Dicen que una historia extraordinaria suele ser la antesala de otra historia extraordinaria. El otro día colocábamos en esta web una de esas entradas que son un auténtico placer  de escribir y, esperamos, de leer. Se trata de Vascos extraordinarios. Del pelotari amigo de Cantinflas, al sacerdote abertzale amigo de Hemingway. En ella contábamos una increíble historia de relaciones que nos llevaba de Cantinflas a Hemingway, de México a La Habana. Todo ello trufado de historias de pelotaris, sacerdotes abertzales, actores, y escritores.

Una de las muchas referencias que encontramos en torno a este asunto, resaltaba un libro de un autor ruso, Iurii Nikolaievich Paporov,  que narraba las historias y peripecias de Ernest Hemingway durante su estancia en Cuba. Un libro en el que tienen protagonismo un grupo de vascos que por aquellos años andaban por Cuba y la Habana. En especial unos pelotaris haciendo las américas,  y un sacerdote abertzale de Mundaka, que había tenido que exiliarse, por demócrata, en Cuba huyendo de los delincuentes insurrectos franquistas.

Repasando un poco las historias de esos pelotaris amigos del escritor norteamericano que tanta relación tuvo a lo largo de su vida con los vascos, nos encontramos en este libro la referencia a una entrevista que le hicieron  en 1945 para una revista de Pelota, y en la que le preguntan por la impresión más fuerte que había tenido hasta ese momento viendo uno de sus deportes favoritos, el Jai-Alai. El, Hemingway, responde narrando un suceso extraordinario que tuvo como protagonistas a dos de su amigos: Guillermo Amuchástegui, “El Monarca“, y  Julián Ibarluzea Gerrikabeitia, “Tarzán“. La narración es la siguiente:

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Lo que no nos podíamos imaginar es que Julián Ibarluzea era familiar de un amigo nuestro, y que al hablar con él de esta historia, así nos lo hizo saber y además nos prometió una foto de la boda de Jesusa Mallukiza Legarra con Julián Ibarluzea, que se celebró en  un frontón de la Habana (posiblemente en el legendario Palacio de los Gritos). El sacerdote que ofició la ceremonia fue Andrés Unzáin, al que el fascismo español y sus acólitos le denominaban el cura rojo, por su encendida defensa de la libertad y la democracia.

Menos nos podíamos imaginar que el pelotari se casó con una venda en la cabeza, que llevaba como consecuencia de ese terrible golpe que se narra en el libro de Iurii Nikolaievich Paporov, y que tanto impresionó a Hemingway. Una impresión que fue consecuencia mucho más de la actitud del pelotari que recibió el impacto de la pelota, que del propio golpe, por muy fuerte que este fuera.

Un nuevo capítulo de  esta historia de coincidencias y relaciones en este pequeño País de los Vascos, que alarga esa cadena que empezaba en México DF y que ya no acaba en La Habana, sino en el patio de los Jesuitas de Bilbao (que raro que en una historia de vascos aparezcan de alguna manera los Jesuitas -es ironía-), donde nuestro amigo nos contó que su tía y su tío eran unos de los protagonistas de esa extraordinaria historia de unos vascos en el mundo.

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Una fotografía cargada de historia. Jesusa Mallukiza Legarra con Julián Ibarluzea Gerrikabeitia el día de su boda, celebrada en un frontón de La Habana. Junto a ellos el sacerdote oficiante; Andrés Unzáin, el Cura Rojo de Mundaka

 

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