos aquellos países sobre los que dejó su impronta. Sabemos que era de mediana estatura, con una talla de aproximadamente metro y setenta y siete en la plenitud de su vida pública. De su delgadez proverbial se ha deducido, en ocasiones, que fuera “fino, elegante y nervioso como una espada toledana”. En las pinturas se nos presenta un Bolívar de brazos y muslos flacos; el craneo dolicocéfalo y abombado en la parte frontal, ceñido con unos ojos negros vivísimos, que le brillaban intensamente sobre una tez blanca –reflejo del ideal criollo de la ausencia de mezcla racial en sus antepasados–, y un rostro que denotaba en sus llamativos cambios el estado de ánimo de su propietario.

La experiencia de la prolongada guerra emancipadora puso duramente a prueba la capacidad de resistencia y la fortaleza física de Bolívar. Hay autores que destacan del personaje su temple, acentuado durante los peores momentos de la guerra. En las abundantes hagiografías sobre su persona se dice que era fuerte y audaz, que no conoció el reposo y cuantos obstáculos se cruzaron en su vida, todos hubieron de cederle el paso. Contemporáneos suyos declaran que nunca se lo vio llorar en público.

Le ayudó, para esto, la moderación de sus costumbres. Su imagen dista mucho de la del tópico atribuido al criollo. Comía abundantemente, pero no en exceso, atormentado por el fantasma de la tuberculosis. A diferencia de lo que era habitual entre sus paisanos, prefería las legumbres, y sobre todo las frutas, a la carne. Tampoco era devoto de los dulces, tan apreciados por los caraqueños. Tenía, en cambio, la manía del picante, pues gustaba de aderezar con ají todos los platos, sobre todo las ensaladas. Sus gustos en la mesa eran además muy refinados, posiblemente un reflejo de su paso por la corte, en Madrid, o de su experiencia parisina. Así, vigilaba al detalle la disposición de la mesa y los cubiertos, lo que le hizo acreedor de la fama de buen gourmet. Bebía con moderación, apenas unas copas de Bourbon o de Madeira y un poco de vino espumoso en la comida; nunca probaba el aguardiente ni los licores fuertes propios del trópico. Tampoco fumaba y tomaba poco café.

Cuidaba mucho su imagen pública. Durante sus campañas, o en su labor política, vestía uniformes ostentosos, si bien su atuendo ordinario era sobrio: levita o casaca azul, calzones y chaleco blanco, corbata negra, botas altas y sombrero de paja –el “bolívar”, que hará famoso en París–; es decir, la imagen de un rico hacendado. Ponía espeial atención en su aseo personal; se bañaba y afeitaba casi a diario, excepto cuando estaba en campaña; se lavaba con esmero, se peinaba con todo detalle y se perfumaba en exceso. Era algo dormilón, pero sólo cuando se lo permitían las circustancias. Si podia, le gustaba dormir la siesta en una hamaca, aunque no de forma sistemática. A veces, después de comer se ponía a trabajar o daba paseos a pie o a caballo.

Estos rasgos, en cierto modo elitistas, ya que reflejaban el modo de vida propio de la oligarquía caraqueña, no le impidieron sin embargo la conexión con el pueblo que levantó en armas contra el dominio español. Dominaba, en primer lugar, las artes de la oratoria, como para hacer de su elocuencia un arma que le permitía arrastrar multitudes y añadía los rasgos del caudillo a su proyección política. No es mucho, sin embargo, lo que nos ha quedado de su expresión oral, que está apenas reflejada en las más de tres mil cartas suyas que se conservan, así como en sus proclamas y discursos que fueron glosados y editados.

Pero más allá de la oratoria, también supo buscar la proximidad al pueblo como otra de sus armas. Frente al dominio y la autoridad que emanaba del Bolívar politico y lider de masas, el Bolívar general jugó la carta del sacrificio, la abnegación y la fidelidad de sus ejércitos. Como otras veces antes –y después- se ha visto en la historia, el Libertador usó de la humildad y la vida espartana del soldado. No era infrecuente que, cuando le entregaban presentes de valía, los obsequiara a sus subalternos, atribuyéndoles a ellos los éxitos. Como también se sabe que dormía, si era preciso, sobre el duro suelo junto a sus soldados, alimentándose durante meses de la misma carne salada que constituía su alimento; así lo hizo durante la campaña de Venezuela, en la que pasó de dirigente a caudillo de la independencia. Tenía, además, la virtud de conocer la importancia de admitir y rectificar con entereza los errores, propios de un temperamento y unas circustancias propicias a las pasiones violentas.

En un mundo en el que el ocio era todavía un privilegio de los acomodados, sus distracciones preferidas eran conversar, bailar durante horas -preferentemente la contradanza y el vals–, jugar –aunque era mal perdedor–, pasear, leer y nadar. Cabalgando, provocaba imprevistas carreras en las que había de ganar siempre. Le gustaba muchísimo hacer tertulias con sus subalternos, disfrutando con su asombro al relatarles sus aventuras galantes de Europa, verdaderas o fingidas. Opinaba de todo con rotundidad, encajando mal las opiniones contrarias a sus criterios. Leía cuanto llegaba a sus manos, lo que le permitió conocer bien las literaturas española y francesa, y algo la inglesa y la italiana. A veces, deslumbraba a sus subalternos recitándoles versos en francés.

Su personalidad, sin embargo, presentaba el lado oscuro de resultar agresiva para sus interlocutores, al pretender tener siempre la razón de su parte y demostrar su valía en las más variadas actividades. Tenía, en ocasiones, la obsesión de mantener en público el protagonismo en todo momento. Ante los llaneros que conformaban su ejército, se las daba de mujeriego, hombre de mundo y de gran cultura, consiguiendo fácilmente un auditorio asombrado y sencillamente adulador. Ante los intelectuales, como Humoldt, Bonpland o Miranda, pasó siempre como un personaje presuntuoso. Su lenguaje siempre fue culto, fruto de una educación esmerada: la única palabra malsonante que se dice que nunca pronunciará en público denotaba, además, su carácter criollo: “carajo”.

La forja de una personalidad

Las características más acusadas que se atribuyen a su personalidad fueron, sin embargo, el orgullo, la ambición y la tenacidad. Se le ha compradado con un pavo real, eternamente demostrando la belleza de su plumaje. Por ello nunca perdonó a quienes lo dejaron en ridículo, como el inglés Cunning, el criollo Miranda o el general Monteverde. Su entrevista con el general español Morillo lo consideró un duelo de personalidades arrolladoras. Bolívar se sentía plenamente realizado cuando era admirado por todos, y especialmente en las entradas triunfales a la usanza romana. Su orgullo también le impediría tener a su lado hombres valiosos, pues temía que acabaran por ensombrecerle. Las constantes sublevaciones de sus generales, más que una profecía autocumplida, eran fuente de perplejidad para un Bolívar que no podía entender, ya que su orgullo se le impedía, que nadie pudiera ponerse en su contra. Los atentados de que fue víctima los atribuyó a hechos circustanciales; la única excepción fue la llamada “conspiración septembrina”, un motín contra su persona que estalló el 25 de septiembre de 1828, que lo puso ante la tesitura de que la opinión pública tuviera constancia de que había quien quería asesinarlo.

De los otros muchos atributos que se otorgan al Libertador, cabe resaltar la imagen de honestidad y buena fe que lo acompañaba. Es justo resaltar que existían buenas razones para ello. Aun habiendo sido encumbrado a un grado de poder político como ningún otro hombre había conseguido antes en su país, rechazó colocar en el aparato estatal naciente a sus parientes y amigos, y no quiso aprovechar ninguna otra circunstancia para enriquecerse o practicar el nepotismo tan habitual entre sus coetáneos. Ya hemos señalado cómo él mismo acabaría arruinado, dilapidando sus caudales por la causa a la que sirvió de un modo desprendido y generoso hasta el final. Cuando el general Santander le pidió que aceptase ser Protector de la Compañía que iba a establecer la comunicación de los mares en el Itsmo de Panamá, le contestó el 22 de febrero de 1826 que no aceptaría tal prebenda bajo ningún concepto, y –son sus propias palabras– “me adelanto a aconsejarle que no intervenga usted en ello. Yo estoy cierto que nadie verá con gusto que usted y yo, que hemos estado y estamos a la cabeza del gobierno, nos mezclemos en proyectos sumamente especulativos….; por mi parte, estoy bien resuelto a no mezclarme en este negocio, ni en ningún otro que tenga un carácter comercial”.

Bolívar fue también un hombre contradictorio en alto grado, ya que cambiaba frecuentemente de carácter por su temperamento inestable. Algunos estudiosos lo han calificado de ciclotímico, ya que alternó verdaderos momentos de depresión, en los que hablaba y actuaba de forma totalmente opuesta, frente a momentos de euforia. En su vida política tendría buenos motivos para lo uno y para lo otro.

El padre de la independencia

La ideología bolivariana, donde mejor pudo expresarse es donde el Libertador pudo redactar con mayor libertad lo que entendía como “el estado ideal”: el proyecto de constitución boliviana. Un primer rasgo que destaca es su carácter filo- o pseudo-monárquico: en dicha constitución, Bolívar perfiló una presidencia vitalicia y hereditaria, encargada exclusivamente de lo militar y la diplomacia, dejando en manos de la vicepresidencia la administración y la gestión política. Como Bolívar proyectaba ocupar la presidencia, plasmó allí sus verdaderas y permanentes vocaciones: la diplomacia, desde su frustrada época en Londres, y la milicia, actividad en la que alcanzaría la mayor gloria. La administración no le interesó jamás y la consideró apropiada para otro tipo de temperamentos, distintos al suyo. Sus grandes sueños políticos de unidad continental los consideró expresiones de su genio diplomático más que administrativo: él anhelaba alcanzar grandes metas; otros habrían de encargarse de gestionarlas.

El historiador argentino Edberto Óscar Acevedo[1] ha resumido así la ideología bolivariana: “Bolívar intentó ser, antes que nada, un restaurador de las viejas instituciones de carácter paternal español”. En una carta a Andrés de Santa Cruz[2], de 11 de octubre de 1826, afirma: “Nada de aumentos, nada de reformas quijotescas que se llaman liberales; marchemos a la antigua usanza española: lentamente y viendo primero lo que hacemos”. Hay quien llega a afirmar, incluso, que el plan bolivariano se limitaba a mantener el viejo imperio español, pero sin el rey y gobernado desde América. El mismo Acevedo reconoce que, “tropezando con la carencia de verdaderos dirigentes políticos, procuró ser él, el noble Bolívar, el director de la libertad civil y política de los pueblos de los nacientes estados. Reconocemos que su intento fracasó, como fracasaron los de todos los que quisieron levantar una valla de orden que contuviera la descomposición del cuerpo político americano. Pero reconocemos también, y la experiencia nos lo ha probado, que esa descomposición –fruto de la propaganda de los demagogos liberales– es lo único que queda en nuestra América, cuando ella es gobernada por sistemas sin jerarquía”.

Los cinco hermanos Bolívar –María Antonia, Juana, Juan Vicente, Simón y María del Carmen (póstuma) – quedaron en su infancia huérfanos de padre y madre. Simón no tenía sino nueve años cuando perdió al último de sus progenitores. El abuelo materno, Feliciano Palacios, que ejercía el cargo de Alférez Real de Caracas, trató entonces de dejar la educación de los huérfanos en manos de preceptores o maestros a domicilio. De este modo, tomaría a su cargo al niño Simón Bolívar el maestro de primeras letras y gramática Simón Rodríguez, joven caraqueño de 21 años, que a pesar de su corta edad había sido testigo presencial de la Revolución Francesa en París. Esta experiencia había marcado a Rodríguez, quien aplicaría íntegramente y con todo entusiasmo en su discípulo, en tan solo dos meses, las doctrinas pedagógicas del “Emilio” de Rousseau. Todos los biógrafos reconocen que la influencia de Simón Rodríguez sería, a la postre, decisiva en el proceso formativo de la ideología de Bolívar.

A los 16 años, es enviado a educarse a España, en casa que tenía en Madrid un viejo liberal venezolano y amigo de la familia, el marqués de Uztáriz. En aquellos días llegará a conocer e, incluso, jugar con el príncipe de Asturias, el futuro Fernando VII, que tenía su misma edad. Tras su boda retorna a Caracas; pero la inesperada viudedad le incita a regresar a Europa, si bien en esta ocasión no sólo a recorrer España. En París presencia la coronación de Napoleón, a quien admiraba al haber estudiado sus campañas militares. De hecho, el mismo Bolívar reconocería que tomó de Napoleón enseñanzas en el arte de la guerra, que aplicará adaptadas después en América. En París es amante de Fany du Villars; conoce a Humboldt y Bonpland, quienes le expresan su opinión de que América está madura para la libertad. Viaja a pie hasta Roma con su antiguo maestro Simón Rodríguez y su compañero de estudios y pariente, Fernando Toro. En Roma se produce uno de esos momentos repetidamente recogidos en las biografías míticas de Bolívar: su juramento solemne en la cumbre del Monte Sacro, donde promete libertar a su patria. De acuerdo con tal compromiso, a su vuelta a Caracas comienza a participar en los primeros movimientos conspiradores.

1810 marca el arranque del proceso emancipador. En un primer momento, cuando el movimiento parece triunfante en su forma inicial, es encomendado a marchar a Londres para gestionar con el gobierno británico la ayuda de este país a los independentistas. La comisión, formada por el propio Bolívar, López Méndez y Andrés Bello, parte el 19 de abril. Pero los comisionados son unos auténticos novatos en las cosas de la diplomacia, lo que los lleva a un embarazoso encuentro privado con Lord Wellesley y otro con Francisco Miranda, el Precursor de la independencia, quien se aprovecha de su vehemencia. El resultado de la comisión es incierto: aunque no consiguen la promesa de una ayuda inglesa inmediata, suscita los planes británicos de conquista en América; igualmente, a su regreso traen consigo al general Francisco de Miranda con el objeto de que dirija la guerra contra España. Es entonces cuanto Bolívar actúa con sus amigos en la Sociedad Patriótica para que el cabildo de Caracas, en funciones de congreso nacional, asuma el objetivo de la independencia total.

Ya en la guerra, Bolívar recibe el encargo de defender la plaza de Puerto Cabello, donde fracasa a causa de una traición que le dejará honda huella. Miranda acaba fracasando también. Bolívar y otros oficiales, que consideran traidor a Miranda, lo detienen en La Guaira en vísperas de salir nuevamente para Inglaterra, y lo entregan a las autoridades españolas. Bolívar se refugia en Caracas donde conseguirá un pasaporte que le entrega el general español Monteverde “en recompensa del servicio que ha hecho al Rey con la prisión de Miranda”. El 27 de agosto de 1812 salía Bolívar hacia Curaçao desde La Guaira. Las esperanzas iniciales se habían trastocado en un fracaso estrepitoso, con el baldón añadido de la entrega de Miranda, que acabaría muriendo en las mazmorras de Cádiz.

Pero para Bolívar la independencia no era un tema acabado. A la edad de 29 años, toma un puñado de hombres en las cercanías de Cartagena, con los que iniciar una campaña militar, a la que se van uniendo adeptos en el camino, que en tan sólo siete meses llega a la propia Caracas. Ha recorrido más de 2.000 kilómetros, se ha batido en combate, ha tomado ciudades y ha decretado, de paso, la “guerra a muerte”: “quien no está conmigo está contra mí y tiene que perecer”. Es entonces cuando su ciudad natal le otorga el apelativo de Liberador. Pero el péndulo de la historia volvió a actuar, y apenas pasado un año, tras una serie de sangrientas derrotas, Bolívar debe tomar nuevamente el camino del exilio, esta vez a Jamaica. Otros jefes de la Revolución venezolana, entre tanto, continúan el ímpetu bélico, con mayor o menor suerte. En Jamaica escribe su celebérrima “  ” donde anuncia lo que va a ocurrir en la América española en el plazo de un siglo. Quizá habría que añadir la capacidad de futurólogo a sus cualidades, ya que casi todos los vaticinios de su carta acabaron cumpliéndose. “Veo con más diafanidad el futuro que el propio presente”, solía decir. Así, fue costumbre suya dar órdenes a distancia de meses, cuando estaban de por medio batallas de cuyo éxito no dudaba.

Y mientras el desterrado prepara nuevos proyectos, llegando incluso a sufrir un primer intento de asesinato, España se aprestaba a despachar una expedición punitiva de 10.000 hombres para acabar con los rescoldos de la insurrección, al mando del general Morillo. Mientras tanto, Bolívar se apresta nuevamente para intentar el asalto al continente. Con el visto bueno del presidente haitiano, Pétion, monta desde este país dos expediciones sucesivas, ambas frustradas. En la primera fueron sus compañeros de aventura, venezolanos, los que no quisieron aceptarle como comandante supremo, llegando incluso a intentar asesinarlo, otra vez. En la segunda, sin embargo, sí llegaría a plantar sus banderas en tierra venezolana, en la región del río Orinoco, que será su base definitiva. Pero no acababan aquí los problemas: tras mandar fusilar al general Piar acusado de sublevación; las sucesivas campañas que lanza acaban sin éxitos decisivos, obligando a Bolívar a llevar a su ejército al refugio de la región de los Llanos.

De todos modos, no lo estaba pasando mejor su contrincante, Morillo, quien en un lapso de dos años vería descender el número de sus soldados, de los diez mil iniciales, a apenas 800. Los que no murieron en los combates, sucumbían a cientos por las enfermedades tropicales.

Al fin, cuando se cumplían casi siete años de un deambular que había convertido a sus tropas en eficaces cuerpos de veteranos, pone en ejecución dos pensamientos geniales: estructurar el movimiento en un congreso reunido en Angostura, una república que no existe, y llevar la campaña fuera de los límites venezolanos. De afuera vendría la redención de lo de adentro. Pasa los Andes con su ejército por una ruta tan increíble y absurda que no podía estar prevista por las fuerzas españolas, cayendo sobre el corazón de la Nueva Granada, a la que otorga la independencia en una sola batalla: la de Boyacá, el 7 de agosto de 1819. La Corona había perdido su primera parcela territorial: el virreinato neogranadino pasaba a conformar el nuevo país de Colombia.

El nacimiento oficial de esta nación vendría tras el regreso de Bolívar a Angostura, donde se le bautiza y se le otorgan sus límites, en los que se unen Venezuela, la Nueva Granada y la audiencia de Quito (actual Ecuador), con intención de establecer un gran bloque de contrapeso entre la potencialidad de los Estados Unidos de América y el vigor futuro de las nuevas naciones que están despertando simultáneamente en el cono sur americano. Se mueve de una a otra parte, a distancias de miles de kilómetros, llegando en una de esas marchas a la lejanísima Cartagena. Y abre marcha sobre el centro de Venezuela, para liberarla definitivamente. El plan estatégico se desarrolla en cinco meses, en los que considera entrevistarse con el general enemigo Morillo. Tras celebrarse tal reunión, el general Morillo regresa a España. Su sucesor, menos valioso profesionalmente, hará más fácil el triunfo bolivariano. Y Venezuela alcanzará su independencia en otra gran batalla, la de Carabobo, el 28 de junio de 1821. España ha perdido otro país americano.

Pero las miras de Bolívar iban más allá de Venezuela, e incluso de la Gran Colombia. Un nuevo derrotero de sus campañas se fijará hacia el sur, pasando por Ecuador. Bolívar avanza por tierra, mientras que el mejor de sus generales, Antonio José de Sucre, se le adelanta por mar, para converger ambos en Quito. Habiendo llegado primero Sucre, lleva a cabo varios combates, planteando la definitiva batalla de Pichincha, el 24 de mayo de 1820, tras la que todo el territorio de la audiencia de Quito se incorpora a la independencia. Veinte días más tarde, Bolívar y Sucre preparan en Quito la campaña sobre el Perú. No en vano, Lima era la principal sede virreinal de Sudamérica, y para los criollos, era el nombre que representaba, más que ningún otro, el poderío español en el continente.

En Guayaquil se encuentran los dos grandes promotores de los dos procesos emancipadores sudamericanos: Bolívar y San Martín. Éste venía, saliendo de su Argentina natal, de independizar Chile y el Bajo Perú; pero había dejado intacto el ejército del Rey, que se había retirado al Alto Perú al mando del general Olañeta. Fruto de dos sucesivos encuentros secretos, San Martín, militar de carrera pero que carecía del genio político de Bolívar, queda desencantado de los recelos del Libertador a quien había propuesto dirigir la campaña del Perú y estar a sus órdenes.  No se saben bien las razones, pero a raíz de este desencuentro San Martín vuelve a Chile, desde donde decide exiliarse en Europa.

En aquellos días ya habían comenzado las relaciones entre Bolívar y Manuela Sáenz; se habían conocido en Quito y brotó entre ellos un ardiente amor de ribetes profundamente románticos. Los tintes rosas también son necesarios para construir las leyendas. Pero la política y la guerra tienen su exigencias. Nuevamente, Sucre se adelantara en la continuación de la campaña en el Perú, siguiéndole Bolívar. Antes de ascender los Andes para atacar a los españoles en el Altiplano, hay que derrocar sucesivamente a dos presidentes peruanos, que andaban en negociaciones con el enemigo: Riva Agüero y Torre Tagle; más tarde habrá de fusilar, por traición, a otro aristócrata, el marqués de Berindoaga.

En un pueblo peruano, Pativilca, se declara la tuberculosis de Bolívar, en 1824. Sus padres habían muerto a consecuencia de tal enfermedad. Esto no impide que siga a su ejército en el ascenso a la cordillera andina, hasta que se encuentran en la batalla de Junín con las tropas de Olañeta, el 6 de agosto de 1824. Pero mientras la campaña peruana estaba convirtiéndose en un paseo militar, la situación se tornaba adversa para Bolívar en la retaguardia. Temerosos del poder excesivo que estaba adquiriendo, se promueve una ley del Congreso colombiano, votada por iniciativa del vicepresidente Santander, para retirar a Bolívar el mando supremo del Ejército en el exterior. Sucre y todos los oficiales del ejército en campaña elevan una enérgica protesta. Ésta es una de las razones por las que Bolívar no estuvo presente en la última gran batalla de la independencia, la de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824, que dirigiría Sucre.

Este revés iba a ser el primer jalón de una serie de decepciones. Conseguida la independencia por las armas, tocaba el turno a los políticos y estadistas, que iniciarán el levantamiento del nuevo edificio estatal, desde la constitución hasta las relaciones internacionales. Con este objetivo Bolívar promueve la convocatoria del primer Congreso Panamericano, en la ciudad de Panamá. El lugar elegido no podía ser menos significativo: el puente entre los dos subcontientes americanos, norte y sur, y punto de encuentro entre ambos océanos. Mientras tanto, organiza el estado Altoperuano, que pasa a llamarse Bolivia, a la que otorga una constitución en la que plasmaba su ideario, tal y como lo había presentado en Angostura. En Perú, mientras tanto, lo nombran presidente vitalicio.

Pero la tempestad política estalla en su cara al regresar a Bogotá, donde sus adversarios estaban ya fuertemente organizados. La unidad continental es el primer punto de batalla. Venezuela tiene determinado separarse de la unión de la Gran Colombia. y Bolívar tiene que marchar con urgencia hacia Caracas, donde permanecerá seis meses, para resolver el problema inminente de un conflicto armado entre Venezuela y la Nueva Granada. Será la última vez que permanezca en su ciudad natal, en la que el nuevo responsable político y militar del territorio es el general José Antonio Páez. Bolívar permanecerá en Bucaramanga mientras se realiza la Convención en Ocaña, que termina por desacuerdo entre los diputados. Una explosión popular en Bogotá reclama a Bolívar Dictador. Éste acepta la responsabilidad ante la gran marejada política, pero convoca el Congreso a distancia de un año y medio. Intentan, una vez más, asesinarlo, penetrando en el dormitorio de su residencia doce jóvenes armados de puñales. Lo salva Manuela Sáenz.

La situación empeora, cuando se produce la primera fricción entre estados libres de América. Perú invade territorio colombiano; y Sucre, que había renunciado a la presidencia de Bolivia, tras ser objetivo de un atentado, recibe el encargo de rechazar la agresión, derrotando a los peruanos en Tarqui en febrero de 1829. Viaja Bolívar hasta Guayaquil a caballo desde Bogotá a pesar de su enfermedad, lo que agrava considerablemente su estado, hasta colocarlo al borde de la muerte. Se recupera, firma el tratado de paz con Perú y regresa a Bogotá donde instala el Congreso Admirable de 1830. Allí renuncia a la presidencia y anuncia que se retira definitivamente de la política.

Su intención era, lo mismo que había hecho años antes San Martín, buscar la paz del exilio europeo. Va a Cartagena, luego a Barranquilla y Santa Marta, bordeando el Caribe, dispuesto a buscar un barco que lo lleve a Inglaterra. En el camino conoce el asesinato del general Sucre en Berruecos, lo que acrecienta su desasosiego. Su obra se estaba resquebrajando, y a esto se unía la pérdida de quien quería como al hijo que nunca tuvo, y al que consideraba su delfín en el liderazgo carismático de la lucha por la construcción de un gran país sudamericano. Descansando en la hacienda de San Pedro Alejandrino, propiedad de un español, Joaquín de Mier, le encuentra la muerte tras una agonía lenta pero tranquila, el 17 de diciembre de 1830 a la una de la tarde. .

Siete días antes de su fallecimiento, tras haber recibido el viático de manos del cura de Mamatoco, dictó su testamento político dirigido en forma de proclama “A los pueblos de Colombia”. Aún ponía su esperanza en la unidad para la conservación de su causa: “Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”.

Muy posiblemente, también este final de su vida, doblemente triste, era el precio necesario que tenía que pagar el mito para cristalizar definitivamente. No en vano, Bolívar había muerto huyendo del país al que con su esfuerzo había liberado de la dependencia colonial. Sus sueños se habían frustrado, sus amigos habían muerto o consideraba que lo habían abandonado. En su mente, desengaño y traición hacían causa común contra su deseo de reposo. Nunca llegaría a Inglaterra. Pero desde aquel mismo momento, las luces y sombras de su persona se apartaban para dejar lugar a la admiración y el respeto por su obra. Y, como siempre suele ocurrir en estos casos, nació el mito. “El siglo XIX no produjo nada más grande en todo el continente. En el primer cuarto del siglo XIX, Napoleón es Europa, Bolívar es América. Pero Napoleón quedó inmóvil para siempre en la gloria del pasado, mientras Bolívar continúa vivo y actuante”[3].

Bolívar y Euskal Herria

Todo lo dicho hasta ahora, habría sido suficiente para glosar al personaje que nos ocupa. Pero, dado que esta obra tiene como objeto conmemorar los primeros veinticinco años de existencia del Museo Simón Bolívar, no estaría completa si no hacemos una mención a la relación entre el Libertador y esta pequeña parcela de Europa llamada el País Vasco.

De hecho, en la corta pero a pesar de ello intensa bibliografía producida en Euskal Herria en torno a la figura de Bolívar, esta cuestión ha suscitado desde muy antiguo un gran interés. Desde luego, a la clara raigambre euskérica del apellido de Simón Bolívar, se le añadían otros dos hechos capitales de su biografía, que han venido utilizándose para justificar el entronque de Bolívar y lo bolivariano con el País Vasco: por un lado, la genealogía de sus ancestros paternos, que en cinco generaciones sitúan su origen familiar en la localidad vizcaína de Bolibar, la misma en la que hoy está situada este museo; y por otro lado, el periodo, de casi un año, en el que Bolívar residió, en su juventud, en la ciudad de Bilbao.

Curiosamente, a pesar de que todos los indicios racionales nos llevarían a suponer que pasar entre nosotros uno de sus cuarenta y siete años de vida tuvo que haber dejado en la formación del Libertador una notable impronta, poco, por no decir nada, es lo que sabemos de este episodio. Entre toda la infinidad de biografías, científicas y divulgadoras, antiguas y recientes, que circulan sobre Bolívar, su “periodo bilbaíno” se nos muestra como una auténtica época oscura. Es, por definirlo de un modo gráfico, un gran “agujero negro” biográfico del que apenas tenemos alguna pequeña noticia, y del que lo poco que sabemos se nos presenta de forma contradictoria, dependiendo del autor a quien sigamos.

Por el contrario, han sido muchas las páginas que se han consumido poniendo de relieve la genealogía vasca del Libertador. Conocemos muy pormenorizadamente los nombres, apellidos y vivencias de sus antepasados, no sólo hasta el ya mencionado Simón “el Viejo” del siglo XVI, sino incluso a algunos de sus parientes Ochoa de la Rementería que vivieron en las postrimerías de la Edad Media. Según esta corriente de interpretación, la relación de Bolivar con lo vasco vendría dado, fundamentalmente, en base a la sangre. Sería así su sangre vasca -en interpretación de Segundo de Ispizua, allá por la década de 1910[4]-, la que, entre otras cosas, explicaría el afan independentista y el deseo emancipador del Libertador. Esta misma argumentación, por cierto, fue copiada punto por punto por Adolfo Lafarga en pleno franquismo, sólo que poniendo español allí donde Ispizua ponía vasco[5]. Hoy nos puede sorprender muy profundamente este tipo de explicaciones, que por suerte hace ya tiempo que fueron superadas por la propia evolución de la historiografía vasca; pero siempre será necesario recordar que fueron muy aceptadas en otros tiempo. Y, además, pecan de un enorme simplismo; de hecho, si nos atuviéramos únicamente a factores tales como la sangre o la “raza”,  habría que ver en Bolívar mucho más de gallego que de vasco, pues fueron mucho más numerosos entre sus antepasados los naturales de Galicia que los originarios de Euskal Herria. O incluso podría rastrearse su espíritu de libertad en el África tropical, si fuera cierto -como señalan algunas fuentes, quizá no muy imparciales- que también había algo de sangre mulata en sus venas. La conexión vasca sólo habría gozado, frente a los otros territorios que podían reclamar la paternidad originaria de la progenie de Bolívar, del privilegio de haber transmitido un apellido vasco, y no un gallego o de otro origen, por vía patrilineal.

Pero, como ya hemos señalado, hoy en día el lazo del apellido y la estirpe nos sirve únicamente como una vía privilegiada para el recuerdo y la conmemoración histórica, de la que es buena muestra este museo, sin querer ir más allá en otras consideraciones. Y esto nos permite, por lo tanto, recuperar ese otro argumento que enlaza, esta vez sí, las vivencias personales del Libertador con Euskal Herria.

Efectivamente, Bolívar residió en el País Vasco. De hecho, estuvo entre nosotros en no menos de dos ocasiones. Hasta aquí todas las fuentes y autores coinciden, como también lo hacen en señalar en qué casa de Bilbao vivió -la residencia de los Rodríguez de Toro, otra familia caraqueña, igualmente de origen vasco-, y en situar en Bilbao los momentos más cálidos de su romance con la hija de su anfitrión, María Teresa, que sería a la postre su esposa. Pero, como hemos dicho, hasta aquí acaban las coincidencias, y surgen las dudas y las contradicciones.

Se podría comenzar incluso por preguntarse si Bolívar estuvo en Bilbao en dos o en tres ocasiones, como defienden algunos autores. También deberíamos preguntarnos por las causas de su venida aquí. De hecho, Bilbao fue la primera ciudad a la que se dirigió Bolívar en su primer viaje desde Venezuela a Europa, y no fue esta una estancia de paso, sino que estuvo el tiempo suficiente, algunos días, como para hacer una serie de gestiones de gran interés para él. La historiografía ha señalado cómo su barco tomó tierra, por causa de la mala mar, en el puerto de Laredo, y que sería desde esta localidad cántabra cuando, “camino de Madrid”, pasaría por Bilbao en junio de 1799. Quizá visto desde Londres, Nueva York o Barquisimeto esta explicación pueda parecer lógica, pero bajando a la escala del País Vasco, es fácil colegir que el camino de Laredo a Madrid no pasa por Bilbao. Luego es lícito suponer que sus motivaciones para venir -y permanecer- aquí debieron ser algunas otras.

Lo mismo puede aducirse sobre los meses que pasó en 1800, en pleno noviazgo con María Teresa, en casa de los Rodríguez de Toro. Sin obviar del todo el deseo romántico de estar al lado de su amada, nuevamente se nos presenta la sospecha de que Bilbao debía tener algunos otros atractivos para el joven Bolívar.

Efectivamente, así era. Los Bolívar, al igual que los Uztáriz -en cuya casa de Portugalete se alojó temporalmente en su primera visita a Bizkaia, o los Rodríguez de Toro, eran todas ellas familias burguesas caraqueñas que, entre otras fuentes de ingresos, realizaban actividades comerciales con mercaderes y consignatarios del puerto de Bilbao. Bolívar, ciertamente, buscó en Bilbao no sólo el calor de su amada, sino también el control y la gestión de los negocios, hasta entonces llevados por su padre.

También jugaría Bilbao un papel importante, y sin embargo nunca bien ponderado, en la inmersión ideológica de Bolívar en las teorías políticas producto de la Revolución Francesa. Bilbao era, por aquel entonces, un hervidero de “emigrantes” franceses, familias que habiendo escapado de los peores momentos del proceso revolucionario francés, habían echado raíces en la villa sin perder su contacto con Francia. Fue aquí, por ejemplo, donde estableció los lazos afectivos, de amistad y amores, que le permitirían visitar París en años posteriores. Fue igualmente en Bilbao donde la amistad con Antonio Adán de Yarza, un conocido librepensador liberal, cuya biblioteca -a la que con certeza tuvo acceso Simón Bolívar- estaba plagada de numerosos libros prohibidos. Muchas de las lecturas que su preceptor Simón Rodríguez no había podido proporcionarle en Caracas, se abrieron antes sus ojos en Bilbao. Bilbao sería, de este modo, el puente lógico en su educación política entre Caracas y París[6].

Como se ve, por lo tanto, la experiencia bilbaína de Bolívar merece una atención mucho mayor que las escasas seis o diez líneas con que, por término medio, suelen despachar las biografías bolivarianas al uso este periodo de su vida, tan crucial como inexplorado. El aporte vasco a la forja del personaje y del mito fue, por lo tanto, mucho más importante que cuestiones tradicionalmente aducidas como la sangre o el linaje; pero por desgracia permanece todavía a la espera de las investigaciones históricas que lo saquen a la luz. La historia no es pasado, sino también futuro; y recordar lo que nos ha unido contribuirá sin duda a profundizar los lazos que nos unirán. Ante la proximidad de la década en la que todo el mundo americanista conmemorará el bicentenario de las independencias latinoamericanas, es momento para que Euskal Herria, y sobre todo Bizkaia, recupere y presente al mundo los pormenores de la experiencia bilbaíno de Simón Bolívar. 1800 no debe ser ya más el año oscuro de la vida de Bolívar, sino su año vasco.

 

[1]   “Conceptos políticos de Simón Bolívar”, Anuario de Estudios Americanos, Sevilla, VIII (1951).

[2]   Político boliviano y líder del movimiento independentista en Perú, en 1820 se incorporó a las filas del ejército emancipador de José de San Martín. Fue presidente de Perú en 1827, y de Bolivia entre 1829 y 1839.

[3]   RUMAZO GONZÁLEZ, Alfonso; Simón Bolívar, Caracas, Edime, 1955.

[4]   ISPIZUA, Segundo de; Los vascos en el descubrimiento, conquista y civilización de América, Bilbao, Imprenta José de Lerchundi, 1914.

[5]   LAFARGA LOZANO, Adolfo; “Simón Bolívar”, en Los vascos en la Hispanidad. Colección de ensayos biográficos, Bilbao, Instituto de Cultura Hispánica, 1964

[6]   Precisamente en su primer viaje a París, desde Bilbao, se produjo su conocida visita al caserío de Bolibar, origen de sus antepasados y cuna de su apellido. En ocasiones se ha explicado esta visita mediante el deseo expreso de Bolívar en conocer su solar. Nada más lejos de la realidad, ya que no vino a Bolibar sino de paso hacia París. Por aquel entonces, el camino desde Bilbao a la frontera francesa seguía discurriendo por la vieja calzada medieval por la que pasaba el primitivo camino jacobeo de la costa.


 

La serie bicentenario de las independencias americanas, en un proyecto de La Asociación Euskadi Munduan,  Limako Arantzazu Euzko Etxea, la Hermandad de Nuestra Señora de Aránzazu de Lima, y el Fondo Editorial de la Revista Oiga.