Castejón

Quinta entrega represión en la Ribera de Navarra
Quinta entrega represión en la Ribera de Navarra

Según los datos aportados por la última edición del libro-documento, “Navarra, de la esperanza al terror, 1936”, la suma total de fallecidos como resultado de la acción criminal directa o indirecta del Alzamiento Militar en Navarra tiene la espeluznante cifra de 3.170 personas, y una cifra muy aproximada de 4.000 huérfanos. Ninguna contienda militar, ni pandemia, ni desastre natural conocido en esta era de la civilización occidental ha dejado tantas muertes en Navarra, tantas familias destrozadas, humilladas, represaliadas de por vida y hundidas en la mayor de las miserias que los hechos y consecuencias  producidos por el Golpe Militar Fascista de 1936.

Castejón, como todo el mundo es conocedor, está situado en un nudo ferroviario estratégico y de ahí vendría su importancia geográfica y económica. En el año 1923, pasó a ser Concejo,  independiente de Corella del que había sido un barrio, y llegará el mes de enero de 1928 en que quedará constituido como Ayuntamiento navarro. Aquí, da comienzo una fase de dinamización del pueblo, con la construcción de la Casa Consistorial, el Matadero Público y se ponen en marcha cuatro escuelas públicas con capacidad para 400 alumnos, se planifica un plan sanitario que conlleva desde la recogida de basuras hasta la municipalización de los servicios médicos. La Iglesia no fue construida, por no ser de interés mayoritario para los trabajadores castejoneros.

Cuando todo este programa de reconstrucción municipal está en marcha, llegarán las elecciones municipales de 1931, en las que la Candidatura de Izquierdas consigue la mayoría de votos. Su primer alcalde, Valentín Plaza, en la primera reunión, pone encima de la mesa los problemas por resolver que todavía quedan pendientes, y entre ellos aparecen: la delimitación del comunal a resolver con Corella, la finalización de las obras del Canal de Lodosa, y la construcción de dos escuelas más, así mismo son revisados los títulos de propiedad, especialmente los referidos a la Condesa de Giraldegui, a quien se le dio un plazo de seis días para que los presentara.

En las elecciones de 1936, el Frente Popular conseguirá el 80% de los votos. La vida municipal de Castejón se caracteriza por su laicidad y los eventos sociales se suceden sin Iglesia y sin convento alguno, por el contrario son seis escuelas con las que cuenta. La vida política y cultural se nutre de numerosos mítines, actividad teatral y actos solidarios.  Destacan aparte de Fraternidad Obrera de UGT, la Agrupación Socialista e Izquierda Republicana y especialmente el papel de la Asociación cultural y recreativa “La Palmira” como embrión dinamizador de Castejón con biblioteca, teatro, cine, billares y café.

Esta realidad, social, política y cultural no pasará desapercibida para los golpistas y el 19 de julio de 1936, la Guardia Civil ocupó militarmente el pueblo. El día anterior, se había declarado una huelga de trenes. La ocupación se realizó de forma brutal y se realizaron las primeras detenciones. El día 20 de julio, cuando volvía del Frontón, fue tiroteado Ángel Segura “Angelón”, desde una ventana, falleciendo en el mismo instante.

El día 19, Claudio Amist, comandante del puesto de la Guardia Civil, destituye por orden gubernativa de los sublevados al Ayuntamiento, a las once y media de la noche. Los centros de la UGT, la Agrupación Socialista y la sociedad La Palmira  son asaltados, los archivos y libros quemados, y todo el mobiliario destrozado. Al peluquero de izquierdas, Francisco Ramón, se le obliga cortar el pelo a varias mujeres, entre ellas a Concha Rivas y a su madre; a ésta la pasean hasta la estación para enseñarla a los viajeros, por el contrario ella muestra con orgullo su corte de pelo y optan por llevársela del andén.

Algunos de los castejoneros que están huidos por los campos son testigos del asesinato del barbero Juan Navas. En un cruce de carreteras, entre viñas, vieron a Juan Navas que corría perseguido por unos falangistas que lo derribaron a tiros y lo remataron. Cuando lo dejaron muerto, se acercaron, y a pesar de estar destrozado, lo reconocieron.

Los detenidos eran encarcelados en el Ayuntamiento y llevados a Tudela o al Fuerte de San Cristóbal. Al Fuerte fueron llevados Baldomero Rivas, Pedro Ramón, Vicente Pardo y Julián Pérez “Carrasco”. Victoriano Murga, apareció ahorcado en el calabozo, mientras estaba detenido en el Ayuntamiento el 29 de julio y dos días más tarde, asesinaron a Sabino Atienza.

Existe constancia de que otras 18 personas más fueron asesinadas. Paulino Pérez, Salustiano Plaza de 80 años lo llevaron a Tudela y lo sacaron a matar, corresponsal del periódico Trabajadores y padre de Valentín Plaza, el alcalde, que escapo hacia Alfaro, lo capturaron y asesinaron, y a día de hoy su cuerpo no ha aparecido. Gorgonio Ruiz y Cecilio Bea a quienes obligaron a apuntarse en el Tercio Sanjurgo y estando en la cárcel la misma noche que iban a coger el tren los fusilaron. Félix Mellado, de quien los testimonios aseguran que antes de la ejecución lo ataron a un olivo y le cortaron la lengua. Su asesino fue un ganadero, el mismo que mataría días más tarde a Fernando Bermejo.

Miguel Hernández, asesinado en las puertas del cementerio de Corella el 6 de agosto, Daniel de Silos, Ambrosio Fernández, Juan Fernández, Alejandro Salinas, Raimundo Hernández, Saturnino Muñoz “Enagüillas”, Leopoldo Navas y su hijo Eusebio son parte de la lista. Julián Falces, albañil, se escondió en una rinconera de su casa cubierta con un armario, y allí permaneció durante ocho años, su mujer incluso le guardó luto.

«Nuestra guerra no es una guerra civil, una guerra de pronunciamiento, sino una Cruzada de los hombres que creen en Dios, que creen en el alma humana, que creen en el bien, en el ideal, en el sacrificio, que luchan contra los hombres sin fe, sin moral, sin nobleza…Sí, nuestra guerra es una guerra religiosa. Nosotros, todos los que combatimos, cristianos o musulmanes, somos soldados de Dios y no luchamos contra otros hombres, sino contra el ateísmo y el materialismo, contra todo lo que rebaja la dignidad humana, que nosotros queremos elevar, purificar y ennoblecer…»

(Francisco Franco, 16 de julio de 1937)

«Con inmenso gozo nos dirigimos a vosotros, hijos queridísimos de la Católica España, para expresaros nuestra paternal congratulación por la paz y la victoria con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano de vuestra fe y caridad probadas en tantos y generosos sufrimientos.

Alegre y confiado esperaba nuestro predecesor de santa memoria esta paz providencial, fruto sin duda, de aquella fecunda bendición que en los albores mismos de la contienda enviaba a cuantos se habían propuesto la difícil tarea de defender y restaurar los derechos y el honor de Dios y de la Religión. Y Nos no dudamos de que esta paz ha de ser la misma  desde entonces augurada, anuncio de un provenir de tranquilidad en el orden y de honor en la prosperidad.

Los designios de la providencia, amadísimos hijos, se han vuelto a manifestar, una vez más, sobre la heroica España, la nación elegida por Dios como principal instrumento de evangelización del nuevo mundo y como baluarte inexpugnable de la fe católica, la cual acaba de dar a los prosélitos del ateísmo materialista de nuestro siglo, la prueba más excelsa de que por encima de todo están los valores eternos de la Religión y del Espíritu.

A vosotros toca, venerables hermanos en el episcopado, aconsejar a los unos y a los otros que, en su política de pacificación, todos sigan los principios inculcados por la Iglesia y proclamados con tanta nobleza por el Generalísimo, de justicia para el crimen y de benévola generosidad para los equivocados.

En prenda de las copiosas gracias que os obtengan de la Virgen Inmaculada y el apóstol Santiago, patrono de España y de todos los grandes santos españoles, hacemos descender sobre vosotros, nuestros queridos hijos de la católica España, sobre el jefe del Estado y su ilustre gobierno, sobre el grande episcopado y su abnegado clero, sobre los heroicos combatientes  y sobre todos los fieles, NUESTRA BENDICIÓN APOSTÓLICA.»

(Papa Pío XII, 19 de abril de 1939, discurso por radio).

 Sobran las palabras.

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