João Paulo Cuenca es un escritor brasileño que ha decidido visitar Bilbao. Nos imaginamos que esta visita se tiene que ver con la inclusión de su película The Death of J.P. Cuenca en el festival  Punto de Vista que se ha celebrado a principios de este mes de febrero en Pamplona. La cercanía de estas dos ciudades vascas puede que haya animado a este escritor-director a acercarse a Bilbao.

Un amigo de Brasil nos ha enviado, indignado, la transcripción de dos columnas que ha escrito estos dias en el diario a Folha de São Paulo. La primera dedicada, básicamente, al Museo Guggenheim Bilbao, y la segunda dedicada a la propia ciudad. Nos ha enviado la transcripción porque este diario tiene restringida la lectura de esta columna a sus suscriptores.

La imagen que ha transmitido de esta ciudad a los lectores del diario Folha de São Paulo en la segunda de sus columnas, nos ha dejado con la boca abierta. Entendemos que una mente preclara y superior como la de Sr. Cuenca apenas necesita unas horas (y posiblemente unas cuantas horas más de amistoso adoctrinamiento) para  saber que Bilbao, y por lo que parece también Pamplona, es una ciudad indigna de ser visitada debido a lo que se puede presentar como una deficiencia genética-cultural de sus habitantes, que les convierte en incapaces de tener la más mínima capacidad de empatía con el visitante.

Su columna nos parece despiadada con la ciudad (podríamos hacer una muy interesante sobre el entorno de Rio o sobre los barrios del Gran Sao Paulo que, sin dejar de decir “verdades”, fuera profundamente injusta con esas dos ciudades que tango amamos). pero sobre todo, nos parece despiadada con las personas que la habitan y con la cultura de los vascos.

Realmente sentimos que no haya encontrado un bar abierto de madrugada, pero esa “grave deficiencia” de esta ciudad, no le debe servir de excusa para mentir. Sí así con todas las letras…..mentir.

Si, como presuponemos, su capacidad intelectual superior le permite conocer y juzgar una ciudad sólo tras unas horas, debería saber que, por ejemplo, los bares de Bilbao, viven “mirando a la calle”. Pasearse por Santa Maria, por el Muelle Marzana, Jardines de Albia, Ledesma, Pozas, o cualquier otra calle que imaginemos un sábado por la tarde noche, es todo lo contrario a lo que él cuenta. Las calles están llenas de grandes grupos de amigos (de ambos sexos) acompañados en muchos casos por niños que juegan entre ellos, mientras que sus padres y madres socializan.

Bilbao posee una sociedad  muy acostumbrada a recibir al visitante con los brazos abiertos.  Bilbao estaba llena de “visitantes” desde antes de que se fundara Rio o Sao Paulo, y su población está creada a partir de la mezcla de locales y visitantes. Puede que el preconcepto de este concreto visitante, sea el causante de una auto-exclusión.

Igualmente somos incapaces de entender como una persona de su excelente formación puede decir lo que dice de la cultura vasca, de su idioma, o de nuestros deportes tradicionales. Un claro ejemplo de que el etnocentrismo es un mal que se contagia con facilidad.  Podríamos decirle que si quiere oír un idioma áspero, se puede pasar por las aldeas del interior de Portugal, o las del interior del Nordestre de Brasil. Pero eso sería injusto, ya que ni hay idioma “áspero” (un concepto que sólo depende de los parámetros con los que hemos sido educados), ni una cultura inferior.

La primera de sus columnas está dedicada al Museo Guggenheim y en ella habla de un edificio “prescindible” y de unas obras de Serra absolutamente deslumbrantes. De todo lo que cuenta en sus “dos entregas” sólo coincidimos con su visión en lo referente a la sala dedicada a Serra. En lo que se refiere a su valoración como “prescindible” del edificio, y después de pensarlo dos minutos (hay cosas a las que no hay que dedicar mucho tiempo), hemos llegado a la conclusión de que la “ignorancia es osada” aunque esté instalada en una “mente superior”.

En definitiva, tenemos la impresión de que nos encontramos ante uno de “modernos” empapado en la cultura del “postureo” que exige que los “intelectuales”, que deseen preciarse de eso, reivindiquen que sus gustos se alejan de los gustos del populacho. Lo entendemos y lo respetamos. Después de todo sus apreciaciones sobre un edificio, entra en el ámbito de la “opinión” y de esas, cada uno tenemos la nuestra. Lo que no aceptamos es que transmita una imagen falsa y mentirosa de una ciudad y una cultura.

Dado que este diario no tiene “en abierto” estas dos columnas, así que vamos a hace una excepción y compartir los textos que contienen.

Folha de São Paulo – 19/2/2016 – Brasil

Solidão no País Basco

Sitiada por montanhas e riscada pela artéria pastosa e castanha do Rio Nervión, Bilbao teve fama de suja e cinzenta até que célebres reformas urbanas lhe oferecessem outras cores – e um fluxo permanente de turistas. Os principais ícones dessa transformação a partir dos anos 90 são um museu Guggenheim assinado pelo Frank Gehry, o metrô com arquitetura do Norman Foster, e, em obras mais recentes, a torre da Iberdrola de César Pelli e o centro cultural Azkuna Zentroa, um centenário armazém de vinhos remodelado pelo Philippe Starck.

(Sigue)

Texto Portugués

Solidão no País Basco

Sitiada por montanhas e riscada pela artéria pastosa e castanha do Rio Nervión, Bilbao teve fama de suja e cinzenta até que célebres reformas urbanas lhe oferecessem outras cores – e um fluxo permanente de turistas. Os principais ícones dessa transformação a partir dos anos 90 são um museu Guggenheim assinado pelo Frank Gehry, o metrô com arquitetura do Norman Foster, e, em obras mais recentes, a torre da Iberdrola de César Pelli e o centro cultural Azkuna Zentroa, um centenário armazém de vinhos remodelado pelo Philippe Starck.No topo da construção há uma piscina, e do átrio sinistro e escuro, como é gosto do francês, podemos ver os pés das senhoras fazendo hidro-ginástica através de placas de vidro no teto. De baixo, parecem sapos deslizando num aquário.
É evidente que não poderia faltar uma ponte estaiada do Calatrava, e lá está a Zubizuri. Numa cidade onde chove o ano inteiro, o arquiteto tão caro ao Balneário de São Sebastião projetou um deslizante piso de azulejos de vidro numa via de pedestres – a rampa precisou de um tapete improvisado para que transeuntes parassem de quebrar ossos.
Por sorte, Bilbao continua uma cidade bastante estranha e, em certos bairros, francamente desagradável. Chegar de trem ou ônibus revela um agregado penoso de fábricas, depósitos e conjuntos habitacionais. As novas construções com pedigree não a fizeram perder seu misticismo nacionalista e um ancestral caráter fechado – certa austeridade pastoril traduzida ao longo dos séculos em extração de ferro e indústria pesada. O áspero som do euskera, que não pertence ao tronco linguístico indo-europeu e faz húngaro parecer simpático, combina perfeitamente com uma cultura cujo esporte mais tradicional é o harrijasotzaile, levantamento de pedras.
O clichê confirma-se: é uma solidão extraordinária a do forasteiro no País Basco. Ultra-ortodoxos moradores de Mea Shearim, em Jerusalém, ou velhinhas centenárias de Asakusa, em Tóquio, podem ser criaturas mais receptivas.
Como em Pamplona, não é incomum que bares tenham portas fechadas ou vidros fumê. Caso você se aventure ao desconhecido e seja um rapaz, espere que os amigos da única mulher presente no estabelecimento lhe empurrem com o ombro e façam barreirinhas entre vocês dois, mesmo sem que você tenha demostrado qualquer interesse pela donzela.
Não por acaso, o acesso de jogadores estrangeiros também é vetado no Atlético de Bilbao. O clube apenas contrata atletas nascidos no País Basco, caso único no futebol europeu. Mesmo assim, junto ao Barça e ao Real Madrid, o Atlético faz parte do trio que jamais caiu de divisão no campeonato nacional, tendo vencido La Liga oito vezes – a cidade está cheia de bandeiras do time e do Euskadi, como chamam seu território os bascos.
Noite gélida e chuvosa, cruzo a ponte entre o Casco Viejo e San Francisco, um bairro de imigrantes que lembra uma versão desidratada e íngreme de Lavapiés, em Madrid. Procuro um bar aberto num domingo, as meias molhadas de chuva. Raskólnikov queimando livros no inverno por falta de lenha. Subo, desço ladeiras, desisto algumas vezes. Em certas madrugadas, a solidão de procurar um bar aberto no País Basco só não é maior do que a de encontrá-lo.

Traducción castellano

Soledad en el País Vasco

Asediado por montañas y arañado por la arteria pastosa y frutos secos río Nervión, Bilbao tenía fama sucia y gris hasta que célebres reformas urbanas le diesen otros colores – y un flujo permanente de turistas. Los principales iconos de esta transformación a partir de los años 90 son un museo Guggenheim firmado por Frank Gehry, el metro con la arquitectura de Norman Foster, y en trabajos más recientes, la torre de Iberdrola Cesar Pelli y el centro cultural Azkuna Zentroa, un centenario almacén de vino nuevo diseño de Philippe Starck.
En la parte superior del edificio hay una piscina, y del átrio siniestro y oscuro, como gusta al francés, podemos ver los pies de las damas haciendo gimnasia paneles de vidrio hidro-gimnasia a través del techo. Desde abajo, parecen ranas deslizandose en un acuario.
Obviamente no podía faltar un puente atirantado de Calatrava, y allí está el Zubizuri. En una ciudad donde llueve todo el año, el arquitecto tão caro ao Balneário de São Sebastião diseño un deslizante piso de baldosas de vidrio en una vía peatonal – la rampa necesaria una alfombra improvisada para los transeúntes dejasen de romperse los huesos.
Por suerte, Bilbao sigue siendo una ciudad muy extraña y en algunos distritos, francamente desagradable. Llegar en tren o autobús revela una acumulado penoso de fábricas, almacenes y viviendas. Los nuevos edificios con pedigrí no la hicieron perder su misticismo nacionalista y el carácter cerrado ancestral – cierta austeridad pastoril traducida largo de los siglos en la extracción de hierro y la industria pesada. El sonido áspero del euskera, que no pertenece a la rama lingüística indoeuropea y que hace que el húngaro parezca simpático, combina perfectamente con una cultura cuyo deporte más tradicional es harrijasotzaile, levantamiento de piedras.
El cliché se confirma: es una soledad extraordinaria la del forastero en el País Vasco. Los residentes ultra-ortodoxos de Mea Shearim en Jerusalén olas centenarias ancianas de Asakusa en Tokio, pueden ser las criaturas más receptivas.
Como en Pamplona, ​​no es raro que los bares tengan puertas cerradas o vidrios ahumados. Si se aventura en lo desconocido y sea un chico, esperar a sus amigos de la única mujer presente en el establecimiento empujarlo con el hombro y hacer una barrera entre ustedes dos, incluso sin haber demostrado que ningún interés en la doncella.
No es coincidencia que el acceso de los jugadores extranjeros también se veta el Athletic de Bilbao. El club sólo contrata a los atletas nacidos en el País Vasco, el único caso en el fútbol europeo. Aún así, con el Barça y el Real Madrid, el Atlético es parte del trío que nunca cayó división en el campeonato nacional, después de haber ganado la Liga ocho veces – la ciudad está llena de banderas del equipo y de Euskadi, que es como llaman a su territorio los vascos.
Noche fría y lluviosa, cruzo el puente desde el Casco Viejo y San Francisco, un barrio de inmigrantes que se asemeja a una versión deshidratada y empinada de Lavapiés en Madrid. Buscando un bar abierto en un domingo, los calcetines mojados por la lluvia. Raskolnikov quemando libros en el invierno por falta de leña. Subir, bajar cuestas, desisto algunas veces. En ciertas madrugadas, la soledad a buscar un bar abierto en el País Vasco solo es menor que la de encontrarlo.

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Folha de São Paulo – 19/2/2016 – Brasil

A sala do Richard Serra em Bilbao

Em Bilbao, maior cidade do País Basco, seres humanos arrancam minério de ferro das montanhas que nos cercam desde séculos antes de Cristo. E ainda hoje: são cinco milhões de toneladas extraídas na região a cada ano. Entrar na exibição”A matéria do tempo” no museu Guggenheim de Bilbao é sentir-se diante tal peso. Ali estão dispostos oito trabalhos do escultor norte-americano Richard Serra feitos especificamente para a maior e mais importante sala deste museu, com 130 metros de comprimento e 24 de largura. Com alturas que chegam a quatro metros e extensões que chegam a trinta, as esculturas de ferro oferecem a experiência imersiva que esperamos dos monstros tubulares de Serra: não apenas contemplá-los, mas mergulhar neles e sofrer as consequências.

(Sigue)

Texto Portugués

A sala do Richard Serra em Bilbao

Em Bilbao, maior cidade do País Basco, seres humanos arrancam minério de ferro das montanhas que nos cercam desde séculos antes de Cristo. E ainda hoje: são cinco milhões de toneladas extraídas na região a cada ano.
Entrar na exibição “A matéria do tempo”; no museu Guggenheim de Bilbao é sentir-se diante tal peso. Ali estão dispostos oito trabalhos do escultor norte-americano Richard Serra feitos especificamente para a maior e mais importante sala deste museu, com 130 metros de comprimento e 24 de largura. Com alturas que chegam a quatro metros e extensões que chegam a trinta, as esculturas de ferro oferecem a experiência imersiva que esperamos dos monstros tubulares de Serra: não apenas contemplá-los, mas mergulhar neles e sofrer as consequências.
Ao caminhar pelas passagens entre as monumentais torções elípticas e espirais em placas de metal é comum perder o senso de equilíbrio e direção. Os círculos e corredores que pesam toneladas e parecem flutuar em ângulos impossíveis, sugerem forças que nos puxam ao solo e, noutros momentos, nos elevam. Não são labirintos, uma vez que só podem ser cruzados numa direção. Acabam sendo bem mais desorientadores que um.
A geometria abstrata de Serra projeta eixos diferentes no solo e no topo das estruturas, criando um espaço retorcido ao nosso redor. Esse caminho pode provocar claustrofobia, ascese, inquietação, urgência, vertigem. O efeito psicológico dessa reorganização brutal do espaço é evidente: ao final estamos profundamente acordados. É quando as engrenagens dos nossos relógios costumam parar.
Se quando era jovem, tinha febre lendo certos romances de Dostoievski, hoje em dia, atravessar estas placas de metal me provoca reais crises de pânico. E depois perguntas, talvez um novo ponto de vista. Na experiência que Serra propõe, esta reflexões são acompanhadas (ou estimuladas); por sensações extremamente físicas. Não trata-se de uma experiência contemplativa: somos atores a navegar no espaço radical criado por ele. Através de ângulos rabiscados numa folha de papel, e depois transformados em toneladas de ferro numa fábrica na Alemanha, o artista manipula nossas emoções como um dramaturgo que usa uma calculadora e três eixos num gráfico. As esculturas imersivas de Serra têm algo de teatral, algumas dessas inclinações angulosas são puro melodrama.
Depois de duas ou três horas ali dentro, penso que talvez o edifício dispensável do Frank Gehry, a revitalização de Bilbao nos anos 90 e todo o País Basco, a Península Ibérica e mesmo a Europa (lembro agora da migração do pai do artista de Mallorca para a Califórnia) tenha existido apenas para culminar nesse museu dentro do museu. A sala do Richard Serra em Bilbao, “;A matéria do tempo”, é o corpo de esculturas em exibição mais importante da arte contemporânea. E tão cedo não deixará de ser.

En Bilbao, la ciudad más grande en el País Vasco, los seres humanos arrancar el mineral de hierro de las montañas que nos rodean desde siglos antes de Cristo. Y aún hoy en día soncinco millones de toneladas extraídas en la región cada año.
Entrar en la pantalla ” la materia del tiempo”; en el Museo Guggenheim Bilbao es sentirse delante de tal peso. Se han dispuesto ocho obras de escultor estadounidense Richard Serra hechos específicamente para la sala más grande y más importante del museo, con 130 metros de largo y 24 de ancho. Con alturas que alcanzan los cuatro metros y extensiones que llegan a los treinta, esculturas de hierro ofrecen la experiencia de inmersión que esperamos de monstruos tubulares Serra: no sólo mirarlos, sino sumergirnos en ellas y sufrir  las consecuencias.

Al caminar a través de los pasos entre las monumentales torsiones elípticas y espirales en placas de metal es común a perder el sentido del equilibrio y la dirección. Los círculos y los corredores que pesan toneladas y parecen flotar en ángulos imposibles, sugieren fuerzas que nos tiran al suelo y, en otras ocasiones, nos elevan. No son laberintos, ya que sólo se pueden cruzar en una dirección. Ellos terminan siendo mucho más desorientador que si lo fueran.

La geometría abstracta de Sierra proyecta diseños diferentes en el suelo y en la parte superior de las estructuras, creando un espacio retorcido a nuestro alrededor. Esta ruta puede causar claustrofobia, el ascetismo, la inquietud, la urgencia, el vértigo. El efecto psicológico de esta brutal reorganización del espacio es evidente: al final estamos profundamente despiertos. Es cuando los engranajes de nuestros relojes acostumbran a detenerse.

Si cuando era joven, tenía fiebre leyendo algunas novelas de Dostoievski, en la actualidad, atravesar estas placas de metal me causa ataques de pánico reales. Y luego preguntas, tal vez una nueva perspectiva. En la experiencia que Serra propone, estas reflexiones son acompañadas (o estimuladas); por sensaciones extremadamente físicas. No se trata de una experiencia contemplativa, somos actores navegando por el espacio radical creado para él. A través de ángulos garabateadas en una hoja de papel, y luego transformados en toneladas de hierro en una fábrica en Alemania, el artista manipula nuestras emociones como un dramaturgo que usa una calculadora y tres ejes en un gráfico. Las esculturas inmersivas de Serra tienen algo de teatral, algunas de estas inclinaciones angulares son puro melodrama.

Después de dos o tres horas allí, creo que quizás el edificio innecesario de Frank Gehry, la revitalización de Bilbao en los años 90 y en todo el País Vasco, la Península Ibérica e incluso  Europa (recuerdo ahora  de la migración del padre del artista Mallorca a California) sólo existía para culminar en este museo  dentro del museo. La sala de Richard Serra en Bilbao, “La materia del tiempo”, es el cuerpo de esculturas en exposición más importante de arte contemporáneo. Y no dejará de serlo pronto.

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