(Si usas la información que recogemos, no te olvides dónde la has encontrado: cítanos. Gracias)

Hoy The New York Times nos ha dado una nueva alegría. Nuestros lectores habituales ya saben que este diario norteamericano nos tiene “rendidos a sus pies” gracias a la personal y “no contaminada” forma en que suele tratar los temas relacionados con El País de los Vascos.

La alegría de hoy es, además por partida doble, ya que ha publicado un articulo relacionado con Iparralde, en concreto con los vinos de  vinos de Irouléguy. Estos vinos vascos han encandilado al critico de vinos de el diario, Eric Asimov (que ya nos sorprendió con un espectacular artículo en el que citaba sidras vascas) y le ha dedicado un gran artículo, acompañado de unas maravillosas fotos, en la sección Dining & Wine del diario neoyorquino.

El articulo que se publica en The New York Times es la consecuencia de un enamoramiento que se produjo hace unos cinco años de una forma realmente curiosa. El autor tropezó casi de casualidad con un vino de Iparralde y desde ese momento quedo cautivado, en una admiración que, por lo que cuenta, ha ido aumentando según conocía más los vinos de ese rincón de los Pirineos.

Por cierto, está claro que a nuestro ilustre visitante, le gusta también la sidra vasca, como lo demuestra no sólo el articulo anterior que recogimos en nuestra web, sino la cita que hace al final de este texto

The New York Times – 29/7/2014 – USA

Splendor in Solitude The Wines of Irouléguy, in French Basque Country

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A century ago, phylloxera, a ravenous aphid, devastated Irouléguy’s vines. Grapes were not grown on a meaningful scale again until 1984, when Étienne Brana, whose family distilled eau de vie, planted a vineyard on red sandstone and began to make wine independent of the local cooperative. Markel Redondo for The New York Times

On a Saturday morning, this village in the French Pyrenees seems like any other small French town. Shoppers wend through the outdoor market while tourists snap photos. But resounding above the ordinary fray are the cries of young men playing pelote, a game akin to jai alai. On an outdoor fronton, or court, adjacent to the market, using a basket shaped like a scimitar, they hurl a hard ball against a wall; it ricochets skyward at incredible speeds, sometimes flying onto the street, obliging passers-by to keep their heads up. Taking it all in, you realize that St.-Étienne, in the heart of Irouléguy in French Basque Country, is a different kind of place.

(Sigue) (Traducción automática)

 

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