La historia de John Botanzos, es una de esas historias extraordinarias, pero sencillas (o sencillas pero extraordinarias) de los vascos de la diáspora. La hemos conocido porque nos hemos encontrado con su obituario publicado en el diario The Herald Record de  Wallkill, una población del centro del Estado de Nueva York.

Su historia es una de esas historias extraordinarias. Nació en New York, en 1919, pero se educo en el pequeño municipio costero de Ea, donde aprendió a además de pasar buena parte de su infancia y adolescencia, se convirtió en monaguillo y txistulari. Al menos una de esas dos habilidades le acompañó toda su vida, ya que animó numerosas fiesta y encuentros de vascos, y nos imaginamos que de no vascos también,  con sus interpretaciones de txistu,  a lo largo de su vida en los USA. Porque él a los 16 años volvió a los USA acompañando a sus padres que volvieron a vivir al Nuevo continente. Allí se casó, sirvió en la Segunda Guerra mundial en el Pacífico, como tantos otros vasco-americanos, y vivió una larga vida en compañía de su esposa, sus hijos, sus nietos y sus amigos.

Nos dejo un 24 de diciembre de 2013. Un noche de Navidad. El diario de su localidad, newyorkina, publicó un hermoso y extenso obituario que recogemos aquí y que nos cuenta anécditas de su vida, allí y aquí.

Goian Bego

The Herald Record -27/12/2013 – USA

JOHN BOTANZOS

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John Botanzos (originally Betanzos) was born in New York City, the second son of Ambrosio Betanzos and Josefa Gorrono. He was the beloved husband of Vincenza (Nancy) Gigante for nearly 71 years. They were married in Brooklyn, NY on January 9, 1943 and lived there until 1973 when they built their home in Plattekill When John was two years old, the family emigrated to Bizkaia in the Basque region of Spain, his parents’ homeland. John had an older brother, Joseph and his sister, Vittori, was born shortly after they arrived in Spain. They settled in a town called Ea where John went to school and studied the txistu (a Basque flute accompanied by a drum called a tamboril). He was an altar server in their parish until he was fourteen years old and “the cassock just below my knees and Don Pedro said it was time I stopped”.

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