Hoy recogemos un artículo recién publicado en el diario vasco Deia. La razón de que hagamos esta referencia a este medio de comunicación, cuando nuestra norma de funcionamiento es hablar de diarios publicados fuera de Euskadi y de la República Francesa o el Reino de España, es el interés extraordinario de su contenido.

El artículo que recogemos, y del que hasta le hemos «copiado» el título, está firmado por el historiador Oscar Álvarez-Gila. Este doctor en Historia y profesor de Historia de América en la UPV/EHU ha sido citado en varias ocasiones en nuestra web debido al gran trabajo que ha realizado estudiando la presencia de los Pasionistas vascos en Perú. Forma parte del grupo de investigación consolidada de la UPV/EHU, País Vasco, Europa y América:
Vínculos y Relaciones Atlánticas.

Álvarez-Gila nos relata el principal papel que jugó la diáspora vasca, y en especial la Argentina, en proceso de consolidación de los símbolos nacionales vascos en los primeros años del siglo XX.

La perdida de las libertades vascas que significó la Abolición foral por la fuerza de las armas, significó un golpe muy duro no sólo para los vascos peninsulares, sino también para los vascos de la Diáspora, que asumieron un papel beligerante ante esta nueva situación. No es una casualidad, ni una excepción, que el Laurak Bat de Buenos Aires, un centro vasco de referencia, fuera creado en 1877 por un grupo de vascos inmigrantes movidos por el impacto de esta abolición foral.

Ya en 1907, pocos años después de que Sabino Arana diera los primeros pasos en el proceso de la Construcción Nacional de Euskadi, hubo representantes de este centro vasco en el homenaje que se le hizo ante su tumba en Sukarrieta, coincidiendo con la fecha en que se conmemoraba la primera vez que ondeó la Ikurriña.

Ha habido un proceso desde que los hermanos Arana diseñaran las banderas que representaban a los territorios vascos y a la confederación de estos, hasta que la Ikurriña se convirtiera en la  bandera de los vascos, tal y como hoy la conocemos. Y en ese camino los vascos de la diáspora han jugado un papel principal.

De esto nos habla Álvarez-Gila en este artículo, en el que nos cuenta cómo una institución vasca, El Laurak Bat de Buenos Aires, tomó, en abril de 1921, la decisión de asumir que la Ikurriña representaba a todos los vascos, y la importancia que esta decisión tuvo.

Un ejemplo más del papel protagonista, y fundamental, jugado por la diáspora vasca en la historia de la Patria.

Incluimos también el vídeo que Oscar Álvarez-Gila ha preparado sobre este tema para la Sabino Arana Fundazioa.

Deia – 13/6/2020 – Euskadi

Buenos Aires, 1921: cuando la ikurriña se convirtió en la bandera vasca

Ikurriña y bandera de Argentina portada del boletín de abril de 1921 del Laurak Bat de Buenos Aires
Ikurriña y bandera de Argentina portada del boletín de abril de 1921 del Laurak Bat de Buenos Aires

La ikurriña es, hoy en día, el símbolo vasco más universalmente reconocido. Aunque todavía haya momentos en los que reaparecen viejos prejuicios –como, por ejemplo, ocurriera en el certamen de Eurovisión en 2016–, la ikurriña ha adquirido en nuestra sociedad un altísimo grado de consenso, siendo aceptada por una inmensa mayoría de la ciudadanía como la plasmación visual de la identidad vasca. La bandera bicrucífera y sus tres colores –rojo, verde y blanco– están ya integrados en nuestro universo mental como genuinos sinónimos de la vasquidad. Pero, como ocurre con todas las propuesta simbólicas que en el mundo han sido, y muy especialmente las que quieren representar identidades nacionales, el recorrido desde su creación hasta su total aceptación ha pasado por una evolución larga y, en ocasiones, dificultosa.

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