Hoy vamos a hacer una de esas excepciones que tanto nos gustan y vamos a recoger una información publicada en un periódico español: El País. Lo hacemos, porque la entrevista realizada por Begoña Gómez Urzaiz, al arquitecto Frank Gehry, nos parece digna de ser compartida. Seguramente pasará muy “desapercibida” entre los medios del Reino de España, porque habla muy bien de los vascos. Y en especial habla muy bien de los vascos que dirigían las instituciones que tomaron la decisión de construir el Museo Guggenheim Bilbao.

Todo era limpio y puro, todo el mundo estaba diciendo la verdad. Cuando los vascos dicen algo, no necesitas ponerlo por escrito. Mantienen su palabra de una manera que yo nunca había visto antes. La suya es una cultura distinta, especial.

Desde el primer momento en que se comunicó la voluntad por parte del Gobierno Vasco, la Diputación Foral de Bizkaia y el Ayuntamiento de Bilbao de impulsar la construcción en Bilbao de un museo dependiente de la Fundación Guggenheim, las reacciones por parte de ciertos grupos políticos, sociales, y mediáticos fue feroz. Lo mismo que fue clara la falta de apoyo y entusiasmo (por ser magnánimos) que mostraron desde el Gobierno del Reino de España. De eso hablábamos hace un tiempo, así que mejor dejamos en enlace.

La razón por la que no se ha podido replicar es porque en otros sitios no tienen ese complemento cultural, el compromiso con la comunidad. Si quieres un efecto Bilbao, estudia la cultura, estudia a la gente.

En el artículo el arquitecto explica su visión de los vascos y de cómo estos realizaron su planteamiento y su negociación en relación con la construcción del Museo. Un museo que es una pieza clave para entender la profunda transformación que está teniendo el Bilbao Metropolitano, y que tanto interés ha creado durante dos décadas en todo el mundo. Tanto como para que aun hoy en día ciudades de todo el mundo se acerquen a esta ciudad vasca para entender lo que ha pasado en ella y ver qué elementos de ese “caso de éxito” pueden ser incorporados a los proyectos de sus ciudades.

Con una fama inquebrantable y 88 años, Gehry se encuentra en ese momento de la vida en el que no necesita decir las cosas para “dorar la píldora” a nadie, y mucho menos a alguien que fue cliente suyo hace 20 años. Por eso nos parece que tienen tanto valor sus palabras.

Lo mismo que será muy indicativo el poco eco que esta palabras tendrán, con toda seguridad, en los medios españoles. ¿Se imaginan nuestros lectores lo que habría sido si en vez de decir lo que ha dicho, hubiese dicho que sus interlocutores vascos eran una “cuadrilla de impresentables”? Eso ya estaría en las portadas de todas las ediciones digitales.

Son un trabajo en grupo, trabajo con presupuestos muy ajustados. Bilbao se construyó por 80 millones de euros, muy barato. Nadie habla de eso.

También es muy significativo analizar las reacciones de algunos lectores de El País, que se pueden conocer a través de sus comentarios. Es increíble cuánto molesta a algunos que se hable bien de los vascos, y en especial de ciertos vascos.

Hay una “aportación” muy indicativa de esa sensación de molestia: “¡Cuánto chauvinismo! ¡Sólo le ha faltado decir que meamos agua bendita! ¡Hay de todo, como en todas partes!“. Aparte de usar el término “chauvinismo” de forma incorrecta, hay que aceptar que una parte del comentario acierta de “medio a medio”. La que dice que ¡Hay de todo, como en todas partes!. 

Está claro que Gehry conoció a unos. A los responsables de impulsar el proyecto, y de ellos habla. Cierto que entre los vascos “hay de todo”, pero parece que los “del otro tipo”, no estaban en aquel grupo de vascos. Puede que sean los que 20 años después aún sufren por el éxito del proyecto, y rezan porque algo salga mal para poder decir “ya lo decía yo“.

El País – 2/9/2017 – España

“Los vascos mantienen su palabra como no lo había visto nunca”

Frank Goldberg, como todos los de Bilbao, nació donde quiso. Y en su caso fue Toronto. Hijo de inmigrantes judíos, un ruso y una polaca, solía pasar el rato dibujando, armando bloques de madera en casa de su abuela y jugando con materiales pesados en la ferretería de su padre. La familia se trasladó más tarde a California y el joven Frank condujo camiones durante tres años y enlazó trabajos que compaginaba con sus estudios. Allí tampoco encontraba su sitio, hasta que cayó en una clase de arquitectura y ahí, de repente, todo cuadró: los dibujos y los bloques de la abuela. Fue también en esa época cuando cambió su apellido por el de Gehry para evitarse problemas en unos Estados Unidos todavía muy antisemitas.

(Sigue) (Traducción automática)

 

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